Archipielago

Un día cualquiera en una ciudad de mar by Paula Castillo Monreal

De regreso a casa

            No puedo calcular cuántos días estuve viviendo en aquella tribu. De vuelta a casa siento que algo de mí se quedó en Erg Chebbi a la sombra de las dunas. No solo la ropa que dejé a propósito, también mis emociones enquistadas y mi culpa, espantada por la música y la danza. He necesitado tres días de reposo absoluto para dejar de oír las castañuelas y los tambores que cuando menos lo espero, retumban en mi interior. Cada vez que entorno los ojos me veo allí, danzando junto a Laura alrededor de las llamas. Estamos unidas por cadenas que parecen hechas de aire, jugamos con ellas y desaparecen, y podemos volar y saltar libres. «Laura», dije, y mi propia voz me devolvió a la realidad. Una mano que no puedo recordar de quien era me sujetaba la nuca obligándome a mirar de frente y arrancando mi tristeza.

            La casa huele a mar y puedo abrir las ventanas para que entre el aire, el viento que me recibe es una suave brisa que no trae malas intenciones; no tendré que echar los cerrojos. En estos días de finales de agosto los cielos se abren y se limpian de nubes. No he vuelto a saber nada de Róbinson, parece que a mi fantasma no le gustan las bienvenidas. Recorro la casa para saber de sus esquinas y no encuentro nada en ellas. También le planto cara a la puerta de espejos que me devuelven mi imagen limpia. Habitaciones vacías iluminadas por paredes blancas. La casa por hacer. Las dos plantas de abajo, enterradas en la roca, me hablan del fondo del mar y su eco. Quizá deba de clausurarlas, pienso, y subo la escalera lo más rápido que puedo. También pienso que si voy a pasar el resto de mis días en esta ciudad de mar, debería de convertirme en sirena y acostumbrarme a su sonido y vaivén continuo, a sus golpes, a su calma aparente. No es un lago, me digo. Y me pregunto si lo que quiero en mi vida es un lago. Y de aquí me voy al monte, a sus ríos y a los embalses secos. ¡Qué difícil encontrar mi lugar! Pero no quiero hacer más salidas a desiertos ni enfrentarme a soledades, tan solo contemplar lo que elegí, con calma. He colgado el llamador de ángeles en la puerta de entrada. Se lo compré ayer a un saharaui que tiene un puesto ambulante en la playa, tenía llaves de un gran número de casas abandonadas del desierto. Quizá el domingo que viene le lleve la mía. Miro la casa por dentro y por fuera y no sé qué hacer con ella, hoy me han acompañado los hijos de Sheila en la ronda. Dos niños que son idénticos por fuera: la cabeza grande abarrotada de rizos como la madre, los ojos oscuros como los del padre, y la barriguita colgándoles por encima del elástico del bañador que no se quitan en todo el día. Lo de dentro es otra cosa, porque uno es extrovertido y no para de hablar y contarme anécdotas del barrio, y el otro parece que con darme la mano lo tiene todo dicho. Viven en frente. Enfrente de la parte trasera de la casa que mira a la ciudad abocada al mar. Me pregunto por qué la entrada principal la construyeron en el acantilado. No sé a quién pensaban invitar. Ruyman es el que me cuenta que su madre ayudaba a Robinsón en la casa, aunque cocinar, prefería hacerlo él. Y cómo algunos domingos los invitaba a paella de mariscos y les compró una piscina hinchable que colocaba en la azotea. El otro, Elianne, me aprieta la mano según le guste más o menos lo que cuenta su hermano, pero cuando habla de la piscina, al niño le entra tal excitación que acompaña el apretujón con saltitos. Estoy asustada, los dos me miran con los ojos negros abiertos de par en par, se los devuelvo a su madre que me devuelve la sonrisa estampada.

            –Es preciosa la casa –me dice.

            –Sí, Sheila, es bonita –le digo contemplándola.

            –Y grande para ti sola.

            –Pues de momento va a tener que conformarse conmigo –le contesto abriendo mucho los ojos y apretando los labios.

            He cerrado la puerta con cerrojo después de acariciar al llamador de ángeles, y me he quedado mirando a la bahía. ¿Será que los niños quieren volver a comer paella los domingos?, pienso. Y ha sido cuando Róbinson ha vuelto a dar señales de vida.

                                                                                 

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