narrativa

Sant Jordi&Orígenes: El Bierzo by Elisa Vazquez

Cuando me marché del Bierzo era muy joven. Abandoné Ponferrada por cuestiones de trabajo: había aprobado unas oposiciones del Ministerio de Educación que me llevaron a Murcia. Y fue, me atrevería a decir al recordar las primeras impresiones que me causaron aquellas tierras desconocidas, como emigrar a otro país. ¡Qué diferente me pareció todo! El paisaje, el clima, las gentes, las costumbres, la forma de hablar… ¡Y qué pronto me asaltó la morriña! ¡Cómo echaba de menos mi tierra, mi matria! Volvía a ella todas las vacaciones, siempre que podía, y cada regreso era una vuelta a casa, al hogar. 

            Quería volver. Y volví en cuanto pude.

            Regresé como quien regresa a su pequeño edén, a un lugar que parece imaginario pero que es un lugar real. Y como lugar real cambia, palpita, evoluciona. Me encontré con una tierra que no era exactamente la esperada, en la que reconocía muchas cosas pero otras no. Mi ciudad ya no era la misma, ni lo eran los amigos, los familiares… Y lo que permanecía se me mostraba como nuevo, casi desconocido, porque la memoria nos hace trampas siempre. Ante el desconcierto del extrañamiento decidí volver a descubrir el Bierzo. Y lo hice de dos maneras: visitando lugares casi olvidados y mediante la imaginación que me permitió crear mundos fantásticos, inspirados en los paisajes reales que iba redescubriendo. 

            Y los escribí.

            El país de Siempre Más Lejos, al que llegan Lucy y Pepón buscando la imposible pócima mágica; la noble villa de Montecorona, custodiada por los caballeros de la ilustre Orden de las Siete Monedillas —cómo no escribir sobre castillos y órdenes de caballería viviendo en Ponferrada—; el Reino de los Orbes, dónde se sigue criando a las abejas en los ancestrales trobos; el Reino de Úlver, territorio de las Médulas y el castillo de Cornatel; el extenso país de Macú, poblado de castaños y viñedos y rodeado de montañas…

            Y otros más reales, nacidos de mis recuerdos del colegio donde ahora viven sus aventuras Marta y Brando con sus amigos que son los míos, mi pandilla. O los mundos de ciencia ficción que visita Doña Chancleta en su cohete-lavadora y que nacieron de las apacibles noches en las que, junto a mi madre, me sentaba en el banco que hay al lado de la puerta de la casa del pueblo a contemplar las estrellas. ¡Brillan tantas estrellas en el cielo del Bierzo!

            Hay palabras que, sobre todo en la niñez, sugieren aventuras, como le ocurre a la palabra “bosque”. Y el Bierzo está lleno de bosques. Los niños de aquí siempre tuvimos a alguien que nos llevó de excursión a uno de ellos. Así pudimos ver entre los robles algún gnomo o algún trasgo saltando en los hayedos, algún hada volando, temerosa de ser descubierta, entre las brillantes hojas de los castaños… Ah, ¿qué vosotros no los habéis visto? Eso es que no estuvisteis en el Bierzo de pequeños.

            Ni habréis temido, al pasear cerca de un soto de castaños, que se os apareciera un “mouro” y os pidiera, para no haceros prisioneros en sus reinos subterráneos, un saquito de sal que no llevabais; o si la noche era de luna, encontraros un hombre lobo de los que hablaba el abuelo en los filandones de invierno…

            ¿Os dais cuenta de lo fácil que es en esta comarca inventarse mundos mágicos? ¡Si la magia está aquí por todas partes! ¿Cómo no escribir maravillas, para niños y mayores, si la maravilla nos asalta a cada paso y nos espera en cada esquina?

            Yo me hice escritora en el Bierzo, a mi regreso.

                                                                                              ELISA VÁZQUEZ

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