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LA HIJA DEL AGUA by Felicitas Rebaque

Imagen tomada de Pinterest

Relato inspirado en Esperanza y Lucía, protagonistas del libro El Latido del Agua

Mi abuela se muere. He estado esperando este momento con inquietud, pero de nada sirve engañarse. El paisaje se ha ensombrecido en su despedida. Hoy, sé que su fin ha llegado. «Partiré cuando el arroyo se seque. Vine al mundo con la lluvia y ella me sacará de él», repetía con  frecuencia. El arroyo hace días que se secó y la lluvia ha venido a rescatarla de las garras de la muerte que proyecta su sombra siniestra entre los reflejos de la lumbre que se consume en la hornacha.

La observo como consciente y serena se va despidiendo de los objetos familiares con un gesto de complacencia en su rostro. Sabe que su ciclo vital ha terminado. 

Yo, arropada en la penumbra, a pesar de la profunda tristeza que me aplasta y  presintiendo el vacío que me dejará su muerte, mientras la velo, he querido escribir su historia para que nada se me olvide en un homenaje a una mujer especial, una mujer que vivió en íntima comunión con la naturaleza, y que bien pudo ser árbol, roca, monte, o río. Pero nació mujer. Mujer en un pequeño pueblo de un valle entre montañas. Uno más de nuestra España vaciada. Mujer de agua. Esperanza.

Vino al mundo un mes de junio, en el monte, en medio de una tormenta. Su madre regresaba de pastorear a  las vacas  cuando sintió cómo se abrían sus entrañas y el líquido precursor del alumbramiento se deslizaba por sus piernas. Un dolor agudo precedió a la primera contracción. Llevaba con molestias algunos días y fue una temeridad seguir subiendo con el ganado al monte cuando el tiempo de preñez ya estaba más que cumplido, pero… ¿qué otra cosa hubiera podido hacer? Su hombre se encontraba pastoreando en las tierras de Extremadura, y las cuatro vacas que servían de sostén a la familia, tenían que comer. 

Con una mano sujetando su vientre y con la otra apoyándose en la cayada, alentó a los animales a moverse más rápido. Los dos perros que la acompañaban husmeaban nerviosos a su alrededor, avisados por instinto de lo que iba a acontecer. Un estruendo quebró  el aire. La tormenta no tardaría en desgarrar el cielo.  Aceleró el paso. Se veían las primeras casas del pueblo cuando sintió que la criatura pujaba por salir. Supo que no llegaría a parir en su cama, así que dejó las vacas a su libre pacer, buscó refugio e intimidad entre un grupo de álamos y se entregó a los esfuerzos de traer al mundo a su hijo. El cielo se rompió sobre ella y el estallido ahogó su grito. Enormes gotas de agua comenzaron a golpear con fuerza el suelo en el mismo momento que la niña se asomaba al mundo. Al mismo tiempo, las entrañas de la tierra se abrieron, y muy cerca del lugar donde se había producido el alumbramiento de la mujer, manó el arroyo. Y así nació mi abuela. El agua dejó su impronta en ella dotándole de unos increíbles ojos claros, casi transparentes. Su madre la llamó Esperanza.

Mi abuela desde niña fue especial. Tenía la sabiduría de la tierra escrita en la cara, pero creció y vivió igual que cualquier rapaza. Apenas levantaba un palmo del suelo y ya ayudaba a sus padres con el ganado, ordeñaba a las vacas, las llevaba a beber al río, y también faenaba en el campo, en la huerta y en la casa, quedándole tiempo aún para ir a la escuela cuando llegaba el maestro que compartían con otro pueblo cercano. Perdió a su madre tras parir un hijo muerto, cuando apenas contaba 14 años. Y desde ese momento, sus tareas se multiplicaron. Tuvo que dejar la escuela para trabajar en la casa, cuidar  las vacas, segar los campos, arar y sembrar la tierra y recoger los frutos de la huerta. Y por supuesto, atender a su padre y a sus dos hermanos varones que para eso era hembra. 

Mi bisabuelo, muerta su mujer, no encontró razón alguna que le aferrara a la vida, por lo que sin aparente enfermedad que le afectara, a no ser la de la tristeza y la melancolía, se reunió con ella dos años después, en una noche de ánimas. 

Mi abuela no tuvo tiempo de llorar a sus padres, de mecerse en un duelo o de consolar la tristeza. La vida y la necesidad la empujaron sin darle tregua. Los dos hermanos siguieron marchando con las ovejas, como en vida de su padre, todos los septiembres a las dehesas de la meseta, para regresar cuando los pastos verdecían nada más pasar el invierno. Pero un año no volvieron, ni ellos ni el rebaño. Y se quedó sola, hasta  que apareció un muchacho que llegó de las comarcas del norte para trabajar en casa de unos familiares. Se enamoraron y se casaron.  

La abuela parió hasta siete hijos. Un embarazo no es causa suficiente para aliviar de las  duras condiciones de vida a la mujer campesina. Quizás, esa fue la razón por la que esos niños llegaban con prisas al mundo y por esa misma causa marchaban rápido de él. Nacían  débiles incapaces de aferrarse a la vida que manaba de los pechos de su madre. Tras esos partos, su útero se negó a engendrar y se quedó seca. Años más tarde, bien cumplidos sus cuarenta, se volvió a preñar. Ese año la cosecha y los frutos crecieron al mismo tiempo que se abultaba su vientre. Y nació mi madre, Candelas. El inicio de la existencia de la hija pareció marcar el  final de la del padre porque al año siguiente  murió. Lejos de casa. Mi abuela supo de su muerte antes de que le llegara por escrito. Se lo advirtió el agua. La misma noche del fallecimiento de mi abuelo, una tormenta, lanzó su furia y un rayo alcanzó a  uno de los árboles de la carretera. Mi abuela supo que su marido había muerto. Le lloró desesperada, mientras mecía el llanto de su hija en la cuna.  Solo esa noche se concedió el duelo, porque a la mañana siguiente siguió sentada en la vida a horcajadas, siempre a favor, siempre lúcida y consciente, siempre con los ojos abiertos. Recibiendo y entregando lo que a su mano venía. Y así transcurrió su vida. 

El tiempo la fue secando. Cada invierno se llevaba lo que de hermoso quedaba en su cuerpo hasta dejarla convertida en una figura  reseca de cartón piedra, piel y nervios sobre huesos y todas las sendas del mundo dibujadas en su cara; delgada, enjuta, de movimientos rápidos y ágiles, igual que su mente. Trajinando de acá para allá. Siempre de negro.  Así la pasaron los años, más de noventa, aunque ella dice que perdió la cuenta.  Y ee comenzó a apagar cuando el arroyo perdió su caudal como si la existencia de mujer y agua corrieran parejas. Tan sólo sus ojos claros conservaban su luz y su brillo, como si toda las fuerza de su espíritu se concentraran en la mirada.  

Ha muerto.  Su respiración ya  no resbala en el aire. La Lluvia ha cesado. El gemido de una campana me sacude como si el badajo hubiera chocado contra mi cuerpo. Me siento al borde de su cama y cojo su mano, aun caliente. La siento conmigo, y seguirá estando en todo lo que existe o es. Y su reflejo en mis ojos, tan traslúcidos como los suyos. 

blog de la autora: https://wordpress.com/view/felicitasrebaqueblog.wordpress.com

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