Mujeres en femenino y en plural .- Manos y oficio: El trabajo femenino en los 70 por Encarna Pérez Pérez

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En nuestro barrio, la mayoría de las mujeres trabajábamos, estuviéramos solteras, casadas o viudas, tuviéramos hijos o no. Si echo la vista atrás y repaso piso por piso las familias que vivían en mi portería, no encuentro a ninguna en la que la mujer no tuviera que trabajar. Alguna habría, claro, pero no entre mis conocidas. Las mujeres inmigrantes hemos trabajado siempre, en nuestros lugares de origen cuando había faena y en las ciudades a las que emigramos. Nosotras no fuimos diferentes. Mi hermana trabajaba con una gran señora, y cuando mis cuñadas llegaron a Barcelona, también ellas empezaron a trabajar limpiando casas. Yo hacía dos años que había dejado a Juanita para llevar una lechería que convertimos en una pequeña tienda de ultramarinos.

Recién llegada a Barcelona mi cuñada Encarnita se colocó en una expresa textil para hacer lo que llevaba haciendo desde los nueve años. Recomendó a algunas de las nuestras, y cada mañana cogían juntas el tranvía para ir a trabajar. Salían muy temprano de casa, ágiles para no perder el autobús que las dejaba en la puerta de la fábrica con el tiempo suficiente para llegar, cambiarse de ropa y empezar a las seis en punto de la mañana.

Encarnita dejó la empresa cuando se casó con Antonio, de quién ya era novia en el pueblo. Antonio no quería que su esposa trabajara y, al principio, a ella no le importó. Pronto decidió que no era eso lo que quería. A escondidas de su marido, cosió un vestido de fiesta para una tienda mientras él estaba en el trabajo. Cuando lo entregó, la señora quedó tan contenta que le dio nueve vestidos para que los entregara en los siguientes quince días. Entonces Encarnita necesitó hablar con su madre.

—Mira Encarnita, no puedes ocultárselo a Antonio. Una cosa es un vestido, pero otra muy distinta son nueve. ¿Dónde los vas a guardar? Además, ya no son de prueba, te van a pagar. ¿Qué harás con el dinero?

—Pero si se lo digo a Antonio no me va a dejar, mama, no quiere que trabaje.

—No puede ser él quien decida tu vida, claro que no, pero mentirle y escondérselo no os traerá nada bueno.

A Antonio seguía sin gustarle, pero cedió con los argumentos que Encarnita le dio:

—Coseré mientras tú estés trabajando. Cuando llegues a casa estará todo preparado y ni te enterarás. Y mi sueldo nos ayudará a ahorrar y podremos hacer muchas cosas.

Antonio sospechaba que las cosas no acabarían ahí y acertó porque Encarnita no tardó en encadenar un proyecto con otro. Primero fue una máquina industrial que le permitiera trabajar más rápido; luego fue una mercería.

—Dejaré de coser en casa y sabes que me gusta moverme entre hilos, cremalleras y botones.

Podremos vender ropa de bebé que hace falta en el barrio con tantas mujeres  embarazadas. Tú no te enterarás, la llevaré yo sola.

La mercería fue creciendo porque Encarnita tenía mucha mano para los negocios, para tratar a sus clientas con las que charlaba sobre las cosas de sus pueblos, y para los arreglos. Y el tercer proyecto no tardó en llegar. Esta vez Antonio sí se asustó de verdad, pero Encarnita era ya imparable. Esperó a que su hija empezara a ir al colegio y abrió una tienda de ropa. Disfrutaba comprando, vendiendo y haciendo arreglos.

Mi cuñada Chari tenía otros intereses, también muy de mujeres, de la época. Aunque trabajaba en una fábrica con sus hermanas, tenía un sueño desde niña. Convenció a su familia y a mi hermano y empezó de aprendiz en una peluquería cobrando únicamente lo que le daban de propina. Se ocupó primero de las cosas más insignificantes pero importantes en una peluquería: de barrer el pelo cortado, de tener las toallas a punto, de limpiar el lavacabezas y cosas así. Cuando fue el momento,
aprendió a lavar cabezas, que tiene su arte.

—Hay que tener el agua caliente pero no quemando, enjabonamos con movimientos firmes, no muy enérgicos, que además de lavar la cabeza, la relaje; luego enjuagamos y volvemos a dar otra pasada con jabón, que esta vez tendremos que quitar muy bien porque si quedan restos el peinado se estropea antes.

Aprendió a poner rulos, de todos los tamaños y en todas las posturas, según el pelo y el peinado, con la pinza bien puesta para que no dejara marca. Aprendió a controlar el tiempo del secador y a ofrecer a la clienta una revista del corazón o una fotonovela, para que se entretuviera mientras duraba el secado porque el ruido no permitía seguir las conversaciones. Aprendió a cardar el pelo para darle volumen y a hacer la rosca que nos aplastaría el pelo que luciríamos durante los años setenta. Y al final, muy al final, aprendió a cortar. Primero solo las puntas, luego las melenas largas y, por último, las cortas. Cuando parecía que ya empezaba a dominar la tijera, se dejó llevar y supo copiar los cortes que marcaban tendencia y que las clientas pedían siguiendo los que llevaban las modelos y las famosas de las revistas. Lo último que aprendió fue a poner el tinte, porque era muy delicado: muchos tonos del mismo color, y si luego a la clienta no le gustaba cómo le había quedado, no tenía fácil arreglo. Cuando estaba segura de que sabía hacer todo lo que hacía una peluquera, hizo el examen oficial y lo aprobó a la primera. Para entonces, Antonio y ella ya se habían casado en la iglesia del barrio y su deseo de abrir su propia peluquería tuvo que ser aplazado hasta que su tercera hija empezó a ir al colegio. Cuando por fin pudo hacerlo, supo gestionarla bien, incluso cuando el boom de las cadenas de peluquerías, las peluquerías de diseño, las peluquerías de bajo precio, y todos los tipos que fueron instalándose en Barcelona, obligaron a cerrar las de toda la vida. La de Chari fue una peluquería de barrio, para mujeres del barrio, la mayoría inmigrantes, que habíamos conseguido una situación económica que nos permitía dedicar algo de nuestros ingresos a nosotras mismas.

@Encarna Pérez
Texto de Nosotros, que fuimos tantos.
Abril, 2026

@Imagen Pinterest


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