
SUEÑO 2. CABEZA DE PERRO
Apuré el agua hasta el final y llamé a Pizca. Dando un salto se subió a la cama y se tumbó a mis pies. Me serenó su compañía. Elisa acababa de marcharse. Una discusión más y otra noche en casa de su madre. Yo no quiero niños. Ese fue el trato.
Gimió, la dejé tumbada en su cama y a tirones la metí en el ascensor. En el garaje continué arrastrando su cama hasta el coche. Me daba miedo cogerla en brazos, tocarla. Estaba apunto de parir. Pizca era demasiado pequeña para esa tripa inmensa; sin pelo, rosa, tirante, a punto de estallar. Las tetas inflamadas, rojas, no me atrevía a mirarla. Ella no dejaba de mirarme con sus ojos en forma de rombo, negros, llorosos, fijos sobre mí. Elisa no contestó mi llamada. Volvió a gemir, dejé de tirar y me senté a su lado. Se incorporó lentamente y, balanceándose de un lado a otro, salió de la cama. Una vez en el suelo, volvió a mirarme y se tumbó de lado. Supuse que no había nada que yo pudiese hacer. La barriga le atosigaba, ella misma se la mordía como si quisiera abrirla. No podía quedarse quieta. Giraba a un lado y a otro, las cuatro patas señalando el techo. Yo, con los ojos allí arriba por si acaso, sin saber qué hacer. Se lamía sin parar. Con la lengua empujaba la tripa, fuerte, sin descanso. Una y otra vez. Coloqué la mano suave bajo su cuello y juntos, conseguimos marcar el ritmo. Mientras, ante mi asombro, algo parecido a una cabeza asomaba entre sus patas:
–Empuja fuerte, Pizca –le dije.
Continuó mirándome, no empujó. Asomaba entre sus patas traseras una cabeza inmensa, la vi salir, sola, sin ayuda. Rodó ensangrentada sobre el cemento cuarteado de la planta -2. Solo la cabeza. Redonda, el pelo negro y tupido como la madre. Le atusé el flequillo grasiento. Me recordó a Fausti, el hijo de Emilia, la portera. Cuatro pies pequeños con unas uñas muy largas le salían de la orejas. Al ir a acariciarla me enseñó los dientes y, de un salto, se agarró a mi cuello.
Me incorporé asfixiado con las manos en la garganta. Elisa no había vuelto. Pizca continuaba dormida a mis pies. Le miré la tripa y el flequillo. Ya no me volví a dormir.
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