narrativa

Orígenes: Iremi, la sirena. By Q. Molina

Nació en el Egeo. Recuerda cuando llegó desde las profundidades. Se dio cuenta de que era un mar infinito, de luz y espacios radiantes. Se acercó a la orilla cristalina y vio en ella su reflejo y los destellos del sol oscilando en un espejo de agua. Fue a tierra. La sentía palpitante y caliente bajo la desnudez de sus pies. Sobre las colinas: olivos, cipreses, frutales, pétalos de flores que, transportados por la brisa, caían al mar. Se agachó para coger unas rosas de delicado aroma y flores amarillas de la artemisa.  El zumbido de las abejas y las chicharras lo llenaba todo. Se sentía embriagada de vida.­

Mientras rememora, su mano, instintivamente, busca la marca bajo la axila derecha y comprueba que sus recuerdos no son inventados. Hace ya tanto tiempo que, a veces, tiene la sensación de que todo ha sido un sueño.

 Fue atrapada en una red por los pescadores. Luchó contra aquellas cuerdas con rabia y desesperación. Un marino joven y asustado le arrojó una lanza. Al ver la sangre derramada, sus compañeros lo insultaron, pensando que estaba muerta y que ya no tenía valor comercial. Dejaron de izarla, soltaron el cabo y se hundió en los abismos. Viva la hubiesen vendido para servir de atracción en la mansión de algún noble rico. Fue un pastor de cabras el que la encontró en la playa de una pequeña isla. No sabía si era joven o viejo, pues parecía no haberse cortado el pelo nunca, y una densa barba tapaba su cara. Pensó que era un fauno. Sus ojos azules eran lo único que lo hacía humano. La llevó con cuidado a una fresca gruta de suelo arenoso, cerca del agua y, una vez allí, extrajo de su zurrón unas hierbas que puso sobre la herida, atadas con una tira de piel. En ningún momento notó en su cara gestos de extrañeza, por eso supuso que había visto otras como ella.

Los días se sucedían apacibles en una isla sin tiempo. Cada atardecer superaba al del día anterior en belleza, cielos de fuego fundiéndose en el mar. Cada día anhelaba más el siguiente. Le atraía aquel ser peludo, su compañía le era más grata que la del sol y el agua. Aprendió de él y él de ella. Supo que se llamaba Kyros, que había sido soldado al mando de un tal Ulises. En el transcurso de uno de aquellos viajes, le contó, que había oído cantar a las sirenas. Por eso lo abandonaron en la isla junto a una pareja de cabras para que pudiese sobrevivir.

—¿Por qué? —le había preguntado ella— curiosa.

—Porque no obedecí. Se había ordenado a la tripulación que nos tapásemos con cera los oídos. Todos, menos yo, obedecieron. Ulises quería escucharlas cantar y pidió que lo atasen al mástil para evitar que abandonase la nave y saltase al mar. Y así lo hicimos y navegamos junto a las islas. A una cierta distancia, cuando ya no se oían las voces, desaté  a Ulises. Sus ojos estaban tan enrojecidos de emoción como los míos. Pues has de saber que los cantos de sirena no enloquecen, como afirman algunos que nunca los han oído, sino que transportan a mundos de una sensibilidad y belleza inimaginables. Ulises comprendió que habíamos tenido la misma visión, aunque ello a la vez significaba un desacato a las órdenes. No lo podía consentir delante del resto de sus marineros. La muerte era la pena establecida por insubordinación, pero su corazón, aún conmovido por la magia de los cánticos, fue incapaz de ordenar el castigo. Me desterró a esta isla deshabitada.

Los días plácidos se sucedían. El pastor trasladó algunos de sus enseres desde su vieja cabaña y se fue a vivir a la cueva con ella. Los quesos aromatizados con tomillo, orégano y aceite; los higos maduros servidos sobre una hoja de la propia higuera; las olivas sabrosas y la miel, eran manjares nunca saboreados, tan dulces a su paladar como su mirada. El brillo de sus ojos iluminaba la cueva, más que las lámparas de aceite y los reflejos de la luna sobre el agua.

Un día, contemplando el atardecer, sentados a la orilla del mar, mientras el agua lamía suavemente la arena caliente, notó que le rodeaba la cintura con la mano. Sus miradas se buscaron, penetrando, a través de las pupilas dilatadas de deseo, en las profundidades de un paraíso no descubierto.

Pero, aconteció lo que debía de pasar… Apuraron hasta la última gota de dulzura y deleite que la vida les ofreció. Él veía cómo su cuerpo cambiaba y ella permanecía inmutable al tiempo. Aún así, siempre fueron sus palabras, sus actos, sus caricias, mucho más de lo que pudo imaginar y desear, hasta el último día de su existencia. Fue tanto lo que recibió. Tras su muerte, nadó incansablemente, alejándose de los paisajes conocidos, de los recuerdos, de algo que ya no era suyo; no quería conservarlos porque una eternidad para recordar es más dolorosa que una vida humana llena de sufrimientos.

 Nunca pensó en encontrar a nadie en aquellos confines del mundo, donde buscó la soledad avanzando durante innumerables días y noches río arriba. Cada vez corrientes más pequeñas y exiguas. En ocasiones perseguida por hombres y perros. Oculta, viajando de noche. Hasta qué agotada y arrastrándose sobre un suelo donde el agua apenas la cubría y la mantenía húmeda, llegó a orillas del lago y se zambulló en él. Dijo adiós al mar y al contacto con los hombres.

—Y ahora, vosotros me habéis encontrado —dice la sirena.

Estaba recostada contra el anciano tejo, contemplando la imagen de las suaves colinas boscosas sobre el espejo del lago. No los oyó llegar. Sintió un golpe en la cabeza.

Es una cautiva. Las cadenas que la aprisionan rodean al tocón milenario, mustio y agrietado, testigo del paso de las edades, ramas y hojas crecen allí donde aún llega la savia. Siente su espalda apoyada firmemente sobre aquel recio y antiguo tronco. El poder de su densa energía la envuelve y conforta. Triste y sabio, lleno de misterios, profundo, insondable, longevo; casi eterno como ella. Se despide de él susurrándole:

—Estaba entre la muerte y la vida, decidiendo si ya era suficiente o si había todavía algo por lo que vivir. Emprendí un viaje y llegué a este lago. Te encontré. Eres mi amigo, la fuerza tranquila de la vida. Tú me comprendes. Bajo tu sombra decidí no morir por mi voluntad. Pero ahora ha llegado mí tiempo. Solo tú puedes soportar mi canto.

Y de la boca de Iremi surge una melodía cristalina, nítida y conmovedora. Desde un lugar remoto en su corazón, su lamento se alza convertido en un lenguaje musical de notas luminosas que estremecen el brillo de las estrellas, en un cielo de seda negra.

Irisaciones recorren las quietas aguas del lago y una ráfaga de aire atraviesa el valle; las ramas del árbol permanecen inmóviles.

Su voz convertida en una corriente de agua, entre dos océanos, a través de la cual se desliza. Su canto es una búsqueda, una llamada, una canción desgarradora, sobre aquello que los corazones humanos y anfibios anhelan. Amor.

Q.M.


Adaptación breve del relato «La sirena».  

Incluido en «13 Hojas de Otoño».

Presentación y prólogo: https://quimojiblog.wordpress.com/1247-2/

IMG_5620.JPGEnlace: Reseñas, venta libro y otra información, aquí:

3 respuestas »

  1. Reblogueó esto en Q.M.y comentado:
    Los orígenes, creo que más que de un lugar provenimos de un estado, la patria común lo llaman algunos: la niñez. Leo en estos días los testimonios, los relatos, los recuerdos de aquell@s que escribimos y siempre conducen allí. Si en esa etapa de la vida no llevamos lo que buscamos, la pasión por las historias (propias y ajenas) —y no depende de nosotr@s—, no germina nunca la semilla.
    Es un completo misterio.

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    • Muchas gracias, Adriana, por leerme y por tu gentil comentario. Me alegra te gustase, es una versión corta de un relato algo más largo, muy épico y emotivo, muy bello. Si en algún momento te apeteciera leerlo integro, dímelo, sin compromiso, y te lo haría llegar.
      Saludos.

      Le gusta a 1 persona

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