joyas para leer

LOS PASILLOS DEL DOLOR -01 by Conchi Ruiz

            Cada día de camino al museo donde trabajaba, Diego hacía el mismo recorrido, no quedaba lejos y prefería ir andando ya que su trabajo de restaurador le impedía caminar apenas media hora para almorzar. Frente al museo la cafetería no estaba nada mal y la chica rubia con su “¿Qué desea hoy?” le sonaba a canción melódica después de los silencios del día.

            Muy cerca de su hogar y de camino, había un enorme edificio de colores opacos que no podía definir a pesar de su experiencia en colores y formas, ese color entre gris, ocre y blanco, siempre pensaba en el mal gusto de quien ideó ese color, pero fue creado por el pasar del tiempo. De la estructura no podía pensar nada mejor, un enorme cuadrilátero, lo llamaría una mole con unos ventanucos alargados nada atractivos, se imaginaba la altura del suelo y quien se asomara sólo podía poner los ojos en el alfeizar. Hacía tres meses de su estancia allí y no había tenido tiempo de dar la vuelta al edificio para conocer la entrada principal, ya lo haría.

            Desde la pequeña terraza de su apartamento podía ver aparcar coches a las mismas horas del día, nueve de la mañana a una del mediodía y de cinco a siete de la tarde, algunas veces quedaban algunos allí fijos y sobre todo le llamaba la atención al final del todo, un coche fúnebre. En algún momento aquel camino debió ser un espléndido terreno de siembra, ahora tierra y piedras se habían aposentado en él para bien de los visitantes al edificio. No se asomaba mucho en aquella terracita porque no había mucho que ver para alegrar el ánimo.

  • ¿Qué va a tomar hoy? La voz de la camarera le sobresaltó.
  • ¡Oh, sí, estaba pensando y no la vi llegar!
  • No se preocupe señor Robles, a todos nos ocurre a veces, yo no me puedo permitir pensar aquí en el trabajo, ya sabe. Mi nombre es Sheila.
  • Pues el mío es Diego. ¿Qué le parece si dejamos los formulismos? me sirve algo rápido, hoy tengo bastante trabajo.

            Ya en la nave y con la bata de faena se dispuso a seguir el trabajo, un cuadro muy antiguo posiblemente del pasado siglo, que el dueño quería conservar fielmente su estructura y colores desvaídos por el tiempo. En él se representaba una cacería donde hombres con la vestimenta de la época y magníficos caballos que fueron relucientes y ahora ya no tenían nada de su belleza y arrogancia, al igual que los galgos, adiestrados cazadores habían perdido su hidalguía.

            El cuadro debió ser bello y aún con la experiencia de su vida profesional, dudaba poder devolverles todas sus virtudes. A veces se abstraía en su trabajo, otra dejaba los pinceles y buscaba su descanso mental y visual.

  • Hola Diego, ¿Qué tal te va con el cuadro del inglés?
  • No sabría que decirte, fue hermoso, pero la tela no es buena y tengo que hacer doble soporte para que no se rompa ¿Cómo lo ves tú Andrés?
  • Pues lo siento amigo, bastante complicado y el dueño también debería ser reparado.

            Diego dejó escapar una carcajada porque era cierto, el aspecto del inglés dejaba mucho que desear.

  • Hasta luego y suerte. Yo tengo una preciosa dama, pero los años no perdonan ni a las más bellas, también envejecen.

            […]

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