Siéntese, padre. No, ahí no: más cerca de la vela, que quiero verle la cara mientras hablo. Y coja esto.
Sí, esta cruz. Ya sé que es fea. Es de castaño, y la talló alguien con una navaja y mucha paciencia hace más años de los que nadie recuerda. Sosténgala con las dos manos, contra el pecho, como se sostiene lo que importa. Dios escucha mejor lo que se dice delante de una cruz, y esta noche necesito que alguien me escuche. Que me escuche entero.
No se preocupe por la hora. Llueve desde el mediodía y el camino de la carretera está cortado por el barro; nadie va a venir a buscarnos. Tampoco voy a pedirle que me absuelva, no crea. Lo que voy a pedirle es más difícil: que no me interrumpa. Que no se levante. Que no suelte la cruz hasta que yo termine. Un cura sabe escuchar, es su oficio, y usted lleva solo tres días en esta parroquia: no ha tenido tiempo de aprender a desconfiar de nosotros.
¿La nota caliente? Es la madera, que guarda el calor de las manos que la sostuvieron.
Bien. Empiezo.
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Me llamo Benito Outeiro, soy carpintero y sepulturero de San Xoán de Cabanas, como lo fue mi padre y el padre de mi padre. Hacemos las cajas y cavamos los hoyos. Aquí siempre ha habido trabajo para los Outeiro, porque en un valle donde la niebla entra en las casas como un vecino más, la gente se muere con puntualidad. Pero lo de este otoño no fue puntualidad. Fue otra cosa.
Empezó en San Miguel, la noche en que murió mi padre. Xacobe Outeiro, ochenta y cuatro años, dos metros de hueso y mala sangre. Llevaba tres días agonizando y la parroquia estaba vacía desde agosto, cuando se nos fue Don Servando, así que no había quien le diera los óleos. La última noche mandó salir a todos, a mi mujer, a la vecina que lo velaba, a la comadre, y me quedé solo con él en la cama de castaño que yo mismo le había hecho.
Del arcón sacó esa cruz que usted tiene ahora en las manos. Me la puso entre los dedos y me los cerró uno a uno con los suyos, que quemaban. «Agárrala, Benito —me dijo—. Lo que te voy a contar lo quiero decir delante de la cruz. Y quiero que me oigas hasta el final.»
Habló toda la noche, padre. Habló de caminos de madrugada, de barro, de nombres, de una fila interminable de luces. Yo creí que deliraba. La fiebre habla por los viejos, me dije, y me limité a decir que sí a todo, a apretarle la mano, a esperar. Cuando por fin calló, los gallos empezaban a cantar. Me miró con los ojos muy abiertos, casi con lástima, y dijo solo: «Perdóname». Y se murió mirando la puerta.
Lo enterré dos días después. Me quedé con la cruz porque me pareció pecado enterrarla. Todavía no sé si fue la peor decisión de mi vida o solo la primera de las que ya no tomé yo.
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Los sueños empezaron esa misma semana.
Siempre el mismo. Yo caminaba descalzo por los caminos, bajo la lluvia, con algo pesado entre las manos, y detrás de mí oía pasos, muchos, arrastrados, y un rezo bajito, monótono, de voces que no llegaban a formar palabras. Olía a cera. Me ardían las palmas. Y despertaba en mi cama, junto a Rosalía, con las plantas de los pies negras de barro y las uñas llenas de tierra mojada. Rosalía no decía nada. Rosalía, que hablaba hasta por los codos, empezó a callar. Cada mañana me miraba los pies y luego al fuego, y ponía la leche a hervir sin mirarme a los ojos. Por las noches rezaba por nuestro hijo Manuel, que estaba en Mondoñedo con los curas. Lo mandamos con doce años al seminario, que era el sueño de su madre: un hijo que no oliera a serrín ni a tierra de muerto. No ha vuelto nunca. Nos escribía poco, cartas de cura joven, de letra limpia y frases cortas. Yo daba gracias a Dios de que estuviera lejos de todo esto.
Los muertos empezaron después de Todos los Santos.
El primero fue Xosé de Casa Nova, un lunes. Lo encontró su hija en la cama, con los ojos muy abiertos y fijos en la puerta, y una cara serena, la de quien por fin ha visto lo que esperaba. Pero tenía los pies negros de barro, padre, empapados, como si acabara de llegar de un camino largo, y entre los dedos de las manos, gotas amarillas de cera. Cera de vela de iglesia, en las manos de un hombre que no pisaba la iglesia desde su boda.
Yo hice la caja. El miércoles hubo otra: la viuda Amalia da Fonte, con los ojos en la puerta y los pies negros. Luego el molinero. Luego dos hermanos de Vilar que dormían en la misma cama y aparecieron juntos, agarrados de la mano, mirando los dos al mismo sitio. Luego la niña de Casa Pedreira, que tenía seis años y una muñeca de trapo, y a esa la enterré yo con las manos temblando, y mientras atornillaba la tapa pensé que era la caja más pequeña que había hecho en mi vida.
En diciembre ya hablaban en voz baja en la fuente, en la taberna, en los umbrales.
Decían: «Anda solta a Compaña». Decían que la Santa Compaña andaba por Cabanas.
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Fui a ver a Engracia, la de la Ponte, que cura el mal de ojo y sabe rezos que Don Servando, que en paz descanse, fingía no conocer. Vive sola en una casa sin ventanas, con el fuego siempre encendido; la encontré desgranando maíz con unas manos que parecían raíces.
—A Compaña —me dijo, sin levantar la vista, antes de que yo abriera la boca—. Ya sabes que es la Compaña, Benito. No vengas a preguntar lo que ya sabes.
Y me lo contó otra vez, como se cuenta a los niños, pero sin niños delante. Que la Compaña es una procesión de ánimas en pena que sale de noche por caminos y encrucijadas, con velas, rezando sin palabras, en busca de quien ha de morir. Que siempre la guía un vivo. Un vivo, padre, nunca un muerto: alguien de carne y hueso que camina delante con la cruz en alto y un caldero de agua bendita, sin saber que camina, dormido, y que por la mañana despierta en su cama con los pies embarrados y las manos llenas de cera. Que quien se cruza con la fila está condenado, salvo que trace un círculo en el suelo con un palo y se tumbe boca abajo dentro, sin mirar, hasta que pase el
último.
—¿Y cómo se deja de guiarla? —pregunté, por preguntar.
Engracia dejó de desgranar. Por primera vez me miró, con unos ojos blancos de tanto ver lo que no debía.
—No se deja —dijo—. Se pasa.
No quiso decir más. Y yo, que soy un burro, padre, volví a casa dándole vueltas a quién podría ser el vivo. Repasé a todo el pueblo. Sospeché de Andrés el sacristán, que anda de noche por costumbre. Sospeché del Mudo, un pastor de Vilar al que nadie ha oído hablar nunca. Sospeché de todos menos de mí, porque uno nunca sospecha de sí mismo, y esa es la única manera de que las cosas más terribles sigan siendo posibles.
• • •
Fue Rosalía quien lo supo primero.
Yo mismo se lo pedí. Le pedí que me atara la muñeca a la cama con la soga del pozo y que me velara. «Si son sueños —le dije—, verás que no me muevo y mañana me reiré de ti.» Ella me ató con un nudo de marinero, se sentó en la silla frente a mí con una vela y empezó a rezar el rosario. Por la mañana desperté en la cama. La soga estaba en el suelo, cortada limpiamente, sin un deshilachado, como con navaja; y yo tenía los pies negros de barro. Rosalía estaba sentada a la mesa, gris como la ceniza, con las manos abiertas sobre la madera, mirándolas.
—Te vi, Benito —dijo—. A medianoche. Te levantaste como quien va a misa, con los ojos abiertos y sin mirar, y sacaste la cruz de tu padre del arcón sin buscarla. Salí detrás y me asomé al postigo. La niebla estaba llena de luces. Estaban todos en la fila: Xosé, Amalia, el molinero, los hermanos, la niña con su muñeca, todos con vela y con mortaja.
Y tú ibas el primero, con la cruz en alto y una cara que no era la tuya. —Se le quebró la voz—. La niña me miró desde la fila. Me miró y sonrió.
Yo le dije que soñaba, que la soga se habría roto sola. Le dije que iría a hablar con el cura de Vilar. Ella asintió sin creerme. Y aquella noche, padre, con la cruz encerrada en el arcón, el arcón cerrado con llave y una silla contra la puerta, yo dormí como no dormía desde hacía meses. Y mientras yo dormía, y caminaba, y guiaba a los muertos, la Compaña se detuvo en mi propia puerta.
La encontré por la mañana con los ojos abiertos, fijos en la puerta. Los pies negros.
Cera en los dedos.
Hice la caja despacio. Nunca hice una caja tan despacio.
Escribí a Mondoñedo para avisar a mi hijo, pero le pedí que no viniera. No sé si aquella fue la única cosa buena que hice ese invierno.
• • •
Velé a Rosalía sin dormir. No podía; ni el sueño se atreve a entrar en la casa donde velan a un muerto. Sentado junto a la caja, a las doce en punto, sentí que las piernas se me levantaban solas.
No fue un sueño, padre. Le juro que no fue un sueño. Me vi andar. Mis pies se movían y yo iba dentro de ellos como quien va dentro de un carro que no conduce. Vi mis manos abrir el arcón sin llave, sacar la cruz, que quemaba, y cerrarse en torno a ella.
Vi la puerta abrirse sola. Y fuera, en la niebla, esperándome, la fila entera con sus velas: Xosé, Amalia, el molinero, los hermanos de la mano, la niña de la muñeca. Y en el último puesto, todavía con el vestido de domingo con que la habíamos amortajado, mi Rosalía, con la vela entre los dedos y los ojos en el suelo, sin mirarme.
Caminé toda la noche al frente de ellos. Oí sus pasos arrastrados y su rezo sin palabras. Pasamos por casas de vecinos dormidos, y en la del viejo Cándido la fila se detuvo, y sentí cómo alguien entraba sin abrir. Al amanecer desperté en la encrucijada del camino real, de rodillas en el barro, con la cruz entre las manos. Y desde Casa Cándido, ya llegaban los llantos.
Entonces lo entendí todo, padre. Todo se entiende después, cuando ya no sirve para nada. El vivo era yo. Desde la noche en que mi padre me cerró los dedos alrededor de la cruz y me habló hasta el alba, el vivo era yo.
• • •
Volví a casa de Engracia con la cruz envuelta en un trapo, pero ya la encontré en el catre, casi sin voz. Me agarró la muñeca con una fuerza que no era de este mundo.
—Pásala, Benito —susurró—. Cuéntalo todo a quien la sostenga. Quien escucha hasta el final, la hereda.
—¿A quién?
—A quien la reciba… —Le faltó el aire—. Y no la suelte.
Murió en ese momento, con los ojos abiertos, fijos en la puerta.
Esa semana pasó por Cabanas un afilador buscando refugio del temporal. Un hombre sin familia y sin nombre, de esos que nadie echa de menos. Yo se lo di, padre. Le ofrecí sopa y aguardiente, le puse la cruz en las manos y le conté mi historia entera hasta el alba, como me la había contado mi padre. Él escuchó, pasmado, sin atreverse a interrumpirme. Cuando terminé, sentí que se me aflojaban las manos por primera vez en meses. Dormí sin pesadillas.
Desperté con el sol. Al abrir las manos, la cruz estaba en ellas, caliente, con la madera húmeda de barro. Y al afilador lo encontraron esa misma mañana en la cuneta del camino real, con los ojos muy abiertos, mirando hacia el pueblo.
La cruz no acepta a cualquiera. Se atraganta con los extraños y vuelve a casa.
• • •
Ya está clareando, padre. ¿Lo oye? Ha dejado de llover.
Ya se lo he contado todo, de la primera palabra a la última. Y usted no ha soltado la cruz. ¿Cómo pesa, verdad? ¿Cómo quema? Pruebe a abrir las manos. Vamos, inténtelo. No puede. Lo sé. No se asuste, hijo.
Sí, hijo. Ya no hay que fingir. Te reconocí hace tres días, cuando te vi bajar del coche de línea en la plaza, con esa sotana que te venía grande y los ojos de tu madre. Y tú me reconociste a mí, aunque no dijiste nada. Nos hemos llamado de usted por respeto al sacramento. Pero eso se acabó, Manuel.
Has dicho «padre». Lo has dicho ahora, bajito, y por primera vez la palabra no te sirve de título. Hacía trece años que no te oía decirla.
Cuando entendí lo de la cruz, que solo se queda en manos de la sangre, y de la sangre que escucha. Escribí al obispo para que te dieran esta parroquia vacía. Y viniste, hijo, porque eres buen cura, y no supiste decir que no. Un cura no puede negarle la confesión a un moribundo ni cortarla a la mitad. Eso lo sabía yo mejor que nadie.
Mi padre me lo hizo a mí. Yo te lo hago a ti. Así ha llegado hasta nosotros, de padres a hijos, desde que un Outeiro, hace siglos, debió algo que no supo pagar. Por eso te mandé lejos de niño; por eso no quería que volvieras. Y por eso, al final, no tuve a nadie más.
¿Oyes el rumor de los pasos en la grava? Todavía queda una hora de noche, la más larga del año, y ellos no esperan. Ahí fuera están todos, Manuel: Xosé, Amalia, la niña de la muñeca. Y tu madre, hijo, tu madre la primera de la fila, esperando que salgas.
Yo me iré con el sol, como se fue mi padre. Levántate cuando te llamen. Coge el caldero del atrio. Y no mires atrás cuando salgas, porque en cuanto yo cierre los ojos sabrás quién ha pasado a ocupar el último puesto de la fila.
¿Sigue caliente, verdad? Al principio creíste que la madera guardaba el calor de mis manos. Ya no es el mío, Manuel. Es el tuyo. Ya lo estás notando.
Perdóname.
@Josep Catala
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