Archipielago

El mar muerto by Natalia Doñate

Las pepitas de sal marina forman un médano central en el fondo del vaso. Otra vez se ha decantado la solución. Ella considera agitarla en amplios círculos, pero sólo cuenta con un margen de dos centímetros de error antes de derramar el líquido sobre la mesa veteada de melamina. Opta entonces por beber un largo sorbo insípido. Ahora sí, lo intenta, y ve con placer cómo el cúmulo se dispersa en ascendente remolino. Respondiendo a una ignota regla natural, un chorro de brisa fresca irrumpe en la habitación, cargando cotilleos de pájaros, canes y otros misterios, y revelando la presencia lejana de una mezcladora de cemento. Los Rodríguez lograron por fin costear la piscina.

La pantalla de la computadora, refugiada bajo su silueta, continúa en blanco. Sin más que hacer, la mujer da otro sorbo al agua, ahora salada, y se contenta en el cumplimiento de la promesa de tomar más electrolitos. Y sol, de paso, por la vitamina D. Al mediodía, el gigante invernal pega de lleno contra el muro, lo que permite ahorrar en calefacción, incluso con la ventana abierta. Un mal necesario. Sin los sonidos de afuera, el zumbido de la heladera, el ventilador de la notebook y los suspiros del felino, se hacen insoportablemente fuertes.

¿Cómo podría alguien concentrarse en esas condiciones? El celular, silente, reclama atención y una pequeña pero molesta notificación anuncia que el pedido del supermercado está próximo a su arribo. Pronto, una mano apresurada tocará el timbre y la casa será invadida por bolsas repletas de verduras exigiendo ser lavadas -si no lo hace de inmediato las olvida hasta que se echan a perder-, lácteos suplicando frío y alimentos congelados con urgencias aún más inmediatas. Que no ose llamarla “exagerada” quien no se haya intoxicado alguna vez con langostinos. “Tuxedo”, el gato, tiembla en sueños. Sueños simples, de gato, que no exceden los confines del trapecio de luz en el que yace su barriga; resultado del esfuerzo cooperativo de sol, tender y marco de la ventana, que ofrece las mejores siestas.

El último grano de sal vuelve a tocar fondo. Curioso reloj de arena que le reclama el tiempo malgastado. Ella agita el vaso con impaciencia.

¿Quién llegará primero? ¿La inspiración, la lechuga arrepollada, el queso crema, el filete de salmón? Sería un día perdido si todos llegaran a la vez. ¡Qué ansiedad! Ocupa con pesadez el espacio aéreo de la cocina. La mujer sacude los brazos como si se estuviera electrocutando y luego los estira por encima de su cabeza, en un intento infructuoso de relajarse. La angustia se le planta, en firme combate, pero ella la descubre ahora sutilmente decorada con filamentos blancos e ínfimas lentejuelas de luz. Motas de polvo y pelo de gato que se han desprendido de su abrigo. Embelesada ante el pequeño descubrimiento, ignora la presencia del insecto, náufrago del Mar Muerto en que se ha convertido su vaso, cada vez con menos agua, cada vez más salado. La aparición del desdichado punto negro coincide -otra regla a descubrir, providencia divina, quizás- con una de similares características en la pantalla del ordenador. Una letra. El infinito.

Un timbrazo estridente crispa la cola del gato y lo exilia de la cocina. Orgullo herido que se lame desde la cima del lavarropas.

La mujer no percibe otra cosa que el poncho de sol en la espalda y la sangre corriendo carrera hacia sus huellas dactilares. De un sorbo apurado traga agua, sal e insecto y, sin un ápice de gratitud, hace el vaso a un lado.

NATALIA DOÑATE

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