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LA ENTROMETIDA VECINA DE DIOS. by Ricardo Martí Ruiz -01

Supongo que fue mala mía 

– Dios.

I

     Todo era aburrido aquí antes de que comenzara el principio. Ni siquiera había de qué quejarse. No sabíamos de malestares ni de sudores emplegostosos o de piquiñas inalcanzables. La comida no se dañaba. No había que lidiar con azotes de frío ni brumas o tempestades; y, claro está, el entorno siempre era blanco. Nuestra comunidad no tenía chismes que bochinchear ni polémicas que protestar. No había trifulcas ni pugilatos ni controversias ni disparates. Nada era injusto ni burdo ni torpe ni tenso. Todo era constante: igual de igual siempre, y nada lo iba a cambiar.

     Entonces Dios trajo una silla.

II

     La silla era tremenda, no hay por qué negarlo; y todos cuando la vimos supimos de inmediato que era una silla especialmente especial, porque, además de tener una base amplia en donde sentarse, también tenía un cojín puesto encima, que era muy cómodo, y poseía algo imprevisto: un apoyo vertical que servía para reposar la espalda.

–       Pienso llamarle espaldar –dijo, y nos dio una demostración.

–       ¡Wao! –respondimos todos al verlo.

     Y como si todo eso fuera poco, pronto vimos que la nueva silla estaba capacitada también para apoyar los brazos, con dos barras que salían de los laterales, lo cual consideramos muy ingenioso. Tan impresionante fue, de hecho, que inspiró la creación de un nuevo fenómeno: aquel que llamamos ‘mejor’, que no había sido aplicable hasta entonces.

–       Explícame ese ‘mejor’, por favor, ¿qué significa? –preguntó la inercia.

–       Con gusto –respondió Dios. –Significa que un algo es más ‘ese algo’ que otro algo que también es eso.

–       ¿O sea que esa silla es más silla que las demás sillas? –preguntó la curiosidad.

–       Cumple con sus funciones con mayor capacidad que las otras, y añade algunas nuevas. O sea que sí. Esa silla es bastante más silla que las demás.

–       ¿Y se puede hacer lo mismo con otras cosas? –preguntó el oportunismo.

–       ¿Mejorarlas?

–       Sí. 

–       Entiendo que sí. Todo podría ser mejor aquí. 

     Y eso quisimos hacer.

III

     Comenzamos mejorando las cosas fáciles.

     Mejoramos los saludos para que sean de mayor agrado. Mejoramos el suelo para que provea una sensación más suave para los pies. Mejoramos las batas para que resplandecieran más. Y mejoramos la brisa para que nunca pare de soplar bien rico. Así nos dimos cuenta de que mejorar las cosas era mejor que dejarlas igual. Eso nos dio ambición, y quisimos mejorar a mayor escala. 

     Decidimos que el entorno que nos rodeaba –tan blanco– sería un proyecto adecuado. Era blanco y más nada, y eso estaba bien; pero no lo bien suficiente. Podía ser un bien mejor. 

            Entusiasmados, los colores ofrecieron someter una propuesta, y presentaron como alternativa un trasfondo pastel amarillo con bolitas blancas que se movían en círculos flotando por todas partes. Eso estaba bien, pero no tanto mejor que el color blanco establecido; y cuando lo revelaron, todos reaccionamos de manera similar.  

–       En verdad es casi lo mismo.

–       Solo cambió el color y se añadieron unos circulitos bailarines.

–       Debe de haber mejores mejores.

IV

     Se les solicitó a los colores que presentaran una selección de alternativas por considerar, a ver cuál sería el entorno indicado. Muchos se ofrecieron, aunque no todos eran buenos. Algunos, incluso, como el de las líneas diagonales con espirales de distintos colores y el garabato gigante en el medio que palpitaba, se derretía y se inflaba, resultaron ser bastante menos mejor que el entorno original que era blanco. Eso inspiró un nuevo fenómeno que se añadió: aquel que llamamos ‘peor’, que es todo lo opuesto a ‘mejor’, pero también es igual de bueno.

V

      Como dije, varios entornos participaron en la competencia, y muchos eran tan buenos que podrían considerarse suficientemente mejores si hubiesen sido las únicas opciones. Pero ninguno se destacó lo suficiente. 

     El que más me agradó a mí fue el resultado de una colaboración entre azul y rojo. Proponía plasmar el suelo donde caminamos de color azul, y llenar todo el espacio restante de un tono brillante rojo. De esa manera, argumentaron, sería 1) más fácil distinguir uno de otro, y 2) más atractivo a la vista. También hablaron de hacer una alianza con el color amarillo para generar unas cajitas flotantes que llamaban ‘nubes’, pero el asunto quedó olvidado por el debate que surgió de pronto. 

–       ¿Y por qué no hacemos, en vez, que el espacio sea azul y el suelo restante sea rojo brillante? –preguntó el capricho.

–       En realidad, da igual, pienso yo –respondió la indiferencia. –Digo, a fin de cuentas, habrá una parte que será azul y la otra que será roja. ¿Qué importa en qué lado está cuál?

Entonces, la mediación añadió…

–       Podríamos, tal vez, considerar la posibilidad de mantener, para ver, los dos colores tal cual, pero hacerlos verticales y entre cortados. Digo, si quieren. 

Y se sumaron más voces…

–       A mí me encanta el concepto como está, pero cambiaría los colores.

–       ¡De acuerdo! Naranja y violeta sería mucho mejor.

–       Yo prefiero gris y rosita.

–       A mí como que me gustaba blanco.

–       Yo seguiría pensando.

VI

     Decidimos llamar a Dios para que nos ayudara a resolver el asunto, y él sugirió algo que nadie pudo refutar, mayormente porque no lo entendimos: que se podría innovar un fenómeno distinto que hiciera que cualquier algo se tornara inmune a las comparaciones, y de esa manera se evitarían las incertidumbres.  

–       La ‘ex – ce – ¿qué?’

–       Excelencia –dijo Dios. –Significa que algo es tan y tan eso, que sobrepasa las expectativas y se convierte en el paradigma para los demás.

–       ¿Y eso existe?

–       Todavía no.

–       Y… ¿podría aplicarse al entorno? 

–       Entiendo que sí.  Todo podría ser excelente aquí.

Y le pedimos que lo hiciera.

VII

      Dicho sea de paso: mi nombre es Natalia. 

      Fui vecina de Dios por mucho de lo que ustedes llaman tiempo. Aunque casi nunca lo podía ver, desafortunadamente, porque siempre estaba en el taller fabricando inventos; y su taller estaba inaccesible, guardado en una dimensión secreta. La verdad es que me hubiera encantado presenciarlo mientras trabajaba –sí, es guapo– pero yo solo lo veía cuando salía a mostrar sus creaciones. Lo vi presentar la silla que confabuló, cuando presentó su entorno, y también lo vi presentar este Universo para salvarnos; pero de eso hablaremos luego.

VIII

     Como no teníamos días ni noches ni reuniones ni citas médicas ni tandas de cine ni horas de entrada ni días de semana, pues no teníamos tiempo como tal; o sea que no te puedo decir exactamente cuántas unidades de segundos, minutos, horas, días, meses, años, siglos, o lo que sea, le consumió a Dios construir un entorno excelente; pero te aseguro que valió cada instante invertido. 

–       ¡Es grandioso! –dije, al ver lo que había engendrado. 

     Llamado “cielo y tierra”, contenía varios de los elementos ya presentados en los conceptos originales, pero los integró de maneras maravillosas y los puso en movimiento constante. Mantuvo la idea de distinguir el suelo del espacio, pero decidió que los colores serían, en vez, tonalidades de verde y marrón para ‘la tierra’, y tonalidades de azul para ‘el cielo’, con varios destellos multicolores repartidos. Mantuvo las ‘nubes’ flotadoras amarillas, pero las transformó de maneras variadas, que eran mucho más lindas e interesantes que los cajones. También trajo una amalgama de conceptos innovadorísimos para acentuar la experiencia, como ‘el horizonte’, ‘la perspectiva’, ‘el arco iris’ y ‘los espejismos’ que eran tan súper geniales que no los puedo ni explicar con autoridad. Pero el golpe de gracia fue lo que llamó ‘sol’, que era la cosa más bella que habíamos visto. Tanto así que inspiró otro fenómeno más, y que comenzamos a ejecutar de inmediato, aquel que llamamos ‘aplauso’. 

Continuará mañana…

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