Clave de sol by Domingo Alberto Martínez

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El cielo no tiene la cualidad de los laberintos (sin puertas ni corredores, igual que el espejo de mar en el que se mira. Sin bifurcaciones) y, aun así, parece infinito. Es primavera. Las golondrinas se cruzan como puntas de flecha, se azuzan entre ellas trazando parábolas, antes de volver a lanzarse en picado. La brisa vibra como la cuerda de un arco. Le musita algo al oído con voz de rapsoda: carros que vuelcan, ruido de espadas. Lo despeina, como despeinaba a Aquiles en la llanura de Troya, o antes que a él a Patroclo, su íntimo amigo.

Ícaro respira hondo (el cielo tiene la fragancia de una pradera de asfódelos) y se impulsa más y más hacia lo alto. Cada vez que bate las alas experimenta la ingravidez del impulso. El pecho se le hincha, se le deshincha; es la vela de una galera. Tensa los músculos y asciende sin darse auténtica cuenta. Siente que sus nervios son cables trenzados de bronce; su cuerpo, un engranaje complejo en el que los huesos y las articulaciones actúan cada uno a su debido tiempo, cumpliendo una función predeterminada. Cuentan que un filósofo antiguo ideó una paloma capaz de sostenerse en el aire gracias al vapor del agua, pero ¿qué es él al lado de un artilugio de feria? Abajo, su padre, cada vez más abajo, es un puntito que gesticula, pobre viejo, gritando advertencias que el viento convierte en retazos; pero él no lo escucha. Atrás queda Creta, donde se sentía estúpido a la sombra de Dédalo, el gran artesano, admirado en toda la Hélade por ser el artífice de ingenios fantásticos. Encerrado en el laberinto, el sol no era más el reflejo de los muros que miraban a oriente. Vivía como los peces que se sacuden un instante en el aire antes de caer en la cubierta de un barco, donde aletean ahogándose espasmódicamente, mientras los hijos de los pescadores les hunden anzuelos en los ojos como por juego, o los levantan en volandas metiéndoles los dedos por las branquias para estimar su peso en especie.

Atrás queda Delfos. Enfrente, las costas de Samos. Sobre un promontorio distingue el templo de Helios, incendiado tiempo atrás por un rayo. Cariátides sin brazos, arquitrabes que se sostienen en un equilibrio precario. El templo, que antiguamente fue destino de ladrones y hetairas (acogía carreras de cuadrigas, un festival religioso), se encuentra hoy en completo abandono; un archipiélago de ruinas rodea el peristilo. Junto a las gradas, un buitre pelea a picotazos con las costillas de un asno. Un grupo de pelícanos se zambulle en la bahía con la disciplina de una falange de Esparta. Bandadas de gaviotas, pardelas. Los cormoranes chillan, puede oír sus trompeteos a pesar de la distancia. Los que ya han pescado descansan en los escollos o en los salientes del acantilado, tapizados de excrementos; despliegan sus alas de un negro lustroso y dejan que el sol les seque las plumas.

Un águila se desliza a su lado, flotando majestuosamente con las alas desplegadas. Lo mira sin girar la cabeza. Él sabe que lo está mirando porque se ve reflejado en el espejo color ámbar de su ojo. El águila real, ave totémica de Zeus, emite un largo chillido que suena a advertencia, estirando el cuello y entreabriendo el pico en forma de gancho. Cuando vuelve a chillar y se aleja, el sol ilumina sus plumas, que resplandecen como pequeñas llamas.

Ícaro siente una quemazón en los brazos. En el último impulso le ha parecido oír un crujido. Podría bajar planeando, buscar un islote y esperar a su padre, pero bate las alas de nuevo. Quiere alcanzar a los dioses, mecerse en el éter y llegar donde solo ellos llegan, a pesar de la corriente del Bóreas, racheado y violento, que sopla cada vez con más fuerza. Lo atrapa por los pies y lo engulle en un remolino. Intenta zafarse, pero el viento le golpea en el pecho. Ícaro aletea como un polluelo que se ha escurrido del nido. A su alrededor, las nubes se deshacen como dientes de león…, o quizá sean sus alas lo que se está deshaciendo.


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