Cuando nace un genio hay que procurar que su personalidad crezca al mismo tiempo que su cerebro; que su alta capacidad intelectual no devore otras, como la empatía, y su desarrollo natural. Si no madura armónicamente puede llegar a realizar obras magníficas, pero comportarse como un idiota, como Mozart, mostrar la crueldad con los animales de Edison, ser un nazi como Wagner o Bobby Fisher, o un pedófilo, como Flaubert. Buena parte de los grandes genios de la Historia han cometido, cuando no barbaridades, verdaderas estupideces. Creo que lo llaman sesgo de punto ciego: mentes brillantes que ignoran cosas de sentido común; pero esto es poner nombre a algo tan sencillo como que la inteligencia en si misma no conlleva otras cualidades. “Hasta en la cabeza del hombre más inteligente existe un rincón para la estupidez”, dijo Aristóteles, quien demostró su inteligencia con sus razonamientos filosóficos y su estupidez con su misoginia.
Lo malo es cuando la propia especie se comporta de ese modo, como un genio profundamente inmaduro y narcisista, capaz de inventar el coche más potente pero conducirlo sin carnet. Nuestro cuerpo carece de un sistema que limite la estupidez o la avaricia, y cuando ambos se dan al mismo tiempo el resultado es catastrófico: en lo personal, gente que se dedica a acumular cantidades de dinero que jamás podrá gastar sin importarle lo más mínimo el efecto devastador que tenga su rapiña en millones de personas; en lo general, una especie empeñada en conseguir nada menos que la inmortalidad, pero a costa de destruir el planeta que habita.
El nivel de dióxido de carbono en el aire bate un nuevo récord cada año, provocando olas de calor extremo. En Europa la temperatura media ha subido dos grados y medio desde la época preindustrial, 3,2 grados en el Ártico. La Tierra se calienta y el mundo se seca. La falta de agua ha dejado ya desabastecidas a algunas grandes ciudades, como La Paz, provocado incendios pavorosos por doquier y causado el hambre y la muerte de miles de familias en Kenia o Somalia. Se calcula que los refugiados climáticos podrían llegar a ser mil doscientos millones en poco más de veinte años y enfermedades como el dengue se han multiplicado por treinta en los últimos cincuenta años.
También en Europa los satélites muestran el agotamiento de las reservas de agua dulce en el centro y el sur. En España, casi un tercio del suelo de Murcia y Almería se ha vuelto en árido en diez años y, en el conjunto del país, la sequedad ha aumentado un ochenta por ciento. Cada verano, cientos de pueblos de Castilla y León, Cataluña y Andalucía, se quedan sin agua potable porque los cada vez más exhaustos acuíferos se contaminan con plaguicidas y purines.
Falta el agua en los grifos mientras el deshielo provoca que el nivel de los mares suba de forma estremecedora. Los glaciares pierden cada segundo el hielo equivalente a tres piscinas olímpicas. En el Atlántico, los récords de temperaturas se baten, no cada año, sino cada semana; en el Mediterráneo se llegan ya a alcanzar con facilidad los 28 grados y medio y ello convierte a tres de cada cuatro fenómenos climáticos en tormentas monstruosas.
No lo dicen los ecologistas: lo dicen y demuestran los científicos, esas personas con muchos años de estudios que trabajan cada día en sus laboratorios, en la Antártida o en los océanos. Y es ya tan evidente que los negacionistas han cambiado su discurso: ahora no niegan el cambio climático sino que lo achacan… ¡a quienes llevan decenios estudiándolo, advirtiéndonos y pidiendo un cambio de rumbo! Sí, la culpa es de los verdes, de la Unión Europea, de los gobiernos progresistas… Hablan incluso de ecoterrorismo, aunque, hasta ahora, el único terrorismo conocido es el de la mafia que amenaza la biodiversidad del mar de Cortés, “el acuario del mundo”, o el de los depredadores del Amazonas, cuyos sicarios asesinaron al ambientalista Chico Mendes, a la misionera Dorothy Stang o a la concejala que intentaba evitar el robo de tierras Marielle Franco.

Es muy propio de esos repelentes niños grandes acusar a la víctima. Lo hacen con macro granjas de bots que crean y difunden toda clase de bulos que consiguen convencer a los agricultores de que sus penurias no las causan quienes envenenan el planeta en su propio beneficio, sino los inmigrantes; consiguen convencer a los gobiernos para que vuelvan a apostar por los combustibles fósiles y las centrales nucleares, mientras Japón va vertiendo al océano 1,34 millones de toneladas del líquido radioactivo acumulado tras el accidente en Fukushima; y logran convencer a los votantes para que secunden en las urnas a partidos que, nada más llegar al poder de una ciudad –Elche, Valladolid, Gijón, Palma…- lo primero que hacen es eliminar los carriles bici. ¡Han conseguido incluso que voten a Trump los habitantes de Tangier, en el estado norteamericano de Virginia, mientras ven cómo su isla se hunde debido al cambio climático!
“La humanidad ha abierto las puertas al infierno”, clamó el secretario general de la ONU Antonio Guterres, dirigiéndose a las empresas que bloquean la lucha contra el cambio climático y los magnates que las dirigen han pensado: pues dejemos de ser humanos y anuncian que en menos de veinte años la capacidad computacional artificial superará a la del cerebro humano. Es lo que les queda: la inmortalidad, un deseo muy humano, presente a lo largo de la Historia de distintas formas, aunque nadie hubiera imaginado que el elixir de la eterna juventud consistiría en convertirnos en software.
“Y al día siguiente no murió nadie”, comienza la novela de José Saramago “Las intermitencias de la muerte”, pero es más probable que sólo un reducido grupo de personas alcancen ese lujo. A los que sí vamos a morir nos queda el malévolo consuelo de imaginarles viviendo eternamente en un vertedero, pues el cúmulo de basura que generamos crece de forma exponencial y no parece que vaya a parar hasta que, como dice Manuel Vicent, “no podamos dar un paso sin pisar nuestra propia mierda”; mierda que incluso desbordará el planeta si Elon Musk sigue lanzando compulsivamente satélites y generando toneladas de chatarra espacial.
No envidio a los plutócratas que alcancen la inmortalidad, sobre todo porque tendrán que prescindir nada menos que del café, el cacao, la miel y los plátanos, cultivos que pueden desaparecer en pocos años si no se da un giro drástico al cambio climático. Pero me queda la esperanza de que, más pronto que tarde, decidamos seguir el mandato del oráculo de Delfos: “Piensa como un mortal”.
Esther Bajo
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