Microrrelatos

Difusa —5 ALGO MÁS QUE UNA TARDE DE CIRCO by Paula Castillo Monreal

La niña se remueve en el asiento, es una silla pequeña pintada de azul. Está incómoda porque la tela de la falda escocesa hace que se escurra. Tiene miedo de caerse. El padre le ha dicho que no se mueva, que no va a tardar en volver, que es ya mayor y puede quedarse un momento ahí, sola. También le dice que solo quiere comprobar que su madre está bien. Llamará desde la cabina telefónica que han visto en la entrada. «Porque tú quieres que llame a mamá para ver si está bien, ¿verdad?» le pregunta el padre mientras le lanza un beso con la mano.

Me quedo sentada, quieta. No respondo nada a mi padre cuando me pregunta si quiero saber si mi madre está bien. No quiero saber nada de mi madre. Está a punto de tener un bebé. Un bebé extraño para mí. Un extraño entre los tres, como el bebé de Palmira que de vez en cuando se lo deja a mi madre para que lo cuide. Por eso se ha quedado en casa y no ha venido al circo, por culpa del bebé nuevo. A mí no me gusta el circo, es muy ruidoso y sucio. Me miro mis mercedes rojos y los calcetines blancos y pienso que se llenarán de polvo.  Como no me llegaban los pies al suelo, los balanceo continuamente y golpeo de vez en cuando a la gente que pasa cerca de mí en busca de su asiento. Todos los asientos están viejos y roñosos.

Nunca imaginé el circo así de viejo.

            La música se repite una y otra vez. Es una música triste que hace que me sienta sola mientras los otros niños saltan y ríen. Un hombre que hace de payaso en la pista se mueve a su ritmo. Lleva demasiado maquillaje blanco que encubre su negrura; se olvidó de pintarse las manos. Nadie lo mira. Sólo yo, y me entristezco cuando se hace el muerto.

            Miro a un lado y a otro buscando a mi padre. Todo el mundo está en su asiento menos él. Dejo caer mi mano sobre la silla vacía para que nadie se siente en ella. Mi madre nunca me hubiese dejado sola en un circo. Ahora ya no seré única para mi madre. Me da miedo mirar hacia abajo; si por lo menos me llegaran los pies al suelo tocaría la arena sobre la que se levantan los asientos y podría acercarme a las jaulas de los tigres y mirarlos de cerca.

Me gusta imitar sus movimientos.

Pero solo quiero llorar. Mamá me ha enseñado a apretar fuerte los labios y a mirar hacia arriba hasta que se me pasen las ganas, así que he podido ver al trapecista lanzarse al aire sin red a la vez que el público enmudece. Tampoco sirve el silencio para que aparezca mi padre. Me dijo que volvería enseguida, que no me moviese, que me compraría una fanta. Ya no quiero estar aquí.  Cuando las luces se apagan, un enano casi tan alto como yo, me tira de las trenzas.

Le sonrío porque hace muecas que jamás he visto.

De un salto se sienta junto a mí en la silla que guardo para mi padre y con el dedo índice me señala la pista; un hombre vuela prendido a una soga elástica, y un perro se chamusca al pasar por el aro de fuego. Los elefantes se cagan sin parar y el enano y yo nos tapamos la nariz. Cuando aparecen los tigres y les abren las puertas de las jaulas, no nos miramos. Es el momento de mayor tensión, solo se escucha el sonido del látigo sobre la arena. Los tigres levantan la pata cuando restalla.

Me dan pena los caballos ataviados como una feria. Se les ve tan dóciles.

Ha pasado tanto tiempo que ya me he hecho grande.

Mi padre no volvió. Aunque solo mido un metro treinta, las piernas me han crecido tanto que desde cualquier asiento de la grada toco la arena sobre la que se asienta el circo. Gracias a un elixir del enano me he convertido en la mujer barbuda y ahora trabajo en el circo; me gano la vida vendiendo mi barba. Ya no me importa si vienen o no a por mí porque estoy enamorada del domador de sueños. Alguna vez, cada cierto tiempo, veo a un hombre que se despide de su hijita, sentada, quieta, sobre la silla pequeña pintada de azul.

La música se repite una y otra vez. Damos vueltas en los caballitos del tiovivo, mi hermano y yo.

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