Archipielago

OLIVOS by Pedro Martínez de Lahidalga

Campo, campo, campo. Entre los olivos, los cortijos blancos” (Antonio Machado)

Este pasado otoño, con la excusa de disfrutar unos días visitando el monumental conjunto renacentista de Úbeda-Baeza, he podido aprovechar para recorrer de nuevo, despaciosamente, los vastos paisajes que en un tiempo ya lejano dejaran honda huella en mi recuerdo, rastros que ahora ansío recuperar. Vuelvo así a transitar los caminos de ese otro sur interior, en largo discurrir por entre los anchos parajes donde la niebla tenue del alba desdibuja los sinuosos perfiles delineados por colinas salpicadas de blancos cortijos machadianos, difuminando en plata la geometría verde y oro de sus olivos centenarios. Un panorama de belleza recurrente, diluido en esa luz vaporosa que tiñe de acuarela impresionista su ondulante sensualidad, a la vez agreste y sutil.

 Es la prominente Úbeda –ciudad de los cerros- la que nos acoge en uno de los tantos palacetes renacentistas, bellamente rehabilitado como pequeño hotel, con sus arquerías de medio punto sobre esbeltas columnas de mármol blanco delimitando el circundante patio interior. Turba el ánimo solo pensar que nos encontramos ante una población asentada ininterrumpidamente desde la Edad de Cobre, ahormada por más de seis mil años de persistente acontecer humano sedimentando su solera. Dejamos a un lado inciertas leyendas de iberos engendrados por un bíblico Tubal u otros mitos, para evocar su verdadera historia nacida de la primitiva Ibiut, que luego fuera Bétula romana, más tarde la fundacional medina Ubbadat Al-Arab musulmana para, tras la reconquista, pasar a ser la Úbeda que conocemos, con su topónimo ya castellanizado. Habría de transcurrir lo que restaba de Baja Edad Media para que la ciudad llegara a adquirir ese esplendor renacentista por la que hoy es re-conocida, junto con Baeza, como Patrimonio de la Humanidad. Etapa donde florecerá en una especie de cinquecento ubetense para convertirse en la Florencia de Andalucía, como campanudamente la siguen denominando los turoperadores y otras sucursales del turisteo convencional.

 La verdad es que, a poco avisado que estés, no tardas en percibir la complejidad de un entorno que oculta velados secretos por descubrir, lo que te empuja a  avizorar la mirada más allá de lo evidente. Forzando el símil me atrevo a decir que, así como a ciertas mujeres tocadas con ceñidos vestidos se les insinúan las formas (ahora también a los hombres, debido a esos cortes ajustados –slim fit– que nos han puesto de moda) a poco que te fijes, a esta ciudad se le termina notando todo. Los diferentes atavíos históricos con los que se ha ido revistiendo moldean una silueta en las que han ido quedando camufladas ciertas partes (dicho sin ánimo de señalar) dejando al aire otras no menos mollares o vistosas (entiéndanse sus hechuras renacentistas) las más despampanantes, sin duda. Admitida la analogía, con esto pasa como con lo otro (mudando de la anatomía a la arqueología y viceversa) que para verlo hay que saber mirar o, como dejó dicho Sófocles: lo que no se busca, jamás será descubierto.

 En Úbeda, como en tantas otras ciudades históricas, su trazado renaciente se encuentra inserto sobre una previa configuración medieval, a la vez superpuesta sobre antiguos asentamientos, a modo de un palimpsesto donde para poder escribir (construir) de nuevo se ha ido borrando sucesivamente de la tablilla (solera) todo lo anterior, sin poder evitar ir dejando ciertos rastros más o menos visibles. Aunque a primera vista no lo aparente, no hay mejor ejemplo de ello que la caleidoscópica Basílica y Real Colegiata de Santa María de los Reales Alcázares, aún habiendo sido en tiempos objeto de ciertas restauraciones más que discutibles. Asentada sobre un suelo arqueológico de la Edad de Bronce y edificada sobre los restos de la que fuera la aljama –mezquita principal-, con su base de un gótico florido sustentada sobre restos neolíticos, íberos, romanos y godos en los que, progresivamente, ha ido acumulando elementos musulmanes, románicos, góticos, renacentistas, barrocos, neoclásicos…, resultando a la postre un poliédrico muestrario de estilos arquitectónicos: gótico, mudéjar, renacentista, barroco o neogótico que conforman un puzzle a la vez complejo y armonioso. Imprescindible.

 Encontrado al fin ese tesoro primordial que había intuido, la esencia que dejaba definida esta urbe encantadora y desentrañado así el hechizo, ya me podía dar por satisfecho e irme tranquilo. El resto: el hospital de Santiago, el convento de Santa Clara, las iglesias de San Nicolás, de San Pedro, Santo Domingo, San Lorenzo, San Pablo, la Sacra Capilla del Salvador, los palacios renacentistas de Vela de los Cobos, del deán Ortega, del Marqués de Mancera o el de Vázquez de Molina, la Sinagoga del Agua… o qué decir de la innombrada Baeza. Todo lo visité mas renuncio a describirlo, pues este blog no tiene vocación de guía turística sino más bien de agenda íntima y sentimental.

 Al amanecer del tercer día, como el otro, salimos rumbo a la vega del Guadalimar a través de una ancha campiña olivarera de zigzagueantes lomas (me resisto a emplear la recurrente metáfora mar de olivos, tan sugerente pero ya tan gastada). En cualquier caso atravesando los mismos parajes que un tiempo atrás me habían subyugado, tal como en su día lo hiciera la sola contemplación del mar, aquél horizonte infinito que en tiempos hube confundido con la libertad. Con parecido afán introspectivo cruzamos Baeza y nos dirigimos por uno de los pliegues del altozano hasta arribar en  Ibros (la antigua Iberis o Ibris) para, a través de una ruta de calzadas provinciales, llegar a la villa de Begíjar (la Buxexat y más tarde Bexijar árabes) donde pudimos avistar, olivos aparte, asilvestrados acebuches y ya en la vega, bosques de ribera con numerosas especies de arbustos (retamas, zarzales, majoletos…) que hermosean el paraje con solo nombrarlos, al igual que sucede con los inveterados topónimos de las poblaciones próximas (Jabalquinto, Guadalimar, Mengíbar, Jabalcuz, Iznatoraf, Albanchez…). Atravesamos la pequeña villa de Lupión (la Luparia romana, antigua tierra de lobos) para descender suavemente hasta nuestro destino, la deslindada Torreblascopedro o La Torre, como allí es conocida.

 El pueblo, el paisaje, los olivos y los propios torreños, también los ubetenses y baezanos,  que he visitado conforman una realidad contundente, una verdad vital muy enraizada que se muestra a la vez sólida y transparente. Con Alfonso almorzamos en un bar sin nombre una pipirrana con pimientos de Campillo (pedanía del municipio) que todavía guardo en la memoria del paladar. Un recuerdo inseparablemente unido al sabor de una conversación tan auténtica y convincente, tan verdadera y natural como esa misma ensalada, aderezadas ambas con productos de primera calidad: por un aceite verde y oro con profundos aromas frutados la una, la otra por el buen sentido y la bonhomía de un hombre cabal. Para los que transitamos por este otro mundo posmoderno, construído en buena medida a base de artificios y virtualidad, ver de cerca algo tan real nos deslumbra.

 En el coche, de vuelta a casa, la memoria reordena a su manera lo vivido y me lleva a pensar que, del mismo modo que un solo hombre resume toda la humanidad, el olivo milenario compendia la experiencia y sabiduría de toda nuestra historia: enraizado sobre el mismo suelo de aquellos primitivos asentamientos iberos, aportando agua y minerales con los que conformar su savia, que circula, que toma los primeros esquejes de las plantaciones romanas, se multiplica en el período árabe como bastión del Califato Cordobés, ve pasar a su alrededor soldados de todos los bandos, crece a la vez que lo hacen las catedrales góticas o, más tarde, los palacios renacentistas… Para así, en ese constante devenir de agricultores naciendo y muriendo bajo su sombra, terminar sublimándose en este aceite con el que aliñar una ensalada de pimientos compartida entre amigos al ras de la naturaleza. Un acto aparentemente frugal pero excelso en su sobriedad, que es el que me llevo como resumen de este viaje, reflejo y epítome de toda una cultura. Volveré.

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