ÉL ERA ELLA by Esther Bajo

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Recuerdo el chasco que me llevé, en mi primera visita a Suecia, cuando, en el museo de un poblado vikingo, vi varios cascos medievales y ninguno con cuernos. Más tarde supe que lo de la cornamenta era un bulo sorprendentemente extendido. El origen, al parecer, tiene que ver con un antiguo atuendo ceremonial descrito en algunas crónicas griegas y romanas, en la visión que los cristianos tenían y legaron de los vikingos como demonios y en un par de obras de la época romántica.

Una visita más reciente al yacimiento de Birka –cerca de Estocolmo y Patrimonio de la Humanidad- me produjo el mismo “shock” cultural: allí están los restos (apenas excavados aún) de una ciudad; no un poblado sin orden ni concierto o un campamento –como el que muestra la serie Vikings-, sino una ciudad planificada desde su origen, con un trazado urbano y fuertes defensas, que fue la primera ciudad conocida de Suecia y la más importante durante dos siglos. En esa ciudad no encontramos sólo guerreros, sino, sobre todo, artesanos y comerciantes, pero además da una idea de vida cotidiana que nada tiene que ver con la imagen de pueblo sanguinario que aún tenemos de él, pues se han encontrado restos de personas llegadas desde lejanos rincones del planeta y de diferentes religiones; de hecho, en esa ciudad empezó su labor evangelizadora en el siglo IX –con poco éxito, también hay que decirlo- San Ascario, promotor de las primeras iglesias cristianas en la zona.

En el cementerio de Birka (donde se han excavado algo más de un millar de las tres mil tumbas localizadas) se han encontrado restos de personas que, a juzgar por su ajuar, tenían un origen étnico diverso: noruegos, suecos, daneses, frisones, alemanes, wendos, baltos, fineses, rusos… pero también bizantinos y árabes. Junto a los cadáveres, telas de Asia Oriental, monedas de plata árabes, objetos de cristal frisón, cerámicas de Europa Occidental… Además, los enterramientos son de tipos diferentes: los vikingos, con capas de ceniza bajo túmulos o cercos de piedras en forma de barco, y otros inhumados en ataúdes o en cámaras funerarias, que se entiende alojan a cristianos y quizá también musulmanes.

 

Así pues –y dado que la vida y la muerte son paralelas-, hay que imaginar Birka, entre los siglos VIII y su súbita desaparición a finales del siglo X, como una animada ciudad, de entre seiscientos y mil habitantes, en la que convivían en armonía pueblos y creencias diferentes; un centro comercial en el que la población local, además de construir barcos, cambiaba pieles, cuernos de reno, peines tallados a mano, ámbar y miel por cerámicas de Renania, sedas chinas, bordados bizantinos de oro, brocados y objetos de plata del Califato. De la tolerancia religiosa da idea lo que cuenta el monje Remberto en su “Vita Ansgarii”. Cuando Ascario preguntó al rey Olaf si le permitía establecer la religión cristiana en su reino, éste le dijo que no tenía poder para ello “hasta que pueda averiguar la voluntad del pueblo” y le invitó a la asamblea que se celebró en Birka, después de que su heraldo informara a la población sobre el asunto, mostrándose el pueblo unánimemente de acuerdo.

¿A qué viene entonces que sigamos teniendo la imagen de los vikingos como un pueblo violento y salvaje? Ciertamente, era un pueblo que contaba con guerreros que atacaban cuantas poblaciones costeras encontraban para saquearlas y su fama de brutales se debe, sobre todo, a que ellos mismos alimentaron ese tópico para sembrar el pánico que facilitara sus incursiones. Pero los vikingos no hacían nada que no hiciera cualquier otro pueblo, incluido el que consideramos el origen de nuestra civilización, el imperio romano, con la única diferencia de que éstos se asentaban en las poblaciones conquistadas y, sin duda, aportaron a las mismas sus grandes logros en todos los ámbitos. Acepto que el saqueo es sólo un toma y el colonialismo suele ser un toma y daca, pero con muchísimo más toma que daca y, sobre todo, un daca impuesto por la misma fuerza bruta y con episodios, en todos los casos, de enorme crueldad.

No hay ningún pueblo especialmente cruel. En el mundo antiguo, Roma, que se consideraba a sí misma un faro moral y cultural que iluminaba a los pueblos que conquistaba, hubo gobernantes más salvajes que cualquier bárbaro: Calígula era un piscópata criminal que disfrutaba contemplando la tortura y ejecución de quienes se le antojaba; Tiberio ordenaba violar a mujeres antes de matarlas para eludir la prohibición de estrangular a vírgenes, adiestraba a niños para abusar de ellos sexualmente e ideaba espantosas y sofisticadas formas de tortura; Nerón ordenó innumerables asesinatos, incluidos los de su madre, su hermanastro y su primera esposa y ejecutó personalmente otros, como el de su segunda mujer, a la que mató a patadas estando embarazada; Caracalla ordenó matar a su hermano y, de paso, a veinte mil de sus seguidores; el hispano Teodosio I ¿el Grande?, convocó a toda la población de Tesalónica en el estadio para una supuesta carrera de cuadrigas y luego los encerró y ordenó asesinar a sangre fría… ¡a cerca de siete mil personas! Por no hablar de la extendida práctica del filicidio o la crucifixión de miles de esclavos tras el levantamiento de Espartaco. La Edad Media estuvo marcada por la Inquisición que, no sólo dejó miles de cadáveres a sus espaldas, sino que fue especialista en el uso de multitud de instrumentos de tortura capaces de arrancar una confesión a cualquier acusado de homosexualidad, brujería o blasfemia; y no hay que olvidar que subsistió hasta que Napoleón la abolió en 1808. La Edad Moderna no ha estado exenta en la civilizada y católica Europa de sangrientos tiranos, como María I de Inglaterra –no en vano apodada Bloody Mary- o el brutal rey belga Leopoldo II que fundó en el Congo una colonia privada en la que esclavizó a toda la población para su enriquecimiento personal y aplicó medidas tan despiadadas que la población se redujo a la mitad. Y nuestro reciente siglo XX, con más de cien millones de víctimas directas e indirectas, ha sido el cénit de la destrucción masiva y de la violencia humana. No, no hay pueblos más violentos o más pacíficos que otros. Según el profesor de Sociología Sinisia Malesevic, “existe un vínculo histórico inequívoco entre el auge de las civilizaciones y la proliferación de la brutalidad”.

Lo que me llama la atención especialmente es la extensión y pervivencia de los tópicos. Es por ello que he elegido Birka como ejemplo paradigmático, porque no sólo desmiente un tópico –es de los salvajes vikingos- sino dos.

 

Una de las tumbas de Birka es de un supuesto guerrero rodeado de espadas, puntas de flecha y dos caballos: la típica tumba de un gran guerrero. Pero en 2014, la bioarqueóloga de la Universidad de Estocolmo, Anna Kjellström, concluyó, tras examinar los restos, que se trataba de una mujer. Las leyendas vikingas habían dado algunas pistas. Por ejemplo, un texto irlandés del siglo X habla de “la Chica Roja”, una guerrera que dirigió una flota vikinga, y algunas sagas hablan de doncellas que luchaban junto a los guerreros, pero todo eso se había considerado mera mitología. El descubrimiento de Kjellström fue tomado con la misma falta de seriedad, atribuyéndose a que los huesos podrían estar mal etiquetados o mezclados con los de otras tumbas, pero un reciente análisis de ADN, llevado a cabo por un equipo liderado por la arqueóloga de la Universidad de Uppsala, Charlote Hedenstierna-Jonson, ha demostrado, sin el menor lugar a dudas, que los restos son de una sola persona y esa persona era una mujer. En su estudio, recientemente publicado, menciona también que sobre su regazo tenía piezas de una especie de juego de estrategia, lo que sugiere que esa mujer “era la que planificaba las tácticas y que era la líder”.

No pretendo, ni mucho menos, sacar conclusiones históricas, sino incidir en la importancia de contemplar, tanto el pasado como el presente, sin prejuicios. Ni todos los hombres son iguales, ni todas las mujeres son unas exageradas, ni las rubias son tontas, ni los sudamericanos son escandalosos, ni los árabes son terroristas, ni las brasileñas son las mujeres más guapas, ni la comida italiana es la mejor del mundo… ni las suecas son unas frescas. Los prejuicios son siempre una distorsión de la historia o de la realidad misma y, sobre todo, tienen dos características muy peligrosas: la distorsión es interesada o se utiliza de forma interesada y son dificilísimos de erradicar porque, puesto que se instalan en nuestra mente al margen de la razón o el conocimiento, ya sólo nos permiten ver los aspectos de la realidad que encajan con ese preconcepto.

Esther Bajo

 

 


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