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LA GRAN VÍA DE MADRID by Jesús Marchante Collado

Es una tarde luminosa de principios del mes de Junio, en la que podríamos pensar que estamos ya fuera de peligro, que el maldito Covid-19 ha desaparecido del planeta. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Incluso, recordando las palabras de Freud, “No puedo ser optimista. A mi juicio sólo me distingo de los pesimistas por el hecho que la maldad, la estupidez y el desvarío no me hace perder la calma, porque los doy por descontados de antemano como parte del mundo…” no cabe pensar en una solución definitiva de la pandemia, ni a corto, ni a medio plazo. A pesar de las vacunas.

No obstante, no es este preámbulo el que va a determinar el curso de los renglones que quiero escribir. He salido a pasear, como hago tantas veces, aún más en este tiempo benigno que nos acompaña desde hace algún tiempo. Me dirijo hacia un objetivo bien preciso. No dejo que mis pasos, como hago en otras ocasiones, determinen el deambular por la ciudad.

Constato, como en otras ocasiones, el enorme privilegio que supone poder vivir en una ciudad como Madrid; siempre me ha gustado. Desde que en mi tierna infancia, cuando aún yo no residía aquí, recorría con mis padres sus calles y sus comercios en alguno de los frecuentes viajes en tren (mi padre era ferroviario, como lo habían sido mis abuelos y mis bisabuelos) que realizaban a la capital para hacer algunas compras. Inclusive, no siendo ya tan infante, para recalar algún día en la piscina del viejo Parque Sindical, ese complejo polideportivo puesto en pie por la dictadura (magníficamente ejecutado por el arquitecto Francisco de Asís Cabrero Torres-Quevedo, entre los años 1956-1958) para el asueto de su súbditos.

Avanzo con paso firme, llego enseguida  a la Puerta de Alcalá. Aunque sé de la imposibilidad de penetrar en el denominado, con cierta rimbombancia, edificio Millenium (lo he intentado en un par de ocasiones, pero está completamente blindado, opaco a cualquier injerencia externa) que no es otro que la legendaria casa de viviendas de renta alta (en cuyos bajos estaban las oficinas de El Phenix Peninsular, compañía de seguros francesa, que daba nombre al proyecto del arquitecto Secundino Zuazo Ugalde, de 1928-1931)  coronada por un ave fénix. En ella tenía su propia vivienda y el estudio el arquitecto bilbaíno. De estilo ecléctico, como la mayor parte de sus obras, tiene detalles que podrían superar esa denominación. No obstante, no pierdo la esperanza de poder, algún día, adentrarme en los dominios de esta arquitectura que estimo cada vez más.

Llego al arranque de una avenida, la Gran Vía, que es el objetivo de mi paseo. Mucho se habrá escrito sobre ella, yo mismo he escrito ya alguna cosa. Nada tiene de raro, porque es la arteria, tal vez, más importante de la ciudad. Para mí, desde luego, lo es. No sólo, me atrevería a decir que es una de las calles, o avenidas, más impresionantes de toda Europa. No extiendo mi apreciación a otros continentes porque nunca los he pisado.

Recuerdo, hace muchos años, el estulto nombre, con el que el dictador había sustituido su ya clásico y asentado nombre entre todos los madrileños, de Avenida de José Antonio (en homenaje al dirigente fascista que había fundado Falange Española, FE (fascismo español, en su origen). Incluso la estación de metro, con el templete del arquitecto Antonio Palacios para entrar y salir de ella, llevaba el mismo nombre de José Antonio. Daba igual, sólo los más acérrimos defensores de ese régimen criminal, impuesto tras tres años de resistencia democrática y republicana, en una guerra salvaje provocada por el golpe de estado del General Francisco Franco, la denominaban así. Para el resto, para la gran mayoría de los madrileños, seguía siendo la Gran Vía.

Nada más empezar a ascender esta maravillosa calle, que da comienzo en la confluencia con la calle de Alcalá, y en cuyo tramo izquierdo se alza el imponente edificio Metrópolis (con reminiscencias de historietas gráficas y cinematográficas) coronado por una imagen alada femenina, completamente desnuda. Ese empiece de la calle me trae algunos recuerdos que me llevan a evocar algo ya muy lejano.

Trabajaba yo, por aquel entonces, en el banco del Opus Dei, situado más arriba de la calle de Alcalá, en su confluencia con la calle de Cedaceros. Creo que ya no vivía en la residencia de estudiantes y trabajadores de la calle de San Marcos, cercana a esta confluencia. Tal vez, me bajaba en el metro de Banco de España y comenzaba a ascender la calle hasta mi centro de trabajo. El caso es que, muchas de aquellas mañanas de primavera y del incipiente verano, al cruzar el paso de peatones (con la premisa del muñequito verde encendido) que hay delante de la Iglesia de San José, en una pequeña isleta que separaba la subida y la bajada del tráfico rodado, podía encontrarme con la figura de un pintor, apostado en esa parte de la avenida, que trabajaba sobre una gran tela. Lo vi en innumerables ocasiones, ni una, ni dos, ni tres. A medida que pasaba el tiempo pude darme cuenta cómo emergía, como por arte de magia, la arquitectura de la Gran Vía en su lienzo. Sé de lo que hablo; pintar sobre un lienzo, sobre un papel en blanco, o incluso sobre una tabla virgen, es experimentar algo único, mágico. Lo compruebo y lo disfruto con cada una de mis obras.

Sin embargo, en aquellas fechas (primeros años setenta del siglo veinte), yo no podía saber si se trataba de un pintor profesional o alguien amateur que había decidido ponerse a  pintar en ese espacio. Muchos años después, supe que no era otro que el pintor (mayoritariamente desconocido por aquel entonces) Antonio López. Imposible reconocerlo en aquella época, aunque sabía de su existencia. A pesar de ser originario, como yo, de “un lugar de la Mancha de cuyo nombre no…”

 Avanzo, subiendo la avenida. Cada uno de sus edificios (a izquierda y derecha) son una auténtica obra de arte. La Gran Vía, como diría un castizo, es mucha Gran Vía. Realmente, lo sobresaliente, bajo mi punto de vista, es que todo su recorrido hasta la Plaza de España está salpicado de edificios muy variopintos, que entre ellos tienen poco que ver. No obstante, eso sería en una rápida mirada, sin detenerse a reflexionar un poco más allá. La verdad es que todo encaja a la perfección, como si un demiurgo hubiera decidido proyectar todo ese inmenso escenario; sin embargo, no es así. Son muchos, y distintos, los arquitectos que han diseñado todas esas arquitecturas.

Hay que meditar un poco más y afirmar con rotundidad que el impacto y el éxito de la Gran Vía estriban en la falta de un estilo definido. Todas esas fachadas, con sus interiores, podríamos denominarlas eclécticas. Exacto, es el triunfo del eclecticismo en toda regla. Sin embargo, hay que destacar algunos matices  interesantes. Los grandes estilos arquitectónicos internacionales están presentes a lo largo de toda la avenida. El Art Nouveau, el art-decó o el estilo racionalista (llamado también moderno), asoman en alguna de las edificaciones. Baste señalar el Edificio Teléfonica, de Ignacio de Cárdena; el  Cine Callao, de Luis Gutiérrez Soto; el Palacio de la Prensa, de Pedro Muguruza; el edificio Carrión Capitol, de Luis Feduchi y Vicente Eced. Sin olvidarnos del Palacio de la Música, de Secundino Zuazo Ugalde, etc., etc.

La diversidad es tal, y tan asombrosa, que lleva horas (días, diría yo) fijar la vista de manera adecuada para no perder detalle. Si bien es cierto que, a estas alturas del siglo XXI, han desaparecido (con alguna rara excepción como Grassy, o Loewe) la mayoría de los lujosos, e incluso vanguardistas, establecimientos de todo tipo (joyerías, papelerías, zapaterías, cafeterías, etc.), la Gran Vía sigue estando viva. Quedan cines y teatros, y alguna que otra tienda, con solera, como las antes indicadas. No obstante, se ha reciclado, reformado, reconvertido, destruido, locales que sólo conservan (en el mejor de los casos) el exterior de su pasado glorioso. El ejemplo, para mí, más clamoroso de esa destrucción, lo podemos ejemplificar en la vieja Casa del Libro-Espasa Calpe, que ha perdido toda seña de identidad. Hasta hace muy poco, aún conservaba la fachada original de mármoles y ónices únicos, con sus respiraderos de bronce dorados en la parte baja de la fachada. El interior, estilo secesión vienesa, con lámparas espectaculares, dando cuenta de ese bello estilo, hace ya muchas décadas que se perdió. En la última reforma, en cambio, se ha acabado con ese exterior del que hablaba y el mal gusto ha triunfado en toda regla. Nada nos sitúa ya en la legendaria Espasa Calpe. La memoria se muestra incapaz de recomponerla.

A pesar de todo ello, el disfrute es mayúsculo. Inclusive, la avenida esconde en uno de sus laterales alguna agradabilísima sorpresa. Estoy a punto de atravesar  la Carrera de San Bernardo. La cruzo y me sitúo a la izquierda de la Gran Vía. Es el inicio de esa carrera o calle. En el número 5, se abre la entrada a un pasaje muy, muy especial. Se trata de La Gran Galería. Inaugurada por la dictadura en el año 1953 y saludada como un centro comercial moderno, con toda suerte de locales de lujo. El pasaje comunica, en forma de S, la calle de San Bernardo con la de Isabel la Católica, que es la puerta de salida. El techo (impresionante) que lo recorre, es de pavés de cristal en forma de cuadrados muy pequeños. Hoy, milagrosamente, sigue intacta (tal vez porque encima de la galería siguen existiendo los apartamentos que se construyeron junto al pasaje. De hecho, está abierto permanentemente porque es el único acceso (a derecha e izquierda del pasaje) a las viviendas.  Sin embargo, todos los locales están cerrados. Sólo resiste la gran perfumería Spring de aquella época floreciente. Algún bar neo-moderno y poco más. Sería muy interesante que volvieran a reabrirse los locales con variedad de tiendas de todo tipo. Vale la pena recordar que todo el complejo (que incluye el antiguo cine Lope de Vega, hoy teatro, el Hotel Emperador, y el Hotel Santo Domingo) fue construido por los hermanos Otamendi, que un poco más adelante van a volver a este relato.

Había más galerías de esta índole en Madrid. Todavía existe una detrás de la calle Fuencarral, a la altura de la estación de metro de Tribunal.

El final de la Gran Vía se precipita en la Plaza de España. Y en esa plaza, hoy en fase de remodelación espacial, emergen, se imponen, dos torres muy distintas, pero absolutamente impresionantes. La Torre de Madrid y el Edificio España. Y aquí vuelven a entrar en escena los hermanos Otamendi: Julián, el arquitecto y José María, el ingeniero. Da la impresión que estos hermanos estaban que lo tiraban, porque se inflaron a proyectar y a construir. De los dos rascacielos, porque eso es lo que eran, y son, la Torre de Madrid, construida al final de los cincuenta del pasado siglo, fue el más alto de España y de Europa durante bastantes años, superando al Edificio España que se había construido al final de la década de los cuarenta.

Consigo entrar en el hall de la Torre de Madrid, alguna vez más lo he hecho. Sigue impresionándome el bajo relieve en hormigón (exaltación del trabajo asalariado humano) en la pared de la derecha, nada más salir de la puerta giratoria que da acceso. Luego, en el exterior, desde una cierta distancia, para poder tener una mínima perspectiva, oteo ese rascacielos pulcro, ascético y muy moderno.

Cruzo la plaza para poder entrar, también, en el hall del Edificio España. Mantiene los mármoles antiguos y algunos detalles originales de su construcción. Luego, todo ha sido modificado. Circula por ahí un documental de Víctor Moreno de 2012 donde se da cuenta, se puede ver, cómo destruyen por dentro (el proyecto también incluía la demolición posterior de la emblemática fachada), un edificio histórico, perteneciente al patrimonio arquitectónico de la ciudad y que nada ni nadie parece querer impedir su destrucción en aquel momento. Al tipo, a partir de ese documental, se le empezarán a cerrar muchas puertas. El poder, nunca soporta un desnudo integral. Después, un cierto final de la historia, que sabe a poco, impide su desaparición y la aniquilación de una cierta memoria. No obstante, esa (la memoria artística y cultural de la ciudad) sería otra historia.

Cuando salgo, puedo observar el rótulo original, en letras doradas, que reza: EDIFICIO ESPAÑA. Las puertas son las originales, con sus fileteados  dorados, también algunos ventanales lo son. Me viene a la cabeza una idea que, en principio, puede resultar un poco descabellada, pero que a mí me convence. Me digo: en realidad España, como tal, es un constructo, una invención. Ni siquiera pudo materializarse como realidad material en la corta experiencia de la Segunda República. Así que, la derecha antidemocrática y autoritaria española (toda lo es) tiene ahí su concreción, en el rótulo de este singular edificio. Lo otro, no existe. A pesar de que nos den continuamente la matraca con España.

Cruzo la acera, puedo contemplar esa estructura plana cuya verticalidad no parece tener fin. Es necesario darle la vuelta al edificio para ver bien toda su perspectiva. Para observar cómo ese plano de la fachada tiene muchas aristas. Impresionan, por su altura y potencia, las tres torres posteriores que dotan de esa perspectiva al edificio de los Otamendi. Se diría que uno está en Manhattan o en Chicago. Ciudades que sólo conozco a través de imágenes y, sobre todo, del cine. La propia Gran Vía podría hacernos pensar, en un cierto momento, que no estamos en Madrid, ni siquiera en Europa. Que hemos atravesado el atlántico y estamos en el continente americano.

Y otra cosa que me gustaría resaltar. A pesar de la enorme intervención que supuso la construcción de esta arteria (echando abajo casas insalubres o edificios destartalados), uno puede recorrer, a ambos lados de la Gran Vía, calles y callejas, que permanecen en la memoria que el tiempo atraviesa.

La Gran Vía, como hemos explicado, es un monumento al eclecticismo. Madrid, en su conjunto (con toda seguridad) es la capital europea más ecléctica. De su arquitectura quedó prendado (en su primera visita, en 1977) el alcalde de Moscú, declarando que era la ciudad cuya arquitectura más le había impresionado.

Madrid ha resistido (arquitectónicamente hablando) a cuarenta años de salvajismo dictatorial. A planes de expansión, a experimentos enloquecidos. Lo sigue haciendo tras veinticinco años (apenas interrumpidos por cuatro años de un gobierno que se decía de izquierdas, que poco hizo por la preservación del patrimonio arquitectónico moderno que hay en la ciudad) de gestión de la derecha más estulta y antiestética que uno se pueda echar a la cara. No obstante, la fealdad reinante es absorbida por ese eclecticismo mágico que reordena una y otra vez la configuración de la ciudad. Madrid acabará devorando (como Saturno) a sus hijos más estúpidos y corruptos.

La imagen superior nos sitúa en la Plaza del Callao, con el espléndido Edificio Carrión-Capitol, esa especie de Victoria de Samotracia arquitectónica, en el lado izquierdo de la fotografía. Enfrente, asoma el bellísimo Palacio de la Prensa con su ladrillo visto. Al fondo, en el horizonte, se entrevé la fachada plana del Edificio España y, sobre todo, el rascacielos de la Torre de Madrid.

La imagen de la derecha e inferior nos permite ver el inicio de la Gran Vía. A la izquierda, el legendario edificio Metrópolis con su diosa alada en lo más alto. Al fondo, el edificio de la Telefónica, uno de los más característicos de esta hermosa Avenida.

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