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EL CARRUSEL by Macu García

Imagen tomada de Google

PUBLICADO EN LA COLECCIÓN CONTAMOS LA NAVIDAD EN 2019


La niebla violaba cada rincón de la ciudad. Era un antifaz de agua condensada, que difuminaba las formas. A Laura no le importó. Reconfortada en ese anonimato, leía con sus pies las grietas del enlosado en un ejercicio de imaginar las vidas de otros zapatos.

El frío penetraba por las costuras de su abrigo. Se instaló avasallador en sus huesos y aguijoneaba su carne con alfileres de hielo. Su gorro de estilo ruso tampoco era capaz de frenar el gélido ataque de la cencellada que teñía de un color níveo su tejido negro. Pero a pesar de ello, el recién estrenado invierno era su estación preferida, la que devolvía a su paladar los sabores a algodón dulce, mazapán y chocolate de su infancia.

La Navidad vomitaba su comercial esplendor en los escaparates de las tiendas que encontraba en su recorrido. Espumillón, colores rechinantes y nieve artificial adornaban las vitrinas en una clara invitación al consumo y a una felicidad fingida. Algunas partes de la calle mercantil habían sido alfombradas de rojo, bajo el embaucador pretexto de decorar de ventura y prosperidad las grises existencias de quienes la pisaban. Mientras, una música atronadora, de ritmos repetitivos y exceso de campanillas, atacaba sin piedad sus oídos.

Los anuncios publicitarios vendían días entrañables. Aquel era un mensaje falaz, que mostraba un abanico de inalcanzables promesas de compañía y festejos para lobos solitarios.

Para Laura, este periodo era un tiempo de añoranza. Una sobredosis de realismo que los inmisericordes avisos navideños convertían en una hazaña imposible, el deseo de olvidarse de esas jornadas festivas.

El olor a castañas asadas traicionó sus propósitos de ignorancia, y la catapultó sin permiso a sus primeros años de vida. Le asaltaron los recuerdos de su infancia, los momentos irrepetibles, las ausencias; y, con ellas, el rostro de su padre. Y esa imagen parió una lágrima.

Laura aún recordaba la calidez de la mano de su progenitor, abarcando la suya cuando paseaban por la Plaza Mayor. Era un intento de transmitirle sensaciones de paz y bienestar acordes con el ambiente navideño. Ni siquiera el tiempo que llevaba muerto le había permitido olvidar ese tacto amoroso. El desfilar de las hojas del calendario no había suavizado ni un ápice el dolor de su ausencia.

La ciudad estaba agazapada entre sombras que apenas desvelaban las luces amarillentas de las farolas que laceraban la oscuridad. Era en esa penumbra donde ella encontraba acomodo para su soledad, y se sentía serena. Laura tenía desde niña preguntas que aún permanecían sin respuesta, y ahora le urgía encontrar una contestación a esos interrogantes infantiles.

Todo empezó un lejano mes de diciembre, tras la prematura muerte de su madre. Para calmar el desconsuelo de la pequeña, su padre le propuso subir al carrusel que instalaban en la Plaza Mayor. El único fin que perseguía era provocar un amago de sonrisa en su rostro de niña, un rictus amable que borrara el mar de lágrimas derramadas por la maternal ausencia.

Le alivió montar en la enorme plataforma giratoria, sembrada de figuras talladas en madera y pintadas con vivos colores, que cobraban vida en sus subidas, bajadas y giros. Laura se decantó por un carruaje de princesa de color dorado y malva, huérfano de corceles. Sentada sobre un mullido cojín de terciopelo púrpura, el mundo tomó en su vertiginoso movimiento unas formas diferentes que le permitieron olvidar su orfandad por unos instantes.

Aquella primera vez que subió al carruaje, mientras cerraba los ojos para detener un vahído, sintió la mano suave y liviana de su madre acariciando su carita. Cuando volvió a abrirlos, el azar, generoso ante su pena, había depositado a su lado un sobre de color ocre donde figuraba su nombre. El sobre contenía una epístola que le devolvió la confianza y la sonrisa. Era su celestial regalo de Navidad.

Cuando recordaba el carrusel, siempre arañaban su memoria las pretéritas promesas incumplidas de su padre de montarla en el más grande del universo, instalado en una ciudad de Dinamarca de nombre impronunciable. O en el más antiguo, ubicado en la bohemia Praga. Sin embargo, y muy a su pesar, su padre nunca pudo salir de su ciudad. Para él, el mundo fue un territorio prohibido por las leyes matemáticas que le impusieron sus escasos recursos.

Pero Laura, con el devenir del tiempo, lo comprendió; y no necesitó otros carruseles. Le bastaba con el que conocía. Ese improvisado buzón navideño, donde cada veinticinco de diciembre encontraba un nuevo regalo.

Con el transcurso de los años, la razón se impuso sobre la inocencia; y Laura estuvo segura de que era su padre quien, conchabado con el dueño del tiovivo, depositaba la particular misiva. Para no devaluar el esfuerzo ni herir su ilusión, y a pesar de que los años cargados a su espalda le arrebataron la ingenuidad, cada mañana de ese día singular acudía, acompañada por su progenitor, a la mágica cita, y compartía con él el entusiasmo, fingido las más de las veces, por conocer las palabras rubricadas en el papel.

Hacía unos meses que la parca se lo había llevado, exhausto y desmadejado. Laura pensó que, con su muerte, el correo se interrumpiría. Pero aun así, en honor a su memoria, esa Navidad se propuso acudir también a la tradicional convocatoria.

Aunque tenía la cuarentena pisándole los talones, se sentó, como si fuera una niña, en el carruaje de princesa, que conservaba su ajado cojín de terciopelo púrpura. Antes de que el carrusel se pusiera en marcha, fijó la vista en los rostros de los padres que contemplaban embelesados a sus hijos. Luego su mirada se perdió en las formas inmóviles de los edificios encastrados en la plaza, y en el titilar de las luces que decoraban la atracción. Cuando por fin el carruaje huérfano de corceles se puso en marcha, abriéndose paso entre una nebulosa que daba origen a formas fantasmagóricas, se dispuso a evocar de nuevo paraísos olvidados.

Llegado un momento indeterminado, cerró los ojos y se permitió la premisa de soñar. Para su sorpresa, una mano suave y liviana le acarició el rostro con la más amorosa ternura; a la vez que sentía sobre su guante derecho una calidez reconocida y protectora. No quería ni mirar, ni despertar de esa familiar acogida. Pero cuando el carrusel detuvo su movimiento, la apertura a la vida fue inaplazable. Con asombro, comprobó que allí estaba el sobre de color ocre con su nombre escrito con la reconocida caligrafía de letras redondeadas de los años anteriores. Sin permiso para echar el freno al discurrir de las horas tristes en el reloj de la vida, descendió del carruaje, despegó con sumo cuidado la solapa y, sin poder atajar el temblor de sus manos, extrajo con delicadeza el papel que contenía, una Navidad más, su inquebrantable mensaje de amor.

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