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Eden no es el Paraíso by Verónica Boletta

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Introdujo su mano en el bolsillo interior del saco. Sus dedos sabían qué buscaba. El dr. Abramovich, desde la butaca contigua, meneó la cabeza y le preguntó  con voz apenas audible:

—¿Otro más? Apenas pasaron cinco minutos.

Fischer encendió el cigarrillo pese a la crítica . No valía la pena responder. Ya vería si el aire de las sierras era saludable como decían. No habría mayor prueba que poner a punto sus pulmones.

Movió los labios en dirección a Abramovich sin emitir sonido. El otro asintió como si el mensaje hubiese llegado. Cualquier intento de diálogo era imposible. El ruido en la cabina lo impedía. El pequeño avión temblaba en el cielo.

Rotenberg agitó sus manos en el aire como quien corre una cortina.

No se dio por aludido. Fumar era su última contención, una vía de escape. Si a duras penas había soportado el viaje en avión desde Buenos Aires hasta Córdoba, un vuelo de línea, con ciertos requisitos de seguridad; sobrellevar la distancia entre esa ciudad y la villa enclavada en la sierra era una tarea titánica.

No quería pensar. No debía pensar. Se arrepintió de no aceptar el whisky que le ofreció amablemente la azafata. En la cáscara de nuez voladora que compartía el pequeño grupo no había comodidades, camarera ni bebidas.

Miró hacia Tennembaum maldiciéndolo a él, a su imaginación y a sus contactos que le permitieron contratar aquel avión privado.

Pasó lista por el grupo heterogéneo. Bien es cierto que compartían algunos rasgos comunes. Todos ellos eran hombres. Concurrían a la misma sinagoga del barrio de Once y poco más. No coincidían ni en edad ni en profesión. Abramovich era farmacéutico. Rotenberg, abogado con aspiraciones de dramaturgo. Tennembaum se decía joyero aunque sospechosamente manejaba una nutrida cartera financiera. Y él, Fischer, un módico ingeniero en busca del invento cuya patente le diera fama.

Quienes hablaban lo hacían a los gritos. Intercambiaban bromas como si se tratase de un viaje de estudiantes. Apagó la colilla en el cenicero retráctil de la butaca. Metió la mano en la chaqueta y, antes que Abramovich protestara de nuevo, sacó ostentosamente la tarjeta de invitación. Repasó la leyenda impresa con letra ornamentada: Hotel Eden desea invertir en su laboratorio de investigación. Esperamos acepte nuestra oferta la cual queremos conversar en persona. Será nuestro huésped de honor durante los días…

Su sorpresa fue mayúscula en el aeropuerto cuando llegaron, uno a uno, sus compañeros de vuelo. Demasiado orgulloso, no se atrevió a consultar los motivos del viaje de los restantes miembros del grupo. Pasado el estupor inicial ganó la discreción. Una secreta ley silenciosa se interponía entre ellos. Recelosos aflojaron las corbatas pero no las lenguas. No eran un grupo con voluntad propia. Se comportaban como un rebaño con un pastor oculto.

Tras el éxito del aterrizaje y encontrarse con las maletas descubrieron la fila de limusinas esperándolos. No compartían el viaje final. Cada uno de ellos tenía asignado un vehículo diferente. La bienvenida era lujosa. E incómoda. Los senderos de las serranías no estaban preparados para esos autos.

Hubiese preferido una expedición en asno, —protestaba Fischer para sus adentros.

Aquí hay buen dinero —se relamía Tennembaum. Mi única condición, si quieren financiar el banco como dijeron en la invitación, es conservar la dirección.

Los pensamientos discurrían paralelos, sin puntos de contacto. Cada quien giraba en su propio mundo con la única distracción del paisaje apenas percibido entre los tumbos del camino y la nube de polvo.

La llegada al hotel fue una bendición. Abramovich se preguntaba si el orden de llegada era alfabético o acaso, una casualidad. Sonrió complacido al pie de la escalinata. La visión del águila, distintivo que coronaba la fachada, no lo perturbó. Aún estaba bajo los efectos de las gotas sedantes, su secreto para hacer frente al vuelo y frente a la historia del lugar. Desconfiaba de los alemanes.

Cuando Rotenberg llegó no había rastros de los otros. No le importó demasiado. Fueron compañeros de viaje como podrían haber sido otros. Los dejó en el pasado mientras estrechaba la mano que le daba a bienvenida. La voz,con un ligero tono alemán, se presentaba como uno de los socios de la triple K, firma que explotaba el hotel. Se sintió importante, su ego por las nubes. Mientras, un botones recogía sus maletas y, lentamente, como quien no quiere interrumpir el momento pero a la vez cumple con su labor, comenzó a alejarse de allí rumbo al piso superior.

La habitación lo decepcionó. Se cuidó de decirlo a viva voz. Esperaba más boato. Las dimensiones eran escasas, ínfimas. ¡Un momento! No había camas sino literas, simples camastros. Tampoco aseo. Algo allí no encajaba con el vuelo en avión, la limusina, el mármol de carrara de las escalintas, la invitación, sus compañeros de viaje. Quiso tranquilizarse, encender la radio. Pulsó el botón y la voz rugió en alemán a través de los altoparlantes. El tono era imperativo aunque no entendía el idioma. Sonó Wagner y maldijo. Cuando el gas comenzó a salir por el orificio de la pared sabía su destino. Aquel Eden era el infierno de los suyos. El plan nazi extendía sus tentáculos. Se habían tomado un tiempo pero no descansarían hasta  diezmarlos. ¡Malditos!

Regresan, siempre regresan unos y otros. Vuelven como fantasmas al espectáculo. Ahora son actores.

 

Veónica Boletta acaba de editar una colección de relatos titulados:

Los cuentos del Tío

Los cuentos del Tío de [Boletta, Verónica]

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