viernes, julio 31 2026

frankenstein: Pánico desde la ignorancia by Nacho Valdés

El temor supone una herramienta evolutiva básica y fundamental a partir de la cual establecer nuestra propia pervivencia. Se trata de un componente básico a todo ser vivo, sobre todo evidente en los mamíferos, que permite superar los peligros gracias a la prudencia previa al conocimiento. Antes de familiarizarnos con algo lo estudiamos con detenimiento para naturalizarlo e integrarlo en nuestro mundo como algo inocuo y sin riesgos. Con todo, si algo inédito emergiese ante nosotros de manera sobrevenida lo más probable es que saliésemos huyendo a buscar refugio como haría cualquier otro animal. Somos, por tanto, esclavos de nuestra configuración biológica.

Nuestra organización fisiológica ha ofrecido un papel preponderante al desarrollo cognitivo y, por este motivo, nuestros principales útiles para lograr la pervivencia y la reproducción vienen de la mano del ingenio desglosado de nuestras capacidades intelectivas. Nuestro sistema nervioso, un complexo realmente enrevesado y sofisticado, ha permitido que el ser humano se sustraiga del mundo natural para encontrar refugio en su propia creación: la cultura. Esta no es más que un conjunto de artificios y recursos para lograr acomodo como especie. Conseguimos, por esta vía, despojarnos de la nuda realidad biológica que acompaña a todo ser vivo. Aunque más bien, lo que hemos hecho es sedimentar nuestra realidad natural bajo el peso de la ficción elaborada como colectivo. De este modo, logramos prolongar nuestras vidas al amparo y refugio de nuestras creaciones técnicas, artísticas y prácticas.

El compromiso de la realidad termina por imponerse y en el fondo de nuestro ser anidan los miedos más profundos y primitivos. Por ejemplo, ante la majestuosidad de un depredador, una gran altura o un fenómeno climatológico desatado tendemos a empequeñecer y regresar a nuestro ámbito más elemental. Aun así, somos capaces de generar aprehensiones propias del momento histórico en el que estamos ubicados desde un prisma cultural. No en vano, nuestros mayores recelos emergen desde la cotidianidad y esta hace tiempo que ha dejado atrás su dimensión orgánica. Ahora bien, la pieza compartida en todas estas construcciones viene dada desde la ignorancia que es la fuente de los mayores desasosiegos tal y como defiendo al comienzo de este texto.

Todo aquello que no comprendemos es susceptible de convertirse en una perturbación que, en el ámbito cultural, puede alcanzar al colectivo en su totalidad o a gran parte del mismo. De hecho, algunos de los pavores son alimentados por ciertos iluminados que defienden estar en conexión con la divinidad, el planeta o la tecnología. De este modo, son capaces de controlar la comunidad, pues se hacen dueños de la desconfianza que gobierna la acción social dado que una de las emociones más poderosas es la generada desde la alarma. El patrimonio de la orientación ética se ofrece desde estas pulsiones que nos invitan a la actuación dirigida por aquellos en los que confiamos para sortear los peligros enfrentados.

A lo largo de la historia podemos encontrar innumerables ejemplos de lo expuesto en estas líneas. Verbigracia, en la Grecia clásica se entendían los fenómenos naturales como una muestra de la actuación divina y, por este motivo, la casta sacerdotal, cómodamente instalada al margen de la vida política y militar y subvencionada mediante ofrendas y ritos, no dudaba en acusar de impiedad a cualquiera que pusiese en tela de juicio la tradición. Las creencias religiosas tenían un peso específico en la orientación social. Por supuesto, la Edad Media cristiana no fue ajena a estos sobresaltos, pues el milenarismo implicaba un claro exponente de estas construcciones culturales. La Iglesia, como institución visible a nivel colectivo, intimidaba a la población aprovechando la ignorancia generalizada. Nada más adecuado para establecer un férreo control social.

El desarrollo científico y técnico derivado de la Edad Moderna también desarrolló sus propias complicaciones, pues a la sombra del impulso investigativo se fraguaron no pocos miedos que incluso llegaron a anidar en la cultura popular. Para muestra Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley, obra en la que con gran maestría se hacen evidentes los espantos más acusados de toda una época. Aquí, el problema viene dado por el propio ser humano, pues, superando sus limitaciones naturales, llega a desarrollar creaciones gracias a su genio que exceden nuestras propias posibilidades. Nos convertimos, a partir de este punto, en nuestros mayores enemigos, aunque bien pensado era lo mismo que sucedía con el pecado cristiano del que éramos culpables dado que Dios estaba exonerado de todo mal por resultar una cualidad negativa. El horror de un holocausto nuclear marcaría un dilatado periodo de la contemporaneidad que hoy, tras superar el Efecto 2000 de hacer un par de décadas, se ha convertido en la emergencia climática a la que estamos expuestos. Queda de relieve que, al fin y al cabo, somos los propios seres humanos los que provocamos nuestras peores pesadillas.

La actualidad se ha convertido en campo abonado para la conspiración y las angustias más profundas. Ahora nos enfrentamos a virus salidos de laboratorios, a tramas internacionales financiadas por multimillonarios sin escrúpulos o vacunas creadas ad hoc para aniquilar a la humanidad. Nada nuevo bajo el sol, únicamente cambian las líneas superficiales de los argumentos, pero se mantiene el guion básico para conseguir la esperada reacción de estremecimiento. Todos estos movimientos nacen de la raíz común señalada con anterioridad: la ignorancia. Lástima que en una sociedad como la actual, con infinitas posibilidades para recabar información fidedigna, continúen siendo los bulos y falacias los motores más potentes de algunos sectores de nuestra sociedad.


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