Archipielago

MATERNIDAD by Mercedes González Rojo

Imagen sacada de Pinterest

Carta para cuando estés lejos

Querida hija:

Cada vez que me ausento me sorprendo pensándote mientras duermes, con esa calma con la que el sueño invade tu rostro que descansa escondido entre las sábanas;  añorándote mientras veo como creces alejando de mí la certeza de que tal vez pronto vuelvas a irte de mi lado. Como cuando no estabas. Sólo que ahora será distinto porque te he tenido entre mis brazos, te he amamantado, te he curado las heridas, consolado tus lágrimas y reído tus alegrías. Sé que si algún día te vas será como arrancarme un pedazo de mi alma, aunque siempre quedará entre ambas ese lazo invisible que fuimos tejiendo día a día para mantenernos unidas.

Llegaste a mí cuando ya nadie te esperaba pero yo nunca me desesperé por correr a buscarte, por forzar tu llegada a este mundo, en la certeza que tú sabrías elegir el momento para hacerlo, si estaba en el destino que algún día llegaras a nuestro lado.  

Y así fue. Cuando ese momento llegó fuiste escogiendo la mejor urdimbre para tejer el paño de tu abrazo. Recogiste el canto del mirlo en la mañana y el rumor lejano de las olas; la luz del sol reflejándose en el agua, el olor a sal, los colores marineros de las casas. Te dejaste acariciar por todo ello y lo atesoraste para mezclarlo con los regalos de esa otra tierra que intuías sería la que, finalmente, abrazara tu llegada, llegada que me anunciaste en una fría y húmeda mañana de octubre para cambiarlo todo,  de repente, aunque lento el paso.

Sin un ruido fuiste invadiendo cada uno de los espacios de mi vida. Y aprendí a compartirte mis sensaciones, canté para ti todas las canciones aprendidas, paseé los campos de mi infancia, te conté de tus ancestros,…, preparando poco a poco tu venida. ¡Debías de estar cómoda en la húmeda cuna de mi vientre porque, aunque te sabía en mí,  apenas te sentía! Entonces, ponía mi mano sobre ti para tenerte más cerca y mes a mes, aún casi incrédula de tu presencia,  escuchaba tus latidos sintiéndote crecer, descubriendo en las ecografías el dulce perfil de tu carita, la menuda forma de tus manos, flotando relajada en el líquido de la vida.

Y hoy, tantos años después, te miro dormir y siento la misma sensación que tenía entonces. Veo la paz besándote los párpados, instalada en el acompasado latido de tu corazón y en tu respiración tranquila. Te veo flotando en tus sueños, unos sueños que no quiero imaginarme como madre porque prefiero que seas tú misma quien elija.

Quizá fueron todas esas horas de decirte, de cantarte, de sentirte y pasearte por los campos… De tumbarnos luego juntas viendo pasar las nubes en el cielo, recogiendo flores silvestres con las que adornábamos nuestro pelo, tú el mío, yo el tuyo. Quizá fue esa tranquilidad de las pequeñas cosas buscada cada tarde para que nada rompiera la armonía de tu ser… No lo sé. Solo sé que hoy, que van pasando los años mientras creces, te veo madurar tranquila, reflexiva… Te veo sentir y disfrutar los mismos paisajes que paseamos cuando eras niña…, incluso antes, de  no nata.

Y me entretengo cada noche observándote mientras duermes, dándote ese beso que  – dormida – recibes a veces incluso con los ojos abiertos aunque al día siguiente no lo recuerdes, sabiendo que, aunque no siempre sepamos expresarlo, ambas somos conscientes de lo que existe entre nosotras y de que sin tu llegada todo sería hoy distinto. Seguramente ni mejor ni peor, pero sí distinto.

Por eso cada noche te miro,  o te sueño dormida  si no estoy bajo tu techo, disfrutando de lo que un día no pensado le trajiste, para siempre ya, a mi vida, dándole un nuevo giro. Te miro, te pienso y me sonrío viéndome reflejada en ti, en tus anhelos, en tus deseos, en tus alegrías y en tus sufrimientos. Viéndome reflejada pero plenamente consciente de tu identidad. Y al igual que no añoro lo que fui tampoco quiero soñar lo que serás para disfrutar a cada paso, a cada hora, lo que hoy eres, sin lo que no serás nunca lo que verdaderamente tú anheles. 

No olvides nunca que te quiero.

Mercedes G. Rojo

Nota: Este relato forma parte del libro De lunas, mujeres y otras historias, escrito por su autora junto a Rosa Marina Glez-Quevedo y C. Noemí Montañés Fernández, al igual que otro dos también de su autoría y tres más de autoría conjunta como resultado de la participación en un juego literario de sumo interés entre las tres. (Ediciones Mariposa, León 2020)

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