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El internado by Silvia Salafranca

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Hoy, ordenando la casa, me he parado en ese momento nostálgico que van pasando fotografías. Entre ellas me he visto con mi uniforme verde con su falda a tablas, su polo blanco y su chaqueta y calcetines verdes. Con una sonrisa enorme abrazando a mi mejor amiga.

Se me ha escapado una risita que en décimas de segundo me ha situado en un flashback sobre aquellos momentos.

Aún recuerdo el primer día de pegar un gran cambio al transcurso de mi vida, al  llegar con 8 años a un colegio de cuatro calles. Una manzana para un mismo sitio, que mostraba su inmensa puerta de verjas negras, donde justo al pasar subía unas escaleras de piedra y mostraba el nombre que guardaría tantos recuerdos: San Diego y San Vicente de Paul.

Recuerdo no llegar puntual a ningún sitio. De la mano de mi padre a mitad del curso de tercero de EGB  en un día destemplado. Una hija de la caridad y él me conducían a ese sitio, que no solo se encargaría de completar mis estudios sino de ser mi primera residencia.

La sensación de tener que quedarme allí interna siendo tan pequeña no llegaba a entrar en mi cabeza. Finalmente uno tiene la sensación de que algo hizo mal para que ese fuera su destino o que por algún motivo… sobras. También regresa a mi memoria una cristalera la cual desvelaba a mis futuros compañeros y Sor Mª Teresa abría la puerta interrumpiendo la clase. Se acercaba a la profesora, mientras que todos los alumnos me miraban con sorpresa y la que iba a ser desde ese momento al decir mi tutora:

̶  Bueno tenemos una nueva compañera en la clase, su nombre es Silvia, tienes un sitio en aquel pupitre, ya os podéis encargar de tratarla muy bien.

Y veía irse nuevamente a Sor María Teresa y mi padre para quedarme allí.

No podré olvidar como mi querida amiga Leticia compañera después de tantas pillerías, se encargaba de hacerme más fácil ese gran cambio.

Los primeros días, como todo, tienes que adaptarte, pero no me fue tan difícil una vez que comprobé que el internado no era sino una liberación de mi vida real.

Sigo pasando fotos y al final detengo el tiempo en aquellos bonitos momentos.

Al principio el internado me parecía un impresionante laberinto, que ha día de hoy podría dibujarte, cada sala y pasillo, como si de un plano de un tesoro se tratase. Diez años me tuvieron desde ese día allí metida con todos los acontecimientos que ocurrieron desde que entré, las propias monjas fueron las que tuvieron que darme la noticia del fallecimiento de mi padre. Convirtiéndose en mi primera familia desde aquel momento.

La decisión de salir de allí quizás no fue la más apropiada pues se forzó al casarme con 18 años para no ingresar como novicia, ya que el deseo de mis queridas hijas de la caridad no era otro sino más bien, de verme entre ellas.

Como algo tan sencillo como revolver entre el polvo de las fotos, puede remover tantos acontecimientos.

Recuerdo la organización dentro del internado. Diferentes edades en la tercera planta de un inmenso lugar que un día fue ocupado totalmente, y en el año que yo entraba… solo ocupaba sus camas un promedio de 80 internas aproximadamente. Que cada año se fue reduciendo poco a poco.

Cada una era destinada a una tarea que al año siguiente de continuar allí, cambiaba. Recuerdo pasar por todas ellas, limpiar la clase de música, poner el comedor, limpiar los dorados, hacer la capilla, hacer la biblioteca, limpiar las habitaciones, y pasar la mopa por los inmensos pasillos. ¡Qué bien nos lo pasábamos! Como nos encantaban los paseos para sacar brillo con la mopa. Una agarraba un palo de madera fuerte con una manta antigua agujereada en su centro (por donde se sujetaba) mientras otra se sentaba en ella con las piernas bien unidas y tu compañera, iba paseándote de un lado al otro del pasillo hasta que se cambiaban los papeles.

Recuerdo como nos levantaban con una música por megafonía hasta que al rato llegaba una hija de la caridad que controlaba que espabilásemos para bajar al comedor para desayunar. Odiaba aquella leche calentada en ollas con una nata que parecía en el vaso la mopa, creo que desde entonces tengo el trauma con la leche caliente (me reía mientras que seguía mirando entre las fotos, sentada en el suelo)

Después recogíamos nuestras cosas y cada una iba directa a la tarea que le correspondía hasta que nos avisaban de que entrababan los compañeros en el colegio y nos tocaba recoger nuestras cosas para ir disparadas a los patios y de ahí a las clases.

Nuestro colegio era mixto, tuve la suerte de entrar estando así, compañeras del internado mayores nos contaban que en su día era solo de chicas.

Recuerdo el patio tanto en horario de colegio como por la tarde con las internas o por la noche. Su escondite, rescate, moros y cristianos, corta hilos, pilla pilla. Su comba, pelota de fútbol, o goma de saltar. O como era la gacela de los patios delgada a más no poder capaz de zafarme de que me pudieran atrapar. Cómo, si me aburría, la cabeza siempre trataba de hacer alguna. Recuerdo cómo me subía a la estatua de la virgen del patio con mi querida amiga Leticia y hojas de los árboles para saltar de ella y decir que iba a volar. O aquellas noches, una vez la monja apagaba las luces y nos mandaba dormir, se escuchaba el cuchicheo en las habitaciones, cómo una salía disparada a otra habitación o cómo finalmente casi ninguna estaba en la suya. Recuerdo cuando salió la película de la historia interminable que yo tenía el libro unas de las cosas que me dio mi padre en los fines de semana que sí le veía (hasta que falleció y me tuve que quedar allí).

Recuerdo cómo, en el silencio, con una linterna nos metíamos varias bajo la cama para leer el libro y decir que ya sentíamos el olor a la humedad pensando que nos pasaría como a Sebastián y nos veríamos atravesando el libro hacia otro mundo.

En aquel devenir me reía, ¡éramos unos bichejos angelicales! O me regresa a la memoria la hora de estudio, donde estábamos todas igual que en la clase pero para hacer los deberes de cada asignatura, controladas por otra hija de la caridad en completo silencio, bueno completo… es que era muchas veces algo aburrido y claro la mandas notas a la que pega contigo, o apuestas arrancarte una muela ( como gané esa apuesta y cómo sangraba la maldita boca) o se te mete una mosca en el interior del polo y pegas saltos como una loca interrumpiendo el completo silencio con gritos para verte después castigada fuera de la hora de estudios.

Eso nunca me hacía mucha gracia porque significaba tener que quedarme por la noche pero no para trastear sino para estudiar.

Recuerdo como nos vacunaban en los colegios en fila india y como el internado tenía un doctor que nos hacía las revisiones, como las monjas siempre estaban con que parecía que yo anunciase el hambre en el tercer mundo. Si supieran cuantos platos caían en el comedor que a quien no le gustaba me lo iba pasando hasta no poder más y la monja decirme:

̶  Hija te voy a poner otro plato que estás muy delgada y un día desapareces.

Si supieran las monjas que para llegar a ese plato, yo me había comido posiblemente cinco platos antes.

En todos aquellos años tuvimos varias plagas de polillas, amigas de todas las esquinas y recovecos, cómo al abrir los armarios y ponernos la ropa notabas que te picaba algo en el interior y no era más que alguna o varias por tu ropa que te las llevabas de paseo contigo.

Recuerdo cómo los murciélagos en alguna nos tenían lanzándonos por los suelos porque hacían competiciones por los pasillos de sus cuatro calles unidas, espacio suficiente para colarse desde los patios por los enormes ventanales y luego tenernos a todas alborotadas.

Sonrío mientras que por tan solo pasar unas fotos me atrapan tantos hermosos recuerdos.

Cómo en las navidades teníamos en nuestra mesilla unos pañuelos bordados, caramelos de piñones, inclusive nuestra querida tutora Sor María Teresa al ser de Zaragoza nos traía estupendos adoquines con poesías para descubrir en su interior.

Recuerdo las muchos oraciones en 10 años, rosarios en pleno silencio antes de acostarnos en la iglesia con Sor Alejandra. Como bendecíamos la mesa y pedíamos por la paz en el mundo y cosas positivas hacia los demás.

Cómo pegó el salto del uniforme a poder vestirnos como quisiéramos, y las monjas me vestían con la ropa que madres iban dejando allí una vez sus hijas habían crecido. Recuerdo las confidencias, las primeras mariposas, las caídas, los campamentos que solventaban mis veranos y donde tan bien me lo pasaba. Me pongo a mirar las fotos y vuelvo a sonreír la verdad es que tuve mucha suerte de entrar en el internado porque gracias a ello me llevé a grandes amigas.

He vuelto a guardar todo después de organizarlo.

Miro mi móvil y veo a Leticia en línea creo que llevamos mucho tiempo desde el cumpleaños de María sin vernos, motivo suficiente para organizar una próxima quedada.

 

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