Archipielago

Una gran adicción. 01 by Paula Castillo Monreal

Me acostumbré a robar. Eran pequeños hurtos, nada para escandalizarse: al principio unas bragas, alguna barra de labios, latas de caviar de salmón en el súper. Cosas que hacemos la mayoría. Poco a poco me fui convirtiendo en una experta; arrancaba los códigos de barras y listo, salía de los centros comerciales como una reina, e imaginaba el momento de probármelo todo y disfrutar de aquellos manjares delante del televisor. Los bolsos y los zapatos eran más complicados, pero era tal la excitación que me producían el miedo y la incertidumbre de ser descubierta, que robar se convirtió en una gran adicción. No lo hacía a lo loco, cada lugar y día, lo planificaba con antelación, y me hacía sentir bien.

No supe contestar a Manuel, mi marido, cuando me preguntó por qué lo había hecho. Conducía deprisa, cabreado, sin mirar a la carretera. Yo, muerta de miedo por la velocidad, agarrada al asiento, me encogí de hombros. ¿Qué podía decirle? ¿Que me excitaba, que no podía dejarlo, que me producía alegría cuando conseguía atravesar las puertas con los lectores de códigos sin que saltasen las alarmas, o que era tan frustrante y aburrida mi vida con él, que esa mañana cuando me pillaron con las bragas en el bolso, me sentí de nuevo renovada? Mi respuesta le satisfizo tanto, que no volvió a dirigirme la palabra, ni ese día ni los dos que siguieron a aquel estúpido incidente.

Yo lo había visto detrás de mí, me observaba, y si yo me paraba, el se volvía y al instante allí estaba de nuevo, mirándome. Me pareció estúpido que llevase gafas de sol oscuras dentro del centro comercial. Vestía informal, yo le miraba de reojo mientras revolvía los mostradores de ropa interior, no había nada que me gustase, pero estaba decidida a llevarme algo. Él, también revolvía como yo, pero sin mirar nada de lo que tocaba.  Sus gafas sin perderme de vista, mis ojos sin despistarse de su figura. Quise retarle; cogí con mucho disimulo unas bragas negras de encaje que no me gustaban especialmente, pero pensé que a Manuel le podían gustar. Cerré el puño con ellas dentro y me coloqué la mano en el pecho en actitud de recogimiento. En menos de un segundo, las bragas estaban dentro de mi sujetador y con la lengua me mojé los labios sin pensar en la provocación, que no es mi estilo, solo en el placer de la batalla ganada. Así que, sin pensarlo, agarré el fular de seda roja que me tenía obsesionada, y me lo coloqué en el cuello arrancándole la etiqueta con los dientes. ¡Qué explosión de felicidad! Y todo delante de aquel tipo que me espiaba. Volví la cabeza, pero no le encontré. Aquello, reconozco que generó en mí una gran desconfianza.  Bajé las escaleras mecánicas con el cuello erguido y una sonrisa abierta que intentaba controlar mirándome en el espejo a pesar de no sentirme cómoda. Mi caminar se hizo lento, elegante, quería disfrutar del momento, olvidarme del tipo y de sus gafas de sol. Quizá me lo había inventado todo, puede ser que estuviese comprando algo para su mujer, y el fijarse en lo que yo compraba, le ayudaba a decidirse. Eso iba pensando hasta que llegué a la primera planta; ahí fue cuando su mano se posó en mi hombro derecho y yo, sin poder fingir el sobresalto, grité agarrando con las dos manos mi fular.

El tipo me llevó a un cuarto oscuro y sin ventilación para que le vaciase el bolso y mi cuerpo entero. ¡Qué soponcio! Me obligó a pagar cada cosa si no quería que me denunciasen, tuve que llamar a Manuel. Eso me hundió. Eso, y que el tipo no se quitase las gafas.

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