Egiptóloga, aliada de la resistencia nazi, escritora incansable y eterna rescatadora entre grandes conflictos.
Casi siempre que descubrimos un nombre femenino en la historia de la egiptología, sucede algo curioso y es que al ponerse a investigar sobre ellas aparecen en su vida tantas facetas y tan variadas que tirar del hilo de su vida es un viaje hacia el descubrimiento, es una historia de aventuras, de trabajo, de romance, de lucha, de sentimiento, de auténticas hazañas. Esto no podía ser menos con la mujer a la que hoy nos acercamos, Christiane Desroches Noblecourt.
Contaba en sus entrevistas que de niña visitaba con su abuelo el obelisco de Ramses II que se encuentra aún en la plaza de la Concorde de París y admiraban juntos los hermosos jeroglíficos que recorren su monumentalidad.
También en 1922, cuando fue descubierta la tumba de Tutankamón, Christiane tenía 9 años. Y siempre confesaba que aquel hecho había marcado su infancia y sus anhelos. Semejante momento histórico la envolvió y trabajó muy duro hasta convertirse en la primera egiptóloga francesa, título al que añadió dos doctorados. Fue al acabar sus estudios en 1934 cuando uno de sus maestros, Drioton, la ayudó a conseguir un empleo, no remunerado, como ayudante del conservador jefe del Departamento de Antigüedades Egipcias en el Louvre, puesto que aún no había tenido ninguna mujer. Es el año 38, en el que consigue una beca para entrar en el Instituto Francés de Arqueología, siendo de nuevo la primera mujer con este honor.
Pero nada de lo que hiciera parecía ser suficiente en un mundo ocupado por hombres que la consideraban demasiado joven y demasiado débil por su condición de mujer, para poder enfrentarse a las condiciones que una excavación arqueológica en Egipto suponía. Estas opiniones sobre ella fueron refutadas por los resultados de su trabajo, en el que, además, muchos de aquellos hombres enfermaron y ella no dudó en cuidarlos. Fue en 1937 cuando partió a su primera misión en Egipto y ya en 1938 fue nombrada directora de una excavación.
Christiane ya había demostrado su valentía y su valía profesional cuando comienza la Segunda Guerra Mundial. Mujer comprometida, no solo con la historia pasada sino también con la que le había tocado vivir, formó parte de la resistencia contra los nazis. Hizo trasladar completa la colección de Egipto del Louvre hasta un lugar seguro para protegerla y las piezas, que ayudó a embalar la propia Christiane, se trasladaron a uno de los castillos del Loira en dos camiones que tuvieron que hacer varios viajes. En estos viajes iba siempre ella, asegurándose de que llegaban. Cuando se une a la Resistencia aprovecha su permiso para viajar trasladando piezas para enrolarse como mensajera. En un viaje fue detenida por la Gestapo e interrogada sin que estos encontraran nada de lo que acusarla pero sí que tomaron nota y continuaron vigilándola. Además de esto, se sabe que ayudó a mantener escondido a un paracaidista británico. Durante estos periodos y tras la guerra siguió trabajando el Museo de Louvre, del que fue también profesora.
Toda su vida es pues un ejemplo de compromiso y lucha. Otra batalla interrumpe en el camino de nuestra egiptóloga cuando decide embarcarse en un proyecto que muchos consideraban imposible de realizar. En los cincuenta, el proyecto de la presa de Asuán iba a dejar bajo las aguas muchos templos egipcios que se encontraban en la zona que sería inundada. Christiane se percata de ello y emprende una campaña para conseguir que decenas de monumentos no se sumergieran en el olvido. Estamos en las década de los cincuenta, cuando la Guerra Fría era un obstáculo para conseguir que los países se pusieran de acuerdo en algo, pero Christiane peleó, consiguiendo financiación y apoyo de todos los grandes países y de la UNESCO, quien en los sesenta llevo a cabo una campaña internacional. Comenzó así una labor titánica de arquitectos, ingenieros, egiptólogos, cuya misión era trasladar todos aquellos templos y monumentos más arriba de su ubicación primigenia. Uno de aquellos templos, es el famosísimo Abu Simbel, orgullo de Egipto que gracias a nuestra guerrera aún puede contemplarse sobre las arenas del desierto, eso sí en su nueva ubicación, pues al igual que el resto fue trasladado en piezas, que pesaban toneladas, hacia su nuevo hogar. Durante todo el proceso, Christiane tuvo que sublevarse varias veces, pues no todos los templos serían rescatados y no pensaba permitirlo. El gobierno egipcio, agradecido por la colaboración, regaló templos a los países que más habían aportado, entre ellos España, que recibió el Templo de Debod, que es posible contemplar desde entonces en el paisaje madrileño. El gran premio, se lo llevo Francia, cuna de nuestra egiptóloga, que fue la sede de la gran exposición sobre Tutankhamón, organizada por Desroches.
Tras esto continuó su labor entre Egipto y Francia, a pie de excavación, en la búsqueda de nuevos descubrimientos, en la escritura de libros, en la difusión de la cultura egipcia. Unos años después, en 1976, Christiane se hallaba en su querido Egipto, organizando una nueva exposición, está vez sobre Ramses II, del que se la considera una de sus mayores expertas en el mundo. Un nuevo e importante rescate estuvo en sus manos cuando se la comunicó que la momia de Ramses estaba sufriendo un deterioro cuyo origen desconocido parecía no poder ser descubierto con los recursos que poseía el país del Nilo. Pero el gobierno egipcio no estaba por la labor de permitir que uno de sus más codiciados tesoros, uno de sus más grandes faraones, abandonara el país. Y nuestra egiptóloga de nuevo interviene para que entre los presidentes de Francia y Egipto llegaran a un acuerdo. Al salir de Egipto, Desroches hizo que sobrevolaran las pirámides del complejo de Guiza, para rendir homenaje al faraón con el que viajaba. En Francia fue recibido con Honores, ante una emocionada Christiane que contempló como se le dio una vuelta por la Concorde, donde se hallaba el famoso Obelisco del Ramses II, que ella misma reconocía como uno de sus primeros contactos con su sueño de egiptóloga.
Cuando se retiró, nunca lo hizo del todo; continuó colaborando en excavaciones, exposiciones y en su magnífica faceta divulgativa a través de la escritura llegó a tener una treintena de libros, muchos de ellos con grandes éxitos de ventas y de los que siempre se ha hablado por su capacidad para llegar al gran público sin perder relevancia histórica, entre ellos las biografías de Ramsés II, Tutankhamón y Hatshepsut o un magnífico libro sobre la mujer en los tiempos de los faraones.
En 2011, falleció a los 97 años de edad. Todos aquellos que la conocieron la describen como una mujer dinámica, activa, responsable y luchadora. Una pionera en muchos aspectos que abrió camino a las mujeres, no solo en la egiptología, sino en cualquier ámbito en el que les tocara luchar para hacerse ver y escuchar.
Elvira Martínez Ropero. Escritora
Nací y crecí en Trobajo del Camino, León. Estudié Filología Hispánica en la Universidad de León, completando estos estudios con el CAP y un Master de Literatura Comparada. He participado en varios congresos de la Sociedad Española de Humanistas y en algunos recitales de poesía, afición que desembocó en la publicación de mi poemario Luciérnagas en el desierto y que ha impulsado mis ganas de seguir creando versos. La predilección por las culturas antiguas nunca ha salido de mi formación, desde el estudio de lenguas antiguas: latín, griego, hebreo, egipcio e incluso un poco de sumerio; hasta la obtención del título de Egiptología del Museo Liceo Egipcio de León. Mi carrera profesional se ha volcado en la enseñanza de Lengua y Literatura en secundaria y bachillerato. También estoy trabajando en el Museo Liceo Egipcio de León en la traducción de textos jeroglíficos con un maravilloso equipo, así como realizo en el mismo una visita teatralizada nocturna que escenifica los ritos de muerte y resurrección del Antiguo Egipto.
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