Archipielago

ADOBERA by José Luís Serrano

No más que cuatro tablas clavadas y ni siquiera grandes. Ni vistosas. Era una caja sin tapa ni fondo en la que se depositaba una masa de barro con trocitos de paja y se ajustaba a los bordes con las manos. Apisonar un poco la superficie y retirar la adobera, las cuatro tablas clavadas, dejando en el suelo un pequeño paralelepípedo de barro que, una vez seco al sol junto con otros muchos nacidos del mismo modo habrían de ser las paredes de una casa, un pajar o cualquier otra construcción que la necesidad, por demás humilde, solicitase. 

Mi compañero de pupitre, un chaval del que no recuerdo ni el nombre me había ofrecido enseñarme una adobera y mi imaginación me hizo la jugada de pensar en algo que –aún sin saber qué- era otra cosa, tal vez algún dispositivo articulado, algo con cierta complejidad, tal vez con motor pero no cuatro simples tablas. Qué desencanto. Pero el chico hizo lo que me había prometido: enseñarme una adobera. Yo tenía en los ojos ecos de máquinas que había llegado a ver funcionando y hasta cómo algún mecánico les andaba por dentro, me había fascinado ver el ballet de las ruedas de una locomotora de vapor llegando a la estación o iniciando entre humos y chirridos su viaje… y aquella tarde de sol y trillo la adobera me supo a poco. A nada. Ahora, cincuenta años después, espero no haberme mostrado altivo, engreído o cualquier otro modo de arrogancia.

Años después comprendí que aquella simpleza era una fábrica de simplezas que sumadas formaban maravillas habitables. Hay necesidades que los hijos de la carencia apañan con lo que hay en el entorno y en aquella tierra había tierra y cultivos de secano así que ojo con el agua: la justa para la masa y otro bloquecillo de barro queda tendido esperando  que el sol haga su parte y lo vuelva adobe.

Creo recordar que vi una adobera algo más grande a la que una tabla dividía el largo en dos de modo que dejaba una pareja de adobes en cada maniobra. Pero era el mismo útil simple que aliviaba un poco la rutina de depositar la masa porque ajustar el barro a las esquinas requería el mismo esfuerzo. Lo mismo que otra mayor que dejaba hacer cuatro piezas.

A la mañana siguiente, la mano experta sabía si se podían retirar los adobes  o aún necesitaban más horas de sol antes de almacenarlos con los anteriores a la espera de otra tanda……hoy una construcción de adobe, al margen o a pesar de los arquitectos de relumbrón (que aún no andaban amasando barro ni apostolando la arquitectura bioclimática) es algo abrazable, entrañable, nacida pieza a pieza de las manos de alguien, de su buen hacer con cuatro tablas, barro y sol, lo que no disminuye un ápice la decepción que tuve. Además Adobera es una palabra bonita, sugestiva, que supera con mucho algo más que cuatro tablas. La belleza está en los ojos del que mira… pero hay que saber mirar.

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