Le despierta un casi imperceptible golpeteo sobre el cristal de su ventana. Haraganeando, se entretiene entre las sábanas cuyo olor a lavanda le trae recuerdos infantiles mientras se despereza observando cada detalle de la alcoba. Aún en duermevela percibe más nítidos los suaves estallidos contra el vidrio. No es lluvia pues los visillos tamizan la luz de una espléndida mañana. Y el golpeteo es demasiado suave y regular para responder a las piedrecillas con que de niños se reclamaban unos a otros su presencia en la ventana.
A punto ya de levantarse, un revuelo de aleteos y gorjeos invade la habitación. Acelera sus pasos y, al abrirla de par en par, no puede menos de esbozar una sonrisa. Una bandada de gorriones se disputa un montón de lentejas esparcidas sobre el alféizar. Allá abajo, junto a la verja, se encuentra, sonriente, quien fue la joven de sus sueños. Hoy ha venido a recibirlo con el más sorprendente de los regalos. Y mientras sus miradas confluyen en el feliz revoloteo de las aves no puede evitar recordar, sonrojándose, las tardes de invierno en la cocina de la abuela mientras, seleccionando las pequeñas legumbres, sus manos se rozaban impacientes.
Mercedes G. Rojo
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