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RAMO LEONÉS by Sol Gómez Arteaga

Imagen tomada de Pinterest

Nada más entrar en la mercería las oye:

-Con tanto libertinaje no sé donde vamos a parar.   

Pide puntilla de tres centímetros y cintas de raso de color rojo y verde para adornar el ramo de Navidad que le ha enviado su hija por mensajería. Hace unos días estaba viendo en la tele un programa regional que trataba sobre la recuperación de los ramos leoneses y le comentó a Bea lo chulos que le parecían con todas esas frutas y cintas y rosquillas colgando. Ésta se había quedado con el detalle y, ni corta ni perezosa, le había hecho llegar uno. Al recibirlo la había recriminado que no podía hacer un comentario, pues enseguida prendía y que más le valía no ser tan gastona. La niña la había contestado, entre risas: “Anda, mamá, calla y disfrútalo, ahora solo tienes que adornarlo”. En el fondo, esa es la verdad, estaba encantada con el regalo. 

Mientras la dependienta busca en la estantería las cintas de colores, las mujeres siguen hablando:     

-Antes todo era mucho mejor, se vivía mucho mejor también. 

Son dos vecinas del pueblo, de las “señoritas” de toda la vida. La que habla ahora es la mujer de don Marcelo, que fue durante cuarenta años director de una sucursal bancaria. La otra, soltera, es hija del antiguo notario. La mujer de don Marcelo tuvo una criada, María, a la que pagaba un sueldo de miseria y hacía trabajar día y noche. Lo sabe de buena tinta porque María había sido amiga suya. No había noche que su ama no le hiciera levantar para que le llevara un vaso de agua o una manzanilla a la cama. Y fregar con sosa caustica las escaleras y la tarima de la planta superior de la casa, -una vez se abrasó las manos y tuvo que llevarlas un tiempo vendadas-, y dar cera y pulirla, y limpiar hasta quedar relucientes los pomos de latón de las puertas, y pelar los pichones o desollar las liebres que les regalaban… y aunque se las daban de rectos y de morales más de una discusión tuvieron a cuenta de los escarceos del señorito con una joven secretaría destinada un tiempo en el banco. María había muerto de cáncer hacía seis años pero cada vez que pegaban hebra, le comentaba estas cosas que ella, a pesar del tiempo pasado y la desaparición de su amiga, recordaba como si se las hubiera contado ayer mismo.   

Eran tiempos en los que la gente más humilde tenía que hacer encaje de bolillos para salir adelante. Ella los hizo, cenó muchas noches patatas solas y se dejó la vista en la máquina cosiendo para fuera hasta que pudieron conseguir, su difunto marido y ella, un atajo de ovejas propio. Y pudo dar estudios a la única hija que habían tenido. Derecho había hecho Bea y menuda revolucionaria y feminista había salido, que no se callaba ni bajo las piedras, en eso había salido al padre y a la familia de éste. A ella le da un poco de miedo que las cosas se tuerzan y vuelvan a ser como antes. “Bobadas, mamá”, le dice  la niña riendo. “Sí, sí, déjate, torres más altas han caído”. Pero ella es la que tiene que dejarla porque no le hace demasiado caso y porque en el fondo le parece bien su carácter rebelde y comprometido, bastante tragaron ya las mujeres de su generación. 

Mientras la dependienta envuelve su compra, las oye decir: 

-Antes había normas, una moral, una rectitud, ahora no hay más que libertinaje. No tienes más que ver a la juventud. Si está excomulgada…

Está claro que no se cortan un pelo ante su presencia, muy al contrario, parece que se envalentonaran. Siempre se creyeron superiores a las demás, dueñas de verdades absolutas y siguen lo mismo.  

Paga los tres ochenta que le cuestan las cintas, alcanza la puerta, y antes de salir se gira y dice: 

 -¿Sabéis lo que os digo? Que os jodéis porque yo, con la pensión que cobro y lo poco que tengo ahorrado, vivo mejor ahora… Y eso de que la juventud está excomulgada… mentira y gorda. La juventud sí que sabe lo que quiere y, a diferencia de nosotras, actúa en consecuencia.  Adiós. 

Sin esperar respuesta se dirige a la tienda de ultramarinos que hay al otro lado de la plaza pues aún le faltan las velas, las rosquillas y los caramelos para colgar en el ramo. Pero mientras elige las velas, blancas, verdes y malvas -malva es el color preferido de la niña, malva, dice siempre, es el color que falta-, nota que las piernas le flaquean y que el corazón le late con violencia. Ella, de común tranquila, no se reconoce en lo que acaba de decir ni en la agresividad con la que lo ha dicho. Y lo peor es que ya no tiene remedio. 

Al llegar a casa sigue llena de zozobra y para distraerse se dispone a adornar el ramo. En ese momento suena el teléfono. Por la hora sabe que es su hija. Lo coge.

-¡Menudo curro! Tres casos nuevos he atendido hoy. 

Bea trabaja desde hace medio año en un departamento de violencia de género y a pesar de que a veces se queja del trabajo, realiza éste con entusiasmo y pasión.

-Ah, una cosina… Hoy me confirmaron las vacaciones de Navidad y al final podemos ir al pueblo por Reyes. Voy el sábado por la mañana y me quedo hasta el martes… Rosa viene conmigo.  

Rosa es una compañera de trabajo de su hija, también es psicóloga. Y su pareja. Se lo confesaron este verano una tarde mientras recogían guindas en la huerta. Bea y Rosa estaban subidas en el árbol y ella sostenía la cesta. Menudo disgusto se llevó. La educación recibida en su casa había sido, tal como marcaba la época, bastante tradicional y no está mentalizada para estas cosas, pero al verlas reír, tan cariñosas, y a su hija feliz, más feliz de lo que nunca había estado, lo ha ido aceptando. En el pueblo todo el mundo se acabó enterando, pues a veces iban cogidas de la mano o se daban besos públicamente sin cortarse un pelo. Ella pensó recriminarles estos gestos, decir que fueran discretas, pero no les dijo nada. Ha llegado a la conclusión de que prefiere conservar a su hija y verla feliz que perderla. 

-¿No te alegras, mamá?

-Pues claro, hija, como no me voy a alegrar, aquí os espero, y algo os dejarán los Reyes ese día cuando pasen. 

Al colgar el teléfono sigue adornando el ramo. Mientras pega la puntilla a la madera, anuda los lazos, coloca las velas y ata las rosquillas se va sintiendo mucho más animada y hasta eufórica. 

Cuando acaba lo mira a una cierta distancia. Afirma con la cabeza. Aprueba. Se aprueba.

Dice en voz alta:

-Hipócritas y falsarias, eso es lo que sois. Y tan mediocres, en el fondo.  Además, es verdad, de excomulgadas nada. Ojalá nosotras hubiéramos tenido las mismas oportunidades que la juventud de hoy día. La misma libertad para elegir.

Va a buscar unas ramitas de acebo que ha plantado en una maceta del corral, pues el locutor del programa regional también dijo que había que poner en la base algo fresco y verde para que diera suerte. Para que diera suerte, piensa ella, y porque el verde es el color de la vida, que siempre se renueva. Dice sí.  

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