Archipielago

Limpieza General by Fer Alvarado

Introducción:

En muchas ocasiones intentamos silenciar a nuestros monstruos, encerrarlos y guardarlos en algún lugar recóndito en el que creemos que no volveremos a verlos. Pero ellos permanecen ahí, se unen y se acumulan haciéndose cada vez más y más fuertes siendo la única solución posible el enfrentarse a ellos, comprenderlos e intentar saber qué hacen con nosotros y en qué nos influyen. Es lo verdaderamente efectivo para superar nuestros miedos y no el acumularlos en los rincones dónde nunca miramos.

En este relato he vuelto al tono humorístico que llevaba tanto tiempo sin usar. El reír es un gran paso para la aceptación de uno mismo y para poder superar a todos esos monstruos que nos acechan.

Espero que os guste y, como siempre, estaré agradecido de compartir opiniones y comentarios:

Limpieza General

—Disculpe señor, ¿sabía usted que está guardando sus monstruos en el armario?

La pregunta me cogió totalmente desprevenido. No esperaba que aquella señora más ancha que alta, de brazos rechonchos que eran atraídos hacia el suelo como si fueran puentes colgantes, hubiera conseguido encontrar mis monstruos tan fácilmente.

—Lo peor de que se escondan ahí es que se pegan a la ropa y, luego, dejan un olor horrible, algo así como a cerrado, ¿no se ha dado usted cuenta de lo mucho que le apestan los jerséis? —Continuó aquella mujer sin esperar siquiera a que le respondiera—.  Puedes poner bolas de naftalina, echar pulverizadores, espráis desinfectantes,…, pero no hay manera de que se vayan. Siguen ahí desprendiendo ese tufo a inseguridad, a complejo de Peter Pan, a inferioridad,… Y no es por nada, pero a usted no le falta ni uno. Parece que se ha dedicado toda su vida a coleccionarlos y a guardarlos todos ahí, entre el cajón de los calcetines y el de las camisas limpias. Y como soy una mujer de educación tradicional, no quiero decirle nada del complejo que tiene guardado en el cajón de la ropa interior pero, tranquilo, ese será un secreto profesional que quedará entre usted y yo.

—Oiga —le repliqué con el rostro enrojecido—. ¿No puede dedicarse a limpiarme las ventanas como todas las señoras de la limpieza y dejar de husmear entre mis psicopatías?

—¡Por supuesto que no! —Me gritó elevando la voz de tal forma que vi como mis monstruos se asustaron resguardándose en lo más profundo del armario —. Soy toda una profesional y, si me ha contratado como limpiadora, pienso airearle el hogar hasta que quede  impoluto. Libre de ácaros y de complejos, ese es mi lema.

Se dirigió al balcón, abrió las ventanas de par en par y, escoba en ristre, como si de un arma afilada se tratara, se colocó en la puerta del armario.

—Venga, iros pitando de aquí. Os quiero fuera en menos de dos minutos. Nada de esconderse bajo la alfombra o escabullirse entre los cojines del sofá que me conozco todos vuestros escondrijos.

Todos y cada uno de mis monstruos comenzaron a salir cabizbajos en un extraño desfile de seres deformes de cabezas gigantes y extremidades asimétricas. Algunos eran muy pequeñitos y andaban dando saltos como si, de alguna manera, quisieran llamar la atención; otros, ladeaban la cabeza evitando ser vistos, hasta el punto que uno de ellos se chocó contra la cama en su intento de  huir por el balcón. Y así, uno a uno, se marcharon de casa dejando en la habitación un aroma de seguridad en mí mismo que nunca había llegado a sentir.

—Y no se preocupe de que vuelvan. Al pasar he visto el tamaño desmesurado del coche de su vecino y creo que con él sus complejos van a encontrar un hogar por largo tiempo.

Aquella señora de escoba alzada y pañuelo morado en la cabeza se marchó con un fuerte apretón de manos que acompañó de un guiño a modo de despedida. Cerré la puerta tras ella y fui hacia al armario para asegurarme de que no había quedado complejo alguno escondido entre los rincones. No había más que ropa limpia, aireada y fresca que estaba libre de polvo, suciedad y complejos. Pero, cuando iba a irme, me sorprendió ver que, donde antes se escondían mis miedos, había ahora una tarjeta del mismo color morado que el pañuelo de aquella singular limpiadora en la que se podía leer:

“Si limpio de monstruos quiere estar, la televisión debe dejar, sentarse a leer un libro cada ocho horas y un paseo diario matinal. Siguiendo estas instrucciones, parándose de ven en cuando a reflexionar y, con alguna limpieza general, en menos que canta un fauno, feliz y contento estará.”

Fer Alvarado

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