25 | Frankenstein, de Mary Shelley
Últimas horas del Dr. Frankenstein y su criatura
El monstruo es sobrio, inmenso
como un continente devastado.
Entre los cineastas y los dibujantes
lo han llenado de tuercas y pellejos,
lo han vestido con las ropas de un muerto
y el corazón gastado, olvidadizo
de un náufrago del alma.
Pero la enfermedad de ser,
la angustia de estar siendo,
tiene el hosco volumen
de un pensamiento,
la aspiración exacta
del hielo en la montaña.
Víctor lo sabe:
ha viajado al Polo
tejiendo entre sus huesos
el monstruo doloroso del rencor.
Y Frankenstein, la criatura,
se agazapa en el barco
que vela al creador
hasta otear el relámpago
de la nada. Víctor ha sido.
Y ahora el dolor de quien lo hizo
es un espejo tenue del suyo,
entre la sombra del final y de la vida,
todavía respirando bajo la grieta de los labios,
sobre ese témpano que lento se desliza,
junto al buque de Walton,
como el único mundo permitido:
la huida, el sueño de una pira,
una carne que no era propia.
Y arde.

© félix molina, La prosa en verso, 2024
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