El viernes pasado asistí a la presentación de Los detectives salvajes. Me daba pereza porque los viernes los suelo destinar a lanzar tomates a trovadores apátridas del recital de la Taberna de los Poetas Haraganes, en el que se puede rapiñar priva y papeo a punto de caducar. No conocía a Roberto Bolaño en persona, pero cierto es que suele darle like a la mayoría de mis ingeniosos posts y a hacer comentarios socarrones como «Me deslumbra tu corva derecha» o «Tu orto evoca al de un mono titi». Bolaño, en cambio, se comporta en redes sociales como el clásico turras, dando la tabarra con sus libros, la paliza con sus presentaciones, la brasa con sus tertulias, la chapa con sus entrevistas, la vara con reseñas de sus vecinos y tocar las narices con sus visitas al proctólogo. En alguna ocasión le concedo un like en modo de «ánimo chaval, sigue con aquello que sea lo que estás haciendo».
Otros tantos escritores habían manifestado por redes su deseo de acompañar a Bolaño en tan especial ocasión. Luego aludieron la típica excusa de ir a lanzar tomates a la Taberna de los Poetas Haraganes. Total que en la Papelería y Librería Rosarillo nos juntamos Bolaño, su mujer, su tía Guadalberta que había venido del pueblo con una gallina, su editora y Octavio Paz, encargado de la presentación. Este dedicó su intervención a hablar de sí mismo y, antes de quedarse dormido, apuntilló que «Los detectives salvajes se convertiría un día en el libro más sobrevalorado de la historia de la literatura, recibiendo los halagos de pazguatos que se tiran los pedos más grandes que el culo». Roberto Bolaño estaba visiblemente mosqueado y se lamentó de que el mundillo literario estuviera carcomido por la ignorancia y la falta de gusto. Después comenzó a despotricar contra los que allí nos congregamos, familia incluida, arrojándonos a la cabeza ejemplares de Los detectives salvajes. Fuera de sí, Bolaño se desnudó dejando ver un tatuaje que rezaba «Si lo lees eres idiota» que lucía sobre su pubis exiguo de vello.
Aunque no pensaba leerlo, cogí uno de los ejemplares de Los detectives salvajes que había esparcidos por el suelo. Una vez terminada su intervención, me acerqué a que el autor me lo dedicara. Le dediqué unas palabras cariñosas a Bolaño desnudo y este farfulló una sucesión de expresiones ininteligibles. Además, se comportó como si no me conociera de nada, como si no fuera a likear estas palabras. Empiezo a pensar que el mundo de las redes sociales y la realidad distan demasiado. Y que el próximo viernes estaré armado con mis tomates para los trovadores de la Taberna de los Poetas Haraganes.
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