Archipielago

Mi abuela LEONOR by Beatriz Osornio Morales

A Judith, M.Magdalena, y quien quiera que reconozca a Lucía.

     “¿Qué es el pasto Lucía?”. Es la luz que penetra las gotas del rocío; La luz verde que se hace hoja, raíz de hoja y de agua para alcanzar a escuchar al hongo brotando de la tierra.

 Yo soy Lucía, salgo temprano por la puerta del sueño y del verano, a recoger hongos frescos del llano.

     Cuando regreso con la canasta desbordante, encuentro a la abuela sentada junto al fogón, alimentando al fuego con sus manos santas, entumecidas por la terquedad de los años y el trabajo, su delantal de lunares diminutos, trenzas largas, y su imagen de mujer amorosa iluminada por el reflejo del fuego. Hoy parece haber olvidado la muerte del abuelo, me recibe con una sonrisa desdentada. Cuando uno de sus nietos le ha traído un regalo, se alegra tanto que no quisiera deshacerse de su contento; sea un caramelo, un tamal, una bolsita de colación o un ramillete de flores del huerto, se apresura a esconderlo en alguna de las ollas pendientes de la pared, está segura de que esa alegría le durará para siempre, y calmará cualquier tempestad o cualquier hambre venidera.

     Pasan los días y los atardeceres fríos llegan como cortaduras de hielo que van doliéndole cada vez más en las rodillas, hundiendo sus astillas hasta los huesos, como trizas aventadas al río. Aquí, por la noche las estrellas son tan cercanas que se figuran salir de nuestros ojos, a reflejarse en la profundidad del azul; “sólo por eso se sabe que ya  pronto vendrá la primavera” dice mi abuela.

     Y  también pronto las peras y los manzanos tirarán  la flor, el fruto madura con el sol, y la abuela sigue olvidando comer los caramelos de los nietos. “Siempre fue olvidadiza, meditabunda. Ni a palos aprenderá la mula” decía mi abuelo,  que desatinaba ante la lentitud de Leonor.

     Traigo los hongos que salí a juntar en la mañana, digo. Soy Lucía y…  Ella habla como si no hubiera escuchado lo que digo.

     “Ha hervido ya la leche y Cristóbal sigue todavía en el huerto, escarbando vida, aguamiel del corazón del maguey y de las piedras, una vida que no alcanza para nada, una que nos dejará sin fuerzas, y una aguamiel amarga. Con ese hombre no se sabe cuando estar lista o no estar”.

      De pronto, como un humo sofocado nos llega el silencio, ese ruido que no dice nada pero fermenta  lagrimas, Leonor baja la vista humedecida, y suspira quedito.

     “¿Qué es el pasto Lucía?” Es la luz que penetra las gotas del rocío… “Que son las nubes?”  la sombra de una luz nocturna que despereza las azoteas,  prolonga su estallido en la costilla de los tejados, son los gatos, el mirto.

       Lucía es un nombre omnipresente. Todos somos Lucía para mi abuela que ya poco recuerda de nombres y de porvenir. Es un nombre, es todos los nombres donde ella encuentra lo que busca a sus noventa años, pero solamente lo pronuncia si algo la entristece de veras, sonríe y hace preguntas como; “qué es esto o aquello”, y ella misma las contesta en la prolongación de una queja.

     A mi  me gusta visitar a mi abuela cuando regreso a este lugar, y también me gusta pensar que nunca me he ido, que la abuela sigue viviendo en la casa de adobe, que soy Lucía y lo sé todo a cerca del hollín y el gordolobo, la cortinilla del olvido y las pesquisas de mi abuela, pero sobre todo, me gusta escuchar cuando mi abuela habla de la vida como algo que yo desconozco.

Beatriz Osornio Morales

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