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El relicario by Sebastián Felgueras

Muere la tarde sobre la ancha avenida que conduce al puerto, abarrotada de almas que vienen y van. El sol se escapa del día cegando a quienes hacia él caminan, y se filtra por cada rincón de la maraña de concreto.

Allí, como uno más, el hombre camina al ritmo que marca la calle, sabiendo que no se necesita estar muerto, para no estar vivo. Sombrero negro, ambo claro, matizando con la descuidada barba, camina imperceptible entre la marea humana, como quién anda por esta tierra, sin poner o quitar una palabra al destino, convencido de que nada le debe al mundo, y el mundo nada le debe a él.

Acaso, aquellos que caminan sin rozar el piso, y pueden ver detrás de gafas oscuras en medio de la oscuridad, conocen cuantos peldaños tiene la escalera antes de subirla, o de bajarla. Nadie sabe de ellos, pero son parte de un todo, repleto de nada. Esperan, sin cita, en cada esquina, y de un solo soplo hacen doblar el viento, y cuentan en su haber con más noches vividas que días despiertos.

Pueden estar a tu lado, o al mío. Contarte de su vida, y querer venderte días, meses, y a cambio de alguna que otra cosa, por qué no, hasta querer venderte años.

Eso sí, todo aquello que se compra…se paga.

Piso trece, departamento “C”. Rojiza la luz natural que llega desde la ventana, conjugando con el calor sofocante de la habitación. En un desordenado catre, aquel que se esconde de aquello de lo cual no se puede esconder.

La puerta crujió al abrirse, o tal vez no.

– ¿Quién eres?

– Qué importa.

– ¿Cómo me encontraste?

– Importa menos.

– Infeliz.

– A juzgar por lo que veo, no soy yo quién está postrado en una cama, enfermo, casi inmóvil, moribundo y en soledad. Reconsideraría a quién llamas infeliz ¿Dónde está el relicario?

– ¡Muérete! Jamás te lo diré.

– De acuerdo, puedo regresar sin él. Serás enterrado al caer el sol; es martes de carnaval.

– ¡Espera! ¡Espera! Dame más tiempo.

– Mil años ha sido el trato. Mil años han pasado.

– El relicario…

– ¿Que ocurre con el relicario?

– Lo he perdido.

– Qué pena. Adiós.

– ¡Espera! Solo una pregunta antes de morir.

– Dime.

– ¿Que contenía el relicario?

– Tiempo, contenía tiempo; y lo has perdido.

-SF-

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