Archipielago

Caníbales: LA COSA DE LA EDAD by Lucas Corso

Esto no va de nazis, pero atención. El otro día leía el testimonio de una superviviente a un campo de concentración alemán, y venía a decir algo que en mayor o menor medida todos podemos presuponer: los jóvenes tenían más posibilidades de sobrevivir. Hasta ahí bien, pero la cosa seguía tal que así: más posibilidades de sobrevivir que los de treinta y cinco o treinta y seis. Cuarenta era el tope. Eso ya no lo vi venir, por lo que me quedé mirando la pared, como buscando por dónde me había venido la hostia. Ver mi edad, treinta y seis, separada de la juventud por un muro tan gordo como la supervivencia a un campo de exterminio me dio una especie de pellizco en el estómago del alma. Me esperaba que los jóvenes sobreviviesen en mayor número que los demás, no me esperaba no verme incluido en ese grupo. Luego me achuché a mí mismo pensando que eran los años cuarenta, donde de por sí la esperanza de vida no era tan alargada como la de hoy y un treintañero venía a ser lo mismo que un cincuentón actual. Continué leyendo más reconfortado.

Por cosas de la vida que todavía no me acabo de explicar, hace unos años que dedico la primera mitad del día a trabajar con personas de edad avanzada y la otra la ocupo con adolescentes. Me sirve, entre otras cosas, para ver de dónde vengo y hacia dónde voy. Depende del día puede llegar a asustarme. La mayoría, ni tan mal. La cosa es que yo pensaba que lo de trabajar con gente mayor era una cosa y ha acabado siendo otra muy distinta. Como la edad, vamos. Uno imagina que lo de cumplir años le acaba llevando a un lugar que conoce por haberlo visto en sus abuelos y ni por asomo. No sé cómo era mi abuela con las amigas, pero después de que alguna la ayudase a quitarse la rebequita no me la imagino gritando ¡Y ahora las braguitas! Y sin embargo lo he visto por las mañanas. Más de una vez. Y los demás jaleando, no se vayan a pensar. Tampoco logro imaginarme a mi abuelo, que era cantaor flamenco, haciendo el baile del robot. Y no me canso de verlo semana sí, semana también. Que sí, que el hombre que baila así no lo hace por estilo, es que las articulaciones y la vida no le dan para más. Pero hay que lanzarse a hacerlo, también les digo. Más de uno se quedaba sentado, y este no pierde oportunidad. La risa tiene mucha culpa.

La risa es una cosa muy seria. Te puede cambiar la vida o incluso salvártela. Eso no lo he leído, lo he visto. No todos los que llegan a los setenta van con ganas de quitarse la ropa interior o inventarse bailes imposibles y lesivos en potencia. La vida, en general, es muy puta, y la de cada cual, además de dar alegrías, que las da, también escuece a su manera. Otras veces duele demasiado. Muchos de los que he visto entrar por la puerta el primer día tenían más pinta de querer estirar la pata de una vez que de sentarse a escucharme a mí o a cualquier otro. Pero cayendo en gracia sin ser gracioso uno puede ir abriéndose camino. La risa de una persona puede ser la risa de todos, el cómo hacerla aparecer es ya cosa de cada cual, pero no se me ocurre mejor manera para conocerse. En ocasiones las carcajadas más ruidosas han abierto el recuerdo de lo amargo y han servido para desatascar penas calladas. Otras han traído al presente momentos divertidos que ya fueron. La mayor parte de las veces esas risas han dejado un recuerdo en sí mismas que quizá no se comparta nunca, pero que acompaña como pocos. Una de las personas más serias que he visto dijo una vez al grupo en el que nos encontrábamos que si su marido levantase la cabeza, ya no la reconocería por las cosas que hacía y lo mucho que reía. Se murió con setenta y ocho, y yo siempre he dicho que mi día Dios sabrá cuál es, pero que esa es a la edad que también me quiero morir si llego. Ya hace tiempo que no lo digo ni lo pienso. Hubo silencio después de eso. La pena sigue, pero la mirada es otra: ahora vuelve a mirar adelante.

Lo de hacerse mayor es un invento, dijo una vez Keith Richards, que ni él sabe cómo sigue entre nosotros. Uno no crece hasta que está a dos metros bajo tierra. Es posible que mantener una inquietud y curiosidad similar a la de un niño sea una de las razones por las que el bueno de Keef siga en el mundo de los vivos. Que muchos de los que se daban por muertos sigan sentándose a mí alrededor cada mañana también puede tener algo que ver con el recuperar esa mirada más pícara, más joven, con desempolvar el niño que siguen siendo. Tú aprovecha, que eres joven, me dicen. ¿Y quién no lo es, si se lo propone?

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