joyas para leer

Lo perdido by Alicia Trujillo

La vida es un naufragio de una obstinada imagen

Que ya nunca sabremos si existió

Pues sólo pertenece a un lugar extinguido

Francisco Brines

Pablo abrió los ojos.

Su mirada quedó suspendida en algún punto del techo antes de observar la habitación en donde estaba. Miró a su derecha, una ventana rectangular con las persianas bajadas. La luz del día se infiltraba entre los huecos. Miró a su izquierda, nada más que una mesa alta con un marco fotográfico cuya imagen no distinguía por la distancia a la que estaba.

             Con esfuerzo, preguntas comenzaron a articularse en su cabeza. Preguntas que parecían surgir de una laguna cuyo fondo ocultaba los recuerdos.

  Sonó el clic de la puerta.

            —Buenos días, Pablo. — Entró un hombre de bata blanca, que inmediatamente fue a comprobar su frecuencia cardiaca y otros indicadores—. Soy el doctor Gil. ¿Cómo te sientes?

  Intentó incorporarse de la cama, pero sintió un leve mareo que lo hizo renunciar.

             —No realices movimientos bruscos. Se te pasará—dijo a la vez que arrastraba una silla para sentarse cerca.

  El desconcierto de Pablo se reflejaba en su mirada, que buscaba en aquel desconocido alguna palabra que le anclara a la realidad. A comprender qué estaba sucediendo.

            —¿Por qué… es esto un hospital?

             El doctor le explicó que había sufrido un serio accidente de moto y que llevaba dos días en coma. No había sufrido daño físico importante, pero tenían que descartar cualquier lesión cerebral, ya que el mayor impacto fue en la cabeza.

             —Sé que estás cansado, pero es muy importante que me digas qué es lo último que recuerdas.

 Instintivamente, Pablo rodeó la cabeza con sus manos y sintió el vendaje que la cubría.   Sus ojos se movían de arriba abajo, con nerviosismo. ¿Accidente de moto? ¿Accidente de m-o-t-o? Él no sabía conducir una moto, ni le interesaban las motos…  casi no recordaba. ¿Qué recuerdo? ¿Qué sí recuerdo? Joder, qué me está pasando. A medida que sus pensamientos se aceleraban, su respiración se tornaba espesa. Empezaron a formarse gotas de sudor en su frente.

             —Tranquilo. Haz una inhalación lenta. Ahora suelta el aire… eso es. Una vez más. Bien. Vamos poco a poco. Yo te pregunto y tú respondes. Intentaremos así despejar tu memoria. Dime tu nombre y apellidos.

             —Pablo Serrano Diaz.

             — ¿Dónde has nacido?

             —Málaga.

            — ¿A qué te dedicas?

              —No trabajo todavía. —Algunas escenas como intermitentes destellos aparecieron en su memoria: último semestre de la carrera; pronto iniciaría las prácticas en el hospital psiquiátrico. Recordaba estar en clase y al profesor Montiel, pero no podía ponerle cara a nadie. También la fiesta en casa de Carla, la chica que le gustaba, aunque solo le venían fragmentos a la cabeza. No lograba dar seguimiento de lo sucedido esa noche, puede que en un momento se pusiera a tocar la guitarra The sound of silence ¡Claro! Le fascinaba la guitarra. Pero no, estaba mezclando las cosas. No fue en la fiesta de Carla que tocó esa canción, fue en el aniversario de sus padres, sí, eso era. Esa noche llegó su tía, la hermana de su padre de sorpresa desde Londres ¿Qué más pasó en la fiesta de Carla? Nada le venía a su mente aparte de su pelo rizado y las abundantes pecas en el cuello. Ni una conversación entre ambos, ni las veces que hicieron el amor, ni una salida al cine…Y ¿el accidente? Nada…

            —¿Estás seguro de que no trabajas Pablo? —preguntó el médico rompiendo el soliloquio.

            —Claro. Estoy terminando el grado en psicología. —Tragó saliva y trató de regresar su atención mental en donde se había quedado. No había nueva información.

            —Última pregunta y te dejo descansar. ¿Cuántos años tienes?

            —Veinticinco. No. Veinticuatro. Sí, veinticuatro.

             Las siguientes horas, estaría sometido a tediosas pruebas e interrogatorios con el objetivo de confirmar el diagnóstico que el equipo médico temía: amnesia retrógrada.     No fue hasta que estuvieron seguros que se lo comunicaron a su familia–familia que él no recordaba tener- lo que esto conlleva: un tipo de amnesia que impide recordar días, meses o incluso años de lo que pasó antes del accidente

            Su caso parecía ser una amnesia aguda, con daño en el hipocampo, estructura estrechamente relacionada con la memoria y con la vinculación emocional. Él se acordaba de pocos episodios de su vida, y solo hasta los veinticuatro años. (Dichos episodios los percibía como quién mira un álbum fotográfico ajeno, puede reconocer los lugares, paisajes en donde tiene lugar la situación, pero no acceder a su verdadera significación). En cuanto a los otros veinticinco años, para él no existieron.

            La mujer de Pablo no podía aceparlo. Cuando me vea tiene que acordarse. ¿Estás seguro de que no ha dicho nada de la foto de nosotros que dejé en su mesilla? Cómo no me va a reconocer. Es imposible, veinte años casados… Tenemos dos hijos… se le quebró la voz.

  Y en efecto, Pablo, por los únicos que preguntó y de quién más tenía memoria eran sus padres. Sabía que era pronto para recibir visitas, pero esa noche se empezó a impacientar.

            Fue en ese momento que el doctor Gil le explicó su situación, sin mencionarle el hecho de que tenía una mujer y dos hijos- en casos así, los pacientes necesitan ir digiriendo la información en pequeñas dosis-. Fue bastante duro el choque emocional al decirle su verdadera edad. Sobre todo, el contarle que su madre falleció hace tres años de cáncer. Y que su padre desde hace más de quince años, después de divorciarse, se fue a vivir al extranjero.

            Quiso que le dejaran solo. Sintió un volcán de sentimientos mezclados en su interior. Sus pensamientos fueron acelerándose, intentando llenar los vacíos con las imágenes que le faltaban. Más no tenía las piezas suficientes, entonces evocaba una y otra vez el recuerdo de sus padres estando todavía juntos, como en un bucle, con la esperanza de que un nuevo recuerdo, una nueva pieza, asomara a la superficie y diera continuidad al relato de su vida. Pero eso no pasaba, y la ansiedad crecía.

             No fue hasta después de la cena de ese mismo día que se sintió más calmado. Intentó ponerse en pie por primera vez desde que despertó. Entró una enfermera para ayudarle. Una vez levantado, se mantuvieron un rato en la misma posición sin moverse para que no perdiera el equilibrio. En ese lapso de no más de dos minutos, fijó su atención en el marco fotográfico que había visto al principio- y que entendía, tenía que ver con él-. Esta vez lo cogió y examinó de cerca:

            Estaba una mujer con el pelo negro, recogido, cogiendo de la cintura a un hombre más alto que vestía bermudas y gafas de sol, y dos niños casi de la misma altura sosteniendo un helado cada uno; rondarían los nueve. Detrás se veía solo césped y la mitad de la pata de una silla de plástico, parecían estar en un jardín.

Nada familiar para él.

            Siguió unos pasos más del brazo de la enfermera hasta llegar al baño. Cerró la puerta al entrar, y quedó perplejo ante lo que veía de frente.

  Dio un paso hacia delante, y otro más, hasta no haber casi distancia entre su rostro y el espejo. Sintió con sus dedos el tacto de su barbilla, su mejilla derecha, rugosa. Miró sus manos con detenimiento. Ya no eran jóvenes.

            Al subir de nuevo la mirada, observó imperturbable sus ojos. Reconoció que eran sus ojos, más la mirada que emanaba era otra. Esta mirada contenía las indelebles huellas que deja el tiempo, huellas que no era capaz de leer al vivirse ajeno a su historia.

  Sin dejar de verse, pensó en la fotografía. Ese extraño era él. Y supuso que el resto debía ser su familia. Una imagen donde el lenguaje mudo hablaba, en gran medida, del hombre en el que se había convertido.

¿Qué ha quedado de eso? ¿Quedaba algo…?

            —Pablo ¿estás bien? —Se coló el tono preocupado de la enfermera.

  ¿Qué si estoy bien? Nunca había tenido menos sentido esa pregunta.

  Sintió como si estuviera en una isla. Solo, terriblemente solo. Rodeado por un océano turbio y confuso, que retenía en el fondo, la clave de su identidad.

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