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EL RAYO DE LA GUERRA

By Javier Caballero Bello

Nadie sabía del origen de la contienda ni cuál fue la agresión; si es que hubo alguna injuria, desavenencia o daño, ya se olvidó; o mejor dicho, nunca llegó a conocerse. El caso es que allí estaba, el general Nabucodonosor Mendoza, con su uniforme de gala, lleno de condecoraciones y bandas con sus medallas relucientes, su fajín de mando, charreteras y bocamangas, con sus cordones, galones y sus altas botas de montar lustrosas como espejos, con su sombrero de plumas colocado en el atril, luciendo su larga cabellera entrecana con esa mirada fiera, esos ojos negros y vivos como ascuas en ese rostro alagado y enjuto, enmarcado en esas patillas plateadas que verdaderamente le daban un aspecto de fiero guerrero; la viva estampa del Rayo de la Guerra como le apodaban en los periódicos patrios.

De pie, completamente erguido en la tribuna del congreso frente a todos los próceres de la Patria, apoyado en su espadón, y gesticulando con el único brazo que le quedaba ya que el otro lo había perdido en la última contienda, ¿o fue en la anterior, O en la previa a la anterior? Que más daba, el caso es que se había pasado toda su vida peleando por la libertad y el orden y por la grandeza de su país. Primero junto a su padre, en las guerras de la independencia colonial, luego contra los invasores extranjeros, después en las guerras civiles contra las facciones rivales que una y otra vez querían derrocar al gobierno, aunque todavía no se hubiese constituido.

Venía de una estirpe de militares guerreros que ya se habían destacado en los tiempos de la conquista, peleando contra los indios primero, luego contra los piratas ingleses y holandeses, después contra los españoles en su guerra de independencia particular y finalmente contra todos, contra las naciones vecinas que pretendían apoderarse de la tierra que les correspondía por derecho divino o bien contra los enemigos y traidores de dentro del país que querían menoscabar el orden establecido. Todos sus antepasados tenían a gala el haber muerto en el campo del honor, dando su sangre por la patria aunque no se sepa muy bien cuál era el concepto de patria ni el de honor.

Allí estaba Nabucodonosor Mendoza en la tribuna de oradores, exaltado, gesticulando y gritando las consignas patrióticas que tanto le gustaban:

—No nos dejaremos doblegar por el enemigo; si quieren esclavizarnos jamás lo podrán lograr. Estamos dispuestos a morir por la integridad territorial de nuestra patria, por la defensa de sus costumbres y no aceptaremos ningún engaño del extranjero invasor aliado con el infame traidor. Esos no son compatriotas, son bastardos  renegados, viles reptiles corruptos que anteponen sus intereses al bien común. Juro por mi honor de soldado que llevaré al ejército a la gloria de la victoria, ¡Victoria o muerte!

Montado en su caballo purasangre inglés, de pelaje castaño, con las patas y la testuz blancas,  bien derecho y con el sable al hombro, acompañado por su estado mayor, pasaba revista a sus tropas en la explanada del puerto fluvial donde iban a embarcar; posteriormente irían en tren hasta los confines del territorio y finalmente tendrían que recorrer a pie las últimas jornadas atravesando la jungla para adentrarse en pantanos y ciénagas y llegar a los llanos donde presentaría la batalla final y decisiva.

Allí, rodeado y aclamado por el gentío que le vitoreaba, le lanzaba flores; las mujeres suspiraban a su paso, los hombres le miraban con envidia, las jovencitas suspiraban  y los jóvenes corrían a alistarse para no perderse ese momento histórico de triunfo; sentía su poder y pensaba en la gloria que le esperaba. Él no moriría en batalla como todos sus antepasados, a él le esperaba el sillón presidencial y la creación de una nueva estirpe de descendientes gobernantes.

La tropa no era gran cosa pero él les convertiría en auténticos soldados; estaba formada por bisoños analfabetos, escasamente adiestrados, campesinos que huían del hambre y penuria en un año de malas cosechas y huracanes, otros eran la escoria y la peor calaña encontrada en los bajos fondos del puerto, rufianes, malandrines, ladrones y asesinos que a cambio de la promesa de un indulto y del saqueo como premio, se alistaban en lo que fuese. Pero sabía que esta gentuza eran los bregados y la que se abriría camino una vez entrados en batalla, que acuchillaría al enemigo sin piedad y no daría cuartel; entre ellos había veteranos de otras contiendas.

Se habían terminado los uniformes y ya solo quedaba una camisola blanca y un pantalón azul de algodón como única indumentaria para los cientos que se alistaban en el último momento, las armas, el mosquetón, la bayoneta y la munición la obtendrían, una vez llegaran al siguiente destino.

Se habían organizado mesas de reclutamiento en todas las ciudades y distritos del país y una larga marcha de jóvenes de los confines de la República iban confluyendo en las principales etapas del recorrido. Ese día había sido proclamado por el Presidente de la Republica “Día de Fiesta Nacional”.

Desfilaban los criollos, con los libertos y los mestizos, codo con codo y hombro con hombro. Los que llevaban armas y uniforme iban al principio seguidos de los rezagados con la camisola y los últimos en alistarse iban con sus ropas de paisano. Todos llevaban en el pecho su escarapela azul que indicaba su condición de “Voluntarios por la Patria”. Desfilaban al son de la banda militar que amenizaba y daba un carácter más marcial a la parada.

El trayecto el barco duró casi una semana; las aguas del rio eran tranquilas y no tuvieron más contratiempo que matar el tedio y aburrimiento de la monotonía del viaje. Atracaban en los puertos fluviales para pernoctar y avituallarse durante la noche y allí les esperaban las autoridades civiles, militares y eclesiásticas de los poblados, alcaldes, delegados y hasta el jefe de policía local. Nadie quería perderse el paso de la milicia y de su jefe el Generalísimo de los Ejércitos, el Capitán General y Delegado de la República para la Guerra don Nabucodonosor Mendoza. Los jefes locales y las principales familias se lo disputaban para alojarlo en sus casas, las jóvenes se le ofrecían para pasar una noche de amor con el Héroe Nacional. Le recibían con sus mejores ropas y le entregaban las llaves de la plaza. En cada puerto la fiesta se repetía cada noche.

Viajaban hacinados en las cubiertas y en las bodegas, los que encontraron un sitio donde colgar su hamaca eran unos privilegiados, otros se tumbaban en el suelo para dormir. Al inicio iban más cómodos, pero en cada puerto del río se iban añadiendo otros soldados, así se fueron apretando cada vez más hasta que no quedó un palmo libre en todo el barco.

Los negros amenizaban con sus cánticos y sus ritmos tropicales y los cocineros les surtían de arroz con pollo en dos ranchos, uno por la mañana y otro por la tarde. Conforme si iba sumando más gente, la cantidad de las raciones iba disminuyendo. Primero faltó el pollo; y una mañana no hubo rancho; que esperasen la noche, les dijeron. Solo había un cazo de cerveza  por persona.

Al principio se pudo mantener una somera disciplina, que se fue relajando poco a poco conforme los festejos de las etapas iban convirtiéndose en noches de juerga y borrachera. El juego, el alcohol y las prostitutas eran el mejor pasatiempo previo a la batalla. De nada sirvieron los avisos, las detenciones y los castigos corporales; latigazos y azotes se convirtieron en la cotidianeidad tras el toque de diana o antes del de silencio. Parecía que los hombres estaban locos o se habían endiablado. El último día hubo que fusilar a cinco de ellos por los desmanes que acabaron en una orgia de sangre y fuego. Cuando salieron del burdel y totalmente borrachos, entraron en una casa del pueblo degollaron a los varones y violaron a todas las mujeres que encontraron, entre ellas una anciana casi centenaria y una niña de corta edad y luego prendieron fuego a la casa. Casi arde todo el barrio.

Por fin llegaron al final de la navegabilidad del rio, punto de reunión con otros grupos de voluntarios que se iban reagrupando para iniciar la nueva etapa en ferrocarril.

Tras una semana en un tren interminable que no paraba ni de día ni de noche, en vagones de todo tipo, tanto de pasajeros como de ganado, otros solo con la plataforma y las ruedas. Mal comidos, sedientos y agotados, parando lo imprescindible para abastecer a las locomotoras de carbón y agua llegaron al final de la línea férrea. Una estación donde la vía se acababa en un simple parapeto.

Bajaron todos a formar en una explanada y allí comprobaron que los números no cuadraban. Habían empezado dos mil, otros mil llegaron a la botadura del barco y en cada parada del rio se habían sumado unos doscientos. Según los cálculos de Nabucodonosor Mendoza tenían que estar rozando los cuatro mil pero faltaban casi quinientos hombres.

—Por todos los diablos, atajo de pendejos desertores. Estoy por volver y fusilarlos a todos. Exclamó.

Efectivamente, los hombres se habían ido apeando del tren cuando aminoraba la marcha, en las curvas o cuestas, primero de uno en uno y luego en pequeños grupos; incluso se encontraron un vagón completamente vacío.

En ese punto les estaban esperando con las armas; además habían reunido a unos mil indios como tropa auxiliar que presentaban un aspecto lastimoso, desarrapados, delgados, con sus caras famélicas era lo último que podía considerarse como un soldado. Pensaban que iban a una fiesta, a comer y se encontraron con una tropa que los despreciaba, que no entendía su idioma y, lo peor, que apenas tenían provisiones para unos días hasta que llegasen el resto de las vituallas en carros de mulas.

El general Nabucodonosor Mendoza estaba perplejo. En su idea de ejército no estaba esta diversidad de gentes, etnias distintas y, a veces, rivales, difícil de organizar y adiestrar; en una palabra, ingobernables.

 —Menuda vaina. Atajo de chingados  pendencieros. Como les llamaba. Yo les enseñaré a ser hombres ¡carajo!

Tenía que ponerse en camino lo más deprisa posible antes de que se matasen entre ellos, pero todavía no habían llegado las vituallas. Se estaban demorando más de lo previsto y lo prudente era ponerse en camino; pero adentrarse en esa parte del territorio inexplorado y con un medio hostil, primero selvático y luego pantanoso, sin alimentos era un suicidio.

Por fin y tras una semana de incertidumbre en que el general Mendoza aprovecho para instruir a sus hombres y agruparlos por secciones y compañías, enseñarles un mínimo de adiestramiento militar que les sirviese en la batalla; llegaron las primeras carretas.

Acordaron salir en cuanto los mulos descansasen y se hubiesen repuesto; el resto de los carros que estaban por llegar ya les alcanzaría mientras ellos abrían paso por la selva. Organizó una retaguardia con quinientos hombres que les cubrirían las espaldas, escoltasen a los carros y sirvieran como tropas frescas de refuerzo si dado el momento pudiese necesitarlas.

El resto se puso en camino. Por delante tenían diez días a pie de incertidumbre, hacia lo desconocido. Tras una arenga del general a sus hombres, en que les hizo primero llorar con sus consignas y luego enardecerles con la promesa del triunfo, comenzó la larga marcha de casi doscientas  millas por una tierra indómita.

Las jornadas fueron cada vez más duras, tenían que abrirse camino a machetazos por una espesa jungla con una vegetación exuberante, acribillados por los mosquitos que les ocasionaban un sufrimiento inenarrable y para los que parecía no existía antídoto. Comenzaron embadurnándose las zonas expuestas del cuerpo con barro, luego con una mezcla de tabaco y agua, y finalmente, después de muchas pruebas, probaron con sus orines. Parecía mentira verlos orinarse unos a otros, salpicarse con su agua amarilla como si fuese un elixir de oro de lo más cotizado, pero era lo único que, según ellos, parecía mitigar la voracidad  de esos insectos.

Empezaron las primeras bajas por enfermedad, las fiebres tomaron el relevo de los mosquitos. La tropa desfallecía y tuvieron que improvisar campamentos de enfermos incapaces de seguir la marcha al final de cada jornada. Ya se les sumarian cuando les recogiese la retaguardia. Cada día y en un goteo continuo de bajas, iba mermando la tropa. El primer día fueron cincuenta, el segundo casi doscientos y esa cifra iba aumenta de día en día y no solo de enfermos; pronto el camino se llenó de tumbas; al principio eran enterramientos formales, que pasaron a ser un simple cubrimiento con hojas de palma; los últimos días los cadáveres quedaban al borde del lindero que tan trabajosamente habían abierto a machetazos.

Pero lo peor estaba por llegar. Cuando terminó la jungla empezaron los pantanos. Los mosquitos fueron sustituidos por las serpientes venenosas y los caimanes. El calor y la humedad hacían el aire irrespirable. Los carros se hundían en esas aguas cenagosas y tenían que ser levantados y empujados por los hombres. El agotamiento más extremo enseguida hizo mella en esos pobres diablos que se movían como espectros y cada jornada de marcha se convirtió en una tarea sobrehumana; cada paso requería un esfuerzo imponente y llegar vivo al final del día era un reto colosal. El silencio de la marcha se interrumpía por los gritos de algún desgraciado que sucumbía en las fauces de un caimán asesino o el mordisco letal, ponzoñoso y sibilino de un reptil.

El general Mendoza apenas se tenía en pie; en los últimos días iba en unas parihuelas improvisadas, medio inconsciente por la fiebre, la deshidratación, el calor y el agotamiento; hacía días que había perdido su magnífico caballo purasangre; que había sido sacrificado para sustento de la tropa, al igual que los mulos de los carros de provisiones una vez que éstas se agotaron y los hombres amenazaban con un motín general.

Cuando terminaron los pantanos y ciénagas y llegaron al lindero del llano improvisaron un campamento con lo poco que tenían. Hicieron un recuento de hombres, armas y provisiones y el resultado fue desalentador, habían perdido a la mitad de la tropa, apenas tenían alimento para uno o dos días, tres a lo sumo racionándolo al máximo; la mitad de los mosquetes estaban inservibles; la humedad había sido inflexible, solo podían esperar a que se secasen y tras una limpieza a fondo tal vez estuviesen operativos.

Solo les faltaba esperar a que llegasen los refuerzos de la retaguardia, los quinientos hombres de refresco con el resto de las provisiones. Y así ocurrió, pero no del modo que esperaban. Agotados, hambrientos y desmoralizados era lo mejor que podían hacer; descansar y esperar. Mientras tanto organizaron partidas de aprovisionamiento. Todo lo comestible serviría para alimentar a la tropa, raíces, reptiles, pequeños roedores, algunas frutas, huevos y pájaros; todo lo masticable era transportado al campamento.

Cinco días más tarde apareció la retaguardia, o al menos eso se suponía que eran. Llegaron menos de doscientos hombres más muertos que vivos. Al parecer cuando empezaron a ver los estragos de la jungla en los compañeros rezagados, el grueso de la tropa dio media vuelta con los carros de provisiones y se marcharon. De nada sirvieron las amenazas de los oficiales. Un tiro en la cabeza terminó con cualquier alusión a la disciplina. Los que no se volvieron continuaron la marcha a duras penas y siguiendo el rastro de cadáveres acabaron en ese campamente perdido en no se sabe dónde y dejado de la mano de Dios.

Sin embargo aún no habían acabado las desdichas del ejército del general Mendoza. Había acordado con sus oficiales descansar unos días y avituallarse como pudiesen, y después buscar al enemigo y lanzarse al ataque sin cuartel. Pero la realidad fue bien distinta. Esa misma noche recibieron la visita de las tropas enemigas mientras dormían; degollaron a los centinelas y entraron a sangre y fuego, acuchillado, disparando y pasando con la bayoneta calada y por las armas a todo bicho viviente. No hubo cuartel; se remataba a los heridos y los que se rendían eran pasados por las armas.

Fue una carnicería. Agotados, hambrientos y desarmados apenas pudieron ofrecer una resistencia testimonial. Solo les quedaba huir otra vez a los pantanos, enfrentarse a los caimanes, las serpientes y otra vez a los mosquitos y tratar de volver a casa vivos.

La vuelta fue terrible. En todos los viajes parece que el regreso se hace más corto que la ida, pero este no fue el caso. El general Mendoza volvía más muerto que vivo, postrado por la fiebre en un palanquín; al frente de un puñado de hombres que lo seguían con esa fe ciega de los condenados. En ese duermevela el general Mendoza no paraba de mascullar improperios; echaba la culpa de su retirada, una veces a los indios, otras a la inexperiencia de sus soldados, a los julandrones que les acompañaban o a un supuesto traidor y espía que había delatado su posición al enemigo. Poco a poco su espíritu se fue apaciguando y terminó urdiendo otro plan. Conforme pasaba el tiempo y se iba recuperando lo fue viendo más claro y esa idea fue la que le mantuvo vivo y la que le hizo sacar fuerzas para continuar la marcha.

El general Mendoza era un vencedor. Jamás nadie en su familia había sido derrotado y él no tenía la menor intención de ser el primero de su estirpe. Total, qué era una batalla perdida. En realidad no había habido confrontación alguna, solo una vil emboscada propia de pendejos cobardes hijos de la gran chingada. Pero volvería a presentar batalla y lavaría con más sangre la afrenta sufrida; solo necesitaba volver a casa triunfal, a la cabeza de sus huestes como hacían los generales romanos y como él ya tenía pensado, al frente de una tropa vencedora.

El general Nabucodonosor Mendoza era un hombre rico, de familia de alcurnia, latifundistas, grandes terratenientes y prósperos industriales. No le fue nada difícil contratar a tres mil braceros, vestirlos con el blusón blanco y pantalón azul de algodón y entrar desfilando y cantando marchas triunfales por las calles de la capital del estado; a la cabeza, montado en un purasangre inglés y su espadón al hombro, muy erguido, con sus condecoraciones relucientes, sus botas de montar bruñidas como espejos y con su sombrero de plumas; el Rayo de la Guerra avanzaba como un héroe vencedor hasta la escalinata del Palacio Presidencial para recibir, del mismísimo presidente de la república, las llaves de la ciudad y la banda y el fajín de Capitán General de todos los ejércitos como justa recompensa por su gran victoria y por la salvación de la Patria.

FIN

Javier Caballero Bello. Febrero 2022

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