Archipielago

La llegada a la Tierra.  

by Esteban Ierardo 

 Siempre decimos que el 20 de junio de 1969 es el día de la llegada de la humanidad a la Luna, pero quizá sea también el de la llegada a la Tierra; el día de la visión del planeta desde el espacio exterior en su realidad total: una esfera que flota como una frágil, bella y turbulenta joya arrojada al cosmos inmenso.  

 O como la describió el famoso astronauta Edgar Mitchell, piloto del módulo lunar de la misión Apolo 14, en un arrebato de inspirada poesía: “de repente, desde detrás del borde de la Luna, en momentos largos y lentos de inmensa majestad, emerge una brillante joya azul y blanca, una esfera delicada azul celeste adornada con velos blancos lentamente ondulantes, levantándose como una pequeña perla en un espeso mar de misterio negro. Cuesta más de un momento tomar conciencia de que esto es la Tierra… nuestro hogar”. 

 Aquí en nuestro hogar, la Tierra, en un principio, todo lo vemos como imágenes de cosas, seres y colores cercanos, frente a nuestros ojos, o solo lejanos en cuanto rebasan el alcance de nuestra mirada. Percepción frontal, un modo perceptivo que nos determina y condiciona, sin que lo advirtamos; sin que atendamos demasiado a lo que escapa a esa manera del ver. Por eso, no solemos advertir la importancia de otro contemplar o contemplarnos: la perspectiva cósmica espacial, la visión de nosotros mismos, no ya como centro del mundo inmediato, sino como parte del planeta deslizándose por la órbita atravesada por las radiaciones solares. 

 Hasta ahora, el paso de la perspectiva frontal a la cósmica espacial la ha experimentado una minúscula parte de la humanidad. Solo los astronautas en órbita, desde la Luna y desde la Estación Espacial Internacional (y antes la Mir), o los ya retirados transbordadores espaciales, o ahora la Estación espacial china Tiangong, han percibido al planeta desde fuera. Y antes, Yuri Gagarin, el mítico cosmonauta soviético que fue el primer hombre en viajar al espacio exterior, con su cápsula Vostok 1, en 1961. 

 La nueva visión del planeta es ejemplo de cómo una percepción visual distinta puede modelar otra forma de pensar. Con distintos matices, todos quienes viajaron al espacio coinciden en que, desde la altura y la inmensidad, la separación, el enfrentamiento, la guerra y el odio entre los pueblos y las civilizaciones se disipan en algo absurdo, ridículo. En este sentido, Alan Shepard, comandante del Apolo 14, en 1971, en tiempo de la guerra de Vietnam, al contemplar a la Tierra suspendida en el espacio recalcó su fragilidad, y también que, después de esta visión, es difícil aceptar “que las personas estén peleando unas con otras en lugar de intentar estar unidas y vivir en este planeta”. 

  Desde el espacio exterior se hace evidente algo que no lo es al ras del suelo: la Tierra se muestra como una sola realidad, una sola red compuesta por las redes diversas y particulares de continentes, mares, los polos antártico y ártico, bosques, desiertos, personas, animales, insectos, rocas o árboles; o el murmullo del viento, aquí y allá. Desde afuera, no se perciben las fronteras de los mapas políticos. A pesar de todo el siniestro odio acumulado en la historia, el sapiens es el mismo y distinto en todas partes en la nave Tierra que, como movida por imaginarias y frágiles velas, avanza y rota sobre sí misma en la vastedad.  

  En la Guerra Fría del siglo XX, Occidente, encabezado por Estados Unidos, y la esfera soviética, combatieron por la supremacía en todos los ámbitos: la fortaleza económica, la superioridad cultural, deportiva, la producción del armamento nuclear con fines disuasivos. O la carrera espacial hacia la Luna. El programa Apolo logró llegar, primero, al opalino disco lunar. Unos 24 astronautas fueron a la Luna. Solo doce se movieron en el suelo lunar, los otros, permanecieron en órbita. Neil Armstrong testimonió que nuestro planeta lucía como “un pequeño guisante, bonito y azul”. En un momento, levantó su pulgar. Entonces, la Tierra quedó oculta. Ese fue el instante en el que “no me sentí como un gigante. Me sentí muy, muy pequeño”. 

 La sensación de fragilidad es una de las impresiones recurrentes de los astronautas ante la visión de la Tierra. Así, James Benson Irwin fue el octavo astronauta en pisar la Luna durante la misión del Apolo 15, en 1971. Luego de su regreso a la Tierra dirigirá siete infructuosas expediciones al Monte Ararat, en Turquía, en búsqueda del arca de Noé. Pero lo que sí consiguió fue ser el primer astronauta en moverse en un todoterreno en la superficie lunar. Y al columbrar la Tierra que se alejaba desde la ventana de su cápsula, destacó que nuestro hogar parecía “bello, cálido y vivo”; y que también “se veía tan frágil, tan delicado, que, si uno lo pudiera tocar con un dedo, se desintegraría. Ver esto tiene que cambiar a un hombre”. O Michael Collins, integrante del legendario Apolo 11 que permaneció en órbita alrededor de la Luna mientras Neil Armstrong y Buzz Aldrin descendían a la superficie, ratificó la impresión de lo frágil: “la sensación dominante que tuve mirando a la Tierra fue ‘¡Dios mío, esa cosa pequeña es tan frágil ahí fuera!”. 

  El 20 de noviembre de 1998, desde Cabo Cañaveral, se lanzó el cohete que condujo hasta la órbita terrestre baja a la Estación Espacial Internacional; la nave producto del proyecto de colaboración multinacional entre cinco agencias espaciales: la NASA (Estados Unidos), Roscosmos (Rusia), JAXA (Japón), ESA (Europa), y la CSA/ASC (Canadá). 

 Sunita Williams es la astronauta estadounidense, originaria de la India por sus raíces paternas, y que tuvo el récord femenino de permanencia en el espacio hasta 2015, en una misión de 195 días. 

Ella, como todos los observadores de la Tierra desde órbita, experimentó la no pensada unidad sin fronteras de nuestra casa terrestre:  

 “Definitivamente veo las cosas en la Tierra de una manera muy diferente a como lo hacía antes de viajar. Cuando estuvimos allí arriba, tuvimos el exclusivo placer de poder mirar por la ventana y ver nuestro hermoso planeta y sus continentes, sin fronteras de países; y creo que esa fue una enorme impresión”.  

 Esta percepción hace imposible perpetuar la ancestral confrontación y beligerancia en la resolución de conflictos:   

 “Miras hacia abajo, al planeta Tierra, y es difícil concebir a dos personas discutiendo, es imposible imaginárselas peleando, porque todo parece una sola cosa, que vivimos en estos maravillosos continentes todos juntos”. Lo que también suscribió Ronald John Garan, miembro del Transbordador espacial Discovery en 2008:   

 “Podemos mirar hacia abajo y darnos cuenta de que todos estamos viajando juntos a través del universo en esta nave espacial que llamamos Tierra, que todos estamos interconectados, que estamos todos juntos en esto, que somos una familia”. 

 Entonces, no es sorprendente que el antes mencionado Edgard Mitchell pensara que “desde ahí fuera en la Luna, la política internacional se ve tan mezquina. Te dan ganas de agarrar a un político por el pescuezo, arrastrarle un cuarto de millón de millas ahí fuera y decirle, ‘mira esto, hijo de puta’”.  

“¡Mira esto, hijo de puta!” La Tierra vista más allá de los rastreros intereses del poder, es la evidencia contundente de que pertenecemos a un mismo destino, a la identidad de seres vivos con necesidades semejantes, y los mismos derechos de progresar y ser. Ningún pueblo, ninguna civilización es mejor que las otras; solo las diversas entonaciones de una sola música que vibra entre la tierra y el vasto oleaje de los mares. Desde arriba resplandece lo que siempre se quiera negar: somos uno. El gran negacionismo que atraviesa todos los estratos de la historia: la negación de la implícita unidad del sapiens. 

 Por esa la retrospectiva compresión de Buzz Aldrin de su error en su viaje a la Luna cuando celebró allí la primera ceremonia religiosa cristiana. Pero cuarenta años después, en su libro Magnificent Desolation, admitió que “si lo hiciera de nuevo, no celebraría la comunión. Era un sacramento cristiano y fuimos a la Luna en nombre de toda la humanidad”. 

 Y como sugirió Karen LuJean Nyberg, ingeniera mecánica y hoy astronauta retirada, que permaneció 180 días en la Estación Espacial Internacional entre 2008 y 2013, el pensamiento aquí en la Tierra cambiaría “si cada terrícola diera una vuelta a la Tierra”.   

  Pero desde el realismo más desabrido, y ajeno a todo romanticismo, en su historia, la investigación espacial solo se ha encendido por la confrontación por las hegemonías geopolíticas, antes entre Rusia y Estados Unidos, en la Guerra Fría, y ahora entre el País del Norte y China; y por los intereses de legitimación y afianzamiento de las propias empresas y agencias aeroespaciales. Sin el deseo muy humano de ser mejor que un “enemigo”, en su momento, la humanidad no hubiera llegado hasta la Luna. Sin el aguijón de la competencia por la supremacía, la exploración espacial se reduciría a la investigación astronómica y cosmológica, o a los libros o series de ciencia ficción. Pero el sentido de confrontación geopolítica de la carrera espacial, agreguemos, será beneficioso: por la competencia ahora entre China y Estados Unidos, casi con toda seguridad la humanidad regresará a la Luna, y luego irá a Marte.  

 Pero esto no desvirtúa la autonomía de la percepción cósmica espacial que percibe a la Tierra con su belleza y fragilidad. Y también la impresión de su unidad y la sospecha de que si todos los sapiens pudieran elevarse desde la perspectiva frontal, la del polvo y el suelo, hasta la altura, los millones de seres humanos y todas las especies serían vistos de otra manera, dentro de un único planeta que, con su delicadeza y pequeñez, flota a su vez dentro de la inmensidad del espacio.  

   Los rusos también han girado, con asiduidad y pasión, por la órbita terrestre, como ahora empiezan a hacerlos los chinos. Fyodor Yurchikhin es cosmonauta y héroe de Rusia, de origen griego, nacido en 1959, ingeniero, piloto de pruebas, comandante de los vuelos Soyuz. Realizó numerosas misiones y caminatas espaciales. Quinientos treinta y sietes días es su récord en el espacio. En 2014, en el Centro ruso de Ciencia y Cultura de Madrid, Yurchikhin manifestó: 

“No existe nada comparable a la sensación de ver la Tierra desde el espacio, de estar fuera de la nave. Cuando estás arriba no ves ninguna frontera. Sólo ves un planeta maravilloso que es nuestro hogar. También te das cuenta de lo pequeño, indefenso y solitario que es”.  

 Confirmación del hombre ruso del espacio de las idénticas impresiones de sus colegas. Y China también tiene sed de espacio, de la Luna, de Marte, de la exploración y conquista espacial. Taikonauta es el modo chino de referirse a sus astronautas (neologismo a partir del término chino 太空, tàikōng, espacio, y del griego ναύτης, nautes, navegante). El taikonauta coronel Tang Hongbo voló en el primer vuelo espacial de la Estación Espacial Tiangong, en la misión Shenzhou 12, en 2021. Durante su viaje espacial al obtener una foto del norte de África, observó que «las estrellas del universo interactúan con las luces de la Tierra para tocar una harmoniosa música de la vida». Percepción no solo de la unidad interna de la Tierra sino también de su ser parte de la unidad sinfónica mayor del cosmos a partir de que nuestra frágil nave terrestre fluye en el espacio conectada con las centelleantes y remotas estrellas. 

 Ante la visión de la hermosura magnética, pero también de la fragilidad del planeta, cada persona que vio la realidad desde lo alto insiste en la necesidad de cuidar y preservar la Tierra en su delicado equilibrio dentro de su entorno cósmico. Y desde las alturas, a través de las ventanas de las naves espaciales en órbita, el observador se embriaga con la belleza mayestática del planeta abrazado por la luz solar; o las ciudades en la noche iluminadas como fantásticas serpientes hechas de miles de escamas resplandecientes; y en las noches y los días, las tormentas con sus rayos que brillan como estallidos de luz nerviosos y efímeros.  

 En la fenomenología de la visión de la Tierra desde la perspectiva cósmico espacial se anudan, entonces, sus distintos matices perceptivos: la impresión de la realidad de la tierra en el universo como presencia bella y delicada, como unidad de sus procesos ecosistémicos, como entidad planetaria suspendida en un espacio mayor que la contiene y que la sitúa como parte minúscula de un todo infinitamente mayor y traspasado por el misterio del origen último que algunos teorías, como el Big Bang intentan mitigar.  

 Pero otra arista del modo de mostrarse o darse el fenómeno de la Tierra desde las alturas cósmicas es el que apunta el astronauta de la NASA y coronel de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos Terry Virts, piloto del transbordador Endeavour en el acoplamiento final de la Estación Espacial Internacional, en 2007: desde la altura espacial “se puede ver la contaminación, sobre todo en China, donde hay una gran nube marrón terrible, pero también la deforestación, que crece cada año”. De hecho, los satélites y la misión Gedi de la Nasa constantemente monitorean los pormenores y ubicación de los árboles que colapsan como parte de la desforestación con directo impacto en el cambio climático. 

 Desde el diferente modo de ver de la Tierra desde perspectiva cósmica espacial, se desnuda la integración de todo lo que es en el planeta, y la conexión misma del planeta con el anillo circundante del cosmos. 

 Esa visión se introduce ya en 2001. Odisea en el espacio, en 1969, la película de Stanley Kubrick, en la que una secreta misión astronáutica va más allá del satélite de Saturno Japeto, según un guion de Arthur Clarke y el propio cineasta neoyorkino. Entonces, con música de Richard Strauss, el planeta es apreciado desde su esfericidad azulada deslizándose dentro de la negrura cósmica; y, poco después, el 7 de diciembre de 1971, la tripulación del Apolo 17 en viaje a la Luna, obtuvo la célebre foto de alta resolución de la Tierra llamada la “canica azul”. En la imagen, el planeta se percibe en su solitaria majestuosidad, recorrido por ondulantes nubes, como un ser vivo, dinámico, inmerso en la profundidad del espacio.  

  En la contemplación del horizonte desde fuera de la canica azul, la mirada se extiende hasta las miríadas galácticas que hoy escudriñan los telescopios espaciales, encabezados ahora por el telescopio Webb.  Desde algunas de esas galaxias lejanas, nuestro propio planeta es imperceptible ausencia, grano de arena entre los planetas, las estrellas y los agujeros negros, que flota en el misterio de lo sideral, dentro de la fiesta extraña del cosmos, indiferente a nuestros reclamos.  

 La realidad es que nuestro planeta se mueve en torno al Sol, y en la inmensidad tachonada de estrellas. Al fin de cuentas, como dijo William Anders, astronauta del Apolo 8: “vinimos hasta aquí para explorar la Luna, y lo más importante es que descubrimos la Tierra”. La llegada de la humanidad a la Tierra desde el espacio, desde afuera, para entender la verdadera ubicación de nuestra casa, y de nosotros mismos con nuestros temores y deseos, mientras navegamos entre los planetas, el Sol, y el brillo de las galaxias. 

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