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EL BÚHO by Conchi Ruiz

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David era un niño pequeño, seis años más o menos. Como su padre era médico y le encantaba estar con él, y le acompañaba a visitas a los enfermos, sobre todo si era a las afueras de la ciudad. Iba muy pegado a su padre porque la noche era oscura y entre los árboles no se podía distinguir ni una sola luz. De pronto David dio un respingo al ver dos cosas brillantes, muy quietas entre las ramas de un naranjo. Muy asustado le dijo a su padre que se habían caído dos estrellas y su padre respondió:

—No te asustes, es un búho.

A David le cayó bien el búho. Al día siguiente el niño recurrió a su abuelo que tantas historias le contaba porque había sido marino, de esos que recorren el mundo a bordo de un gran velero, un capitán con barba y largos bigotes que se acariciaba cada vez que pensaba una cosa importante.

Esta historia no era de la mar, pero estaba muy relacionada con ella.

Un día, contaba el abuelo, tocaron puerto en Inglaterra, era primavera. En aquella época del año los campos se veían inmensos y en ellos tendrían que pasar tres días en una casa rural de un marino inglés, capitán de navío igual que el abuelo. De pronto, entre los árboles, apareció un búho enorme que miraba fijamente al abuelo. Lógicamente no lo veía, pero él decía que juraría que lo seguía con la mirada.

Aquella noche el abuelo soñó con aquellos ojos y volvió por la noche al mismo lugar. Allí estaba el búho. Sigilosamente lo tocó y no se movió, ni siquiera emitió un sonido.

El abuelo, tozudo él, volvió la siguiente noche antes de partir hacia donde no se sabe dónde, pero el búho no estaba. El abuelo se entristeció y estuvo inquieto.

A la mañana siguiente ya en la mar y con rumbo a cualquier lugar, un marinero gritó:

—¡Capitán, hay un búho en la bodega!

Bajó el capitán, el abuelo de David, y cuál no sería su sorpresa cuando se encontró con el búho que le miraba fijamente. Era una hembra. Los marineros quisieron tirarlo al mar, dijeron que era el espíritu de una mujer embrujada, pero el abuelo mantuvo a bordo del velero al búho y todos los días quedaba deslumbrado mirando sus ojos.

Uno de esos días cuando miraba la carta de navegación para seguir el rumbo con exactitud y saber a qué puerto llegar, el pájaro se posó en la mesa sobre la carta de navegación y emitiendo un extraño sonido voló hacia el ojo de buey, es decir, hacia una de las ventanillas del barco desde donde se podía contemplar el mar y si la tierra estaba cerca. Voló aun siendo de día porque los búhos nunca vuelan de día porque no ven con la luz, sólo en la oscuridad. Y ya no lo vieron más.

A los tres días naufragaban frente a las costas españolas, Tarragona, con la Luz de San Telmo arriba, en lo más alto del mástil, esa luz que sólo ven los náufragos cuando la tormenta los lleva a pique.

El abuelo decía a David atusándose los bigotes:

—No mires nunca fijamente a los ojos de un búho, jamás te desprenderás de su poder, de su encanto y a la vez de su maligna fuerza.

A partir de ese momento, David se dedicó a coleccionar búhos de cualquier material o tamañ

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