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Niebla By Carlos Moya

Se desdibujan los contornos mientras el ruido de la ciudad, que proviene de no se sabe cual dirección, vibra de un modo extraño y obstinado, como si el propio aire opaco, saturado de humedad, se opusiese a ser atravesado.

Vestidos de indiferencia se cruzan en un estrecho paseo, sin compartir ni un segundo la mirada. Pasan muy cerca.

Sin darse cuenta que fue la suerte quien los puso durante unos instantes frente a frente.

Unos metros más adelante caerán en la cuenta de que quizás han perdido la mejor oportunidad de su vida para alcanzar la felicidad.

Ninguno girará la cabeza, ninguno volverá sobre sus pasos, eligiendo ambos la comodidad de una soledad conocida.

Que ya no tengo edad, piensan de sí mismos.

Fue una maravillosa oferta de la mañana y, a partir de ese instante, ya se hará la tarde.

Muy tarde.

El sol zurcirá la cortina hilada del pasado con un retazo de nube, y dejará caer un telón teñido con los colores del futuro, el mismo pesado cortinaje de luz que quizás vendrá mañana a llenar el parque de carreras y de juegos, de madres y de ojos nuevos que observan.

Pero para ellos, siempre será demasiado tarde.

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