narrativa

LOS INVITADOS DE CONRADO, HIJO Adelanto de la próxima novela de Lucas Corso

Lucas Corso

Hace unos días me tome un café con Lucas Corso, es el único escritor que vive en mi ciudad –Vilanova i La Geltrú (Barcelona) y colabora desde el comienzo en Masticadores. Está escribiendo su tercera novela, como editor que soy pude extraer el compromiso para que todos los lectores de Masticadores leyeran un anticipo. Lo comparto.

 J re crivello (Fundador de Masticadores)

Noventa y nueve años antes de su propio entierro vino al mundo Conrado, padre, que todavía no era padre de nadie, y que nació mirando a su alrededor con unos ojos que parecía que entendiesen todo lo que veían, una boca abierta como si fuese a hablar en cualquier momento y unas orejas que más de uno creyó ver moverse en dirección a los ruidos de la casa donde había nacido como lo harían las de los perros. Fue por eso por lo que alguno creyó que lo primero que haría sería ladrar en vez de llorar, pero no hizo ni una cosa ni la otra, y como la comadrona lo había visto tan despierto y atento, ni una simple cachetada se atrevió a darle, no fuese cosa que con los años se acordara y se la acabase devolviendo. Así que Conrado comenzó su vida del mismo modo en que la acabaría, sin quejarse y con una curiosidad que, al principio, no parecía propia de algo tan pequeño e insignificante y, al final, de alguien tan viejo y satisfecho.

Los primeros años los pasó en un pueblo que estaba en mitad de una hondonada entre varios montes, con lo que en los veranos era el mismísimo Infierno y el resto del año el Purgatorio. De aquel lugar no se sabe ni el nombre, pues no tardó mucho en acabar inundado por obra y desgracia de una de las numerosas riadas que asolaban aquel agujero y que, finalmente, acabó por borrar del mapa y de la memoria todo lo que allí había. De modo que Conrado, junto con sus padres y ocho hermanos mayores que él, se vieron en la tesitura de tener que viajar para buscar otro lugar en el que instalarse. No siendo estas unas gentes que disfrutaran de una economía muy boyante tuvieron que distribuirse de manera que ni la cantidad de bultos y personas a mover ni el gasto que ello suponía fuese muy elevada. Como Conrado se había tomado su tiempo para llegar a este mundo que ya lo obligaba a ir moviéndose de un lado para el otro, muchos de sus hermanos eran ya mayores y más capaces que él, que sólo tenía tres años, de moverse y buscarse la vida por sí mismos. Por lo tanto, la familia tuvo que dispersarse con la promesa de no perder nunca el contacto ni el cariño, siendo que estos acaban la mayoría de las veces dependiendo el uno del otro. Así, de los once que salieron de aquel pueblo que ya sólo era un recuerdo acuático, siete se fueron para un lado y cuatro para muchos otros. El grupo de siete lo formaban los progenitores y cinco niños, entre ellos, como es natural, el mismo Conrado, que llevaba la madre a la espalda envuelto en la cortina que había estado colgada de la ventana del hueco en la pared que ellos habían llamado cocina.

Quiso el destino ponerles en el camino la misma piedra con la que ya habían tropezado una vez y con la que, muy gustosamente, parecieron querer volver a hacerlo, pues acabaron instalándose en una villa situada en otra hondonada más profunda si cabe, y que no tardó más de tres años en llenarse también de agua y recuerdos que nadie volvería nunca a reclamar como propios. En aquella ocasión fueron cinco los que se fueron en un mismo grupo a buscarse la vida a otra parte, ya que dos de los hermanos de Conrado ya habían llegado a la edad de irse a ver mundo por sus propios medios. Fue seguramente por esta manera de ir reduciéndose el núcleo familiar por lo que, con los años, los recuerdos borrosos propios de la infancia y la imaginación harían que Conrado siempre tuviese la certeza de que, a aquellos hermanos de los que no había vuelto a tener noticia hasta años después se los había llevado alguna de las riadas de las que él y el resto habían podido escapar. Y así, entre inundaciones, viajes y hermanos que iban desapareciendo tan rápido como los pueblos en los que vivían se iban inundando, pasó este hombre sus primeros diez años de vida. Su hermana Matilde, dos años y medio mayor que él, no se separaba nunca de su lado una vez que, llegados por fin a un pueblo alejado de ríos y mares y que por no tener, no tenía ni nombre, éste pudo desenredarse de la cortina de la cocina y bajar de la espalda de la madre. El padre, que también se llamaba Conrado, nunca los cogió en brazos por miedo a que se le cayeran y se partieran por la mitad.

—No sea que de esa mitad salga otro niño más, con otra boca y el mismo hambre que estos —solía decir cuando le preguntaban.

—No digas tonterías —le reñía la mujer, de nombre Antigua —, que si los niños se multiplicaran cada vez que se caen, ni todas las inundaciones del mundo servirían para ahogar a todos los que tendríamos.

—No digas esas cosas.

—Pues mira, otra cosa te voy a decir: cuando seas viejo y tengan que cargar contigo, lo mismo que tú estás diciendo ahora te lo dirán ellos a ti, que no te cogerán por miedo a que te caigas, te rompas y de la otra mitad salga un viejo más, con otra boca y las mismas puñetas.

—Yo nunca seré viejo —afirmaba él, orgulloso. Y tuvo razón. Cuatro años después se echó a dormir una tarde después de comer y ya no volvió a despertarse.

Acabaría siendo una costumbre de esta familia el ir a morirse como quien se va a echar la siesta, pero siendo que en aquel entonces este hombre fue el primero en hacerlo, el personal no tuvo muy claro si aquello se debía al sueño y el cansancio acumulados por los años de continuos viajes y preocupaciones, y se decidió que el cuerpo de aquel Conrado permanecería un mes estirado bajo el mismo árbol que él había escogido en vida, aunque luego el periodo de espera se alargó a dos para asegurar. En todo aquel tiempo no dio señales de que fuese a levantarse, pero tampoco los signos inequívocos de la muerte, como la rígida podredumbre o el mal olor, hicieron acto de presencia; más bien al contrario: los vecinos que a su alrededor se congregaban por las tardes coincidían en que cada día parecía estar más vivo que el anterior. Sin embargo, como dos meses era mucho tiempo no sólo para una siesta, sino también para estar sin comer ni beber, además de sin respirar, volvió a decidirse por unanimidad que aquel hombre ya había pasado a mejor vida. Con mucha pena, y dejando no obstante espacio a la duda y la cautela, resolvieron enterrarlo bajo aquel árbol, por si resultaba que se habían equivocado y Conrado finalmente despertaba.

—Así sabrá dónde está y no se perderá volviendo a su casa —señaló el alcalde.

De modo que aquel Conrado quedó sepultado bajo el mismo árbol pelado y triste en el que se había echado a dormir y que desde entonces, por echar, comenzó a echar hasta flores.

—Hay que ver —les decía la madre a los hijos—, que este hombre no tuviese nunca en vida un gesto bonito con nadie, que ni a cogeros en brazos se dignó, y los vaya a tener ahora todos, después de muerto, regalándonos flores cada día.

Esta pérdida, como es natural, supuso un duro revés para todos, que de repente se vieron sin el cabeza de familia. Con catorce años, Conrado, padre, que seguía sin ser padre de nadie, ya se buscaba la vida trabajando en los campos de la zona, pero todavía no ganaba lo suficiente. Su hermano Antón, cinco años mayor, también ayudaba en la economía familiar, pero todo apuntaba a que pronto dejaría de hacerlo, pues ya hacía un año que había formalizado su relación con la hija del alcalde, que era jardinera y se llamaba Jimena, y había comenzado a ahorrar parte de lo que ganaba para su propio porvenir. Matilde, por su parte, cosía para todo el pueblo, y a veces hasta para los de los alrededores, así de buena era. Un invierno que llegó antes de tiempo y luego se olvidó de irse tuvo que coser tantas bufandas que le salió más a cuenta hacer una enorme y luego cortarla en tantos trozos como hiciera falta. Tanto cosió que los demás tenían que ir apartando bufanda para poder moverse por la casa, y cuando acabó no supo si ella misma podría arreglárselas para llegar hasta la calle. A la madre, aquel invierno y, más concretamente, aquella bufanda, le dificultaron un poco su ocupación, que era la de dar clases de baile en el salón de la casa. Y no es que ella fuese una experta bailarina, pero era de la opinión que el ritmo y el compás están dentro de cada uno y ella se limitaba a despertarlo. Los hermanos, sobre todo Conrado y Matilde, se escondían detrás de las cortinas del salón cuando Antigua organizaba alguna clase práctica, y observaban aguantándose la risa todo aquel desbarajuste de gente moviéndose problemáticamente de un lado para el otro de la estancia, chocando entre ellos y procurando seguir las indicaciones de la madre. El gramófono lo traía Antón, que lo cogía prestado de la casa del alcalde, a no ser que éste lo necesitara; en ese caso era Antigua la que se encargaba de tararear las canciones, cuando no se sabía la letra, o de cantarlas a viva voz cuando sí. Esa sí que era una cosa que podía reconocérsele a aquella mujer: tenía buena voz, y todos coincidían en que, de haber crecido en otro lugar del mundo con mejores posibilidades, habría llegado lejos en el mundo del cante y del espectáculo. En más de una ocasión adornaba el salón con las flores del árbol bajo el que estaba enterrado el primer Conrado, y cuando la clase acababa las vendía asegurando que nunca se secaban, lo cual era cierto.

—Dese cuenta que tampoco se secó mi Conrado en los dos meses que estuvo ahí tumbado —señalaba la mujer a los que compraban las flores—. Seguro que todavía está igual, si no más guapo.

—Cuide de ese árbol, Antigua —le decían.

—Lo hago, lo hago —aseguraba ella—. El día menos pensado nos da hasta de comer.

Y tampoco le faltó razón.

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