Este texto aparece en mi libro «Mandíbulas rotas»
Me pregunto si la gente me recordara cuando me haya ido. ¿Seguirán leyendo mis libros? ¿O me habrán olvidado? Norman Mailer
Los relatos surgidos en la cantina, o en el lateral de un mueble de la cocina. Muchos hablan de los pecados de la gente. Del laboratorio humano. Encierran mentiras, maldades y sandeces que cada individuo gusta guardar bajo llave, pero por una u otra razón aparece en manos de otro y este sucesivamente lo relata hasta que se desinfla en los sucesivos albergues de paso y… mueren.
Luego ya no queda más que esperar a una nueva creatividad, del siguiente observador como: “el perro le mordió en la nalga y se lo tuvieron que llevar de urgencias y allí le han hecho siete puntos”; o, “ella se acercó a él sin más hasta liarle en una aventura que ha dejado niños y casas abandonadas; o aquella , en la cual “el marido le maltrataba de 9 a medianoche y los vecinos hartos del griterío llamaron a la policía y esta vino pero no pudo hacer nada, ella se negó a la denuncia y tres días bastaron para ser asesinada”.
En cada poso de estas historias esta resumido lo que le suponía a los partícipes y a lo que agregan sin más, sus transmisores. Porque si contamos historias oídas de terceros, odiamos o amamos con nuestra brillante neutralidad a los necios actores, que si amaron. Nosotros… ¡lo hubiéramos hecho mejor!, y si asesinaron, nuestro rol de intuición ante el suceso hubiera sido más austero, o si la escena es de sexo, escuálidos presentimos que aquello supo a poco.
Nosotros
Nosotros, en su sitio hubiéramos desgarrado algo, los besos y la sed hubiera sido de resaca, y la cara de él hubiera estado ida y alegre, o el labio mordisqueado –de ella-, sería un recuerdo de tanta intensidad pasada.
Por lo cual la pregunta de Mailer sigue vigente:
#Apretaditos en un lateral del barco, el agua en la cara, el viento azotando y lejos; muy lejos, unas olas gigantes a punto de doblegarnos#
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