viernes, septiembre 4 2026

La coreografía de la longevidad: el nuevo lenguaje de nuestras ciudades

                                                                                                    La coreografía de la longevidad: el nuevo lenguaje de nuestras ciudades

Avelino Muleiro

“La ciudad es un discurso y este discurso es verdaderamente un lenguaje”

(Roland Barthes).

 

​Observamos cada día cómo el paisaje urbano se ha ido transformando notablemente. Y no solo el paisaje, también el paisanaje. Calles, plazas y parques se llenan de sillas de ruedas, cochecitos de bebé, andadores y motores eléctricos. Más allá de los cochecitos de bebé o los carros de la compra, vemos el aumento de una gran variedad de dispositivos móviles de asistencia que refleja una realidad social protagonizada, principalmente, por personas mayores que buscan mantener su autonomía y por jóvenes en proceso de recuperación tras algún accidente. Lejos de ser obstáculos urbanos, son estampas itinerantes que expresan el tesón y la tenacidad humana.

Cada silla de ruedas motorizada o pilotada por el propio usuario o por un cuidador o cuidadora es una victoria innegable de la tecnología, de la psicología y de la sociología sobre la edad y las enfermedades. Cada andador que avanza, aunque sea lentamente, por el parque, por una cafetería o por la plaza es el testimonio de una longevidad que se niega a quedarse encerrada en casa. Hubo un tiempo en que envejecer y perder movilidad significaba recluirse en el hogar, y el contacto con el exterior se limitaba a ver pasar los días desde un balcón o una ventana.

Ver nuestras calles atascadas por esta diversidad de ruedas es, en el fondo, un motivo de júbilo. Es la prueba de que nuestras ciudades están vivas, pobladas por ciudadanos que reclaman su derecho a circular, a encontrarse y a habitar el espacio público sin importarles cómo se desplacen sus pies, que por lo general van agotados.

Estamos asistiendo a la coreografía de una sociedad que ha decidido establecer que la enfermedad o los años no son motivos de retiro, sino nuevos ritmos de vida y momentos diversos de marcha. Esa es a mi parecer una verdadera lectura del lenguaje de nuestras ciudades actuales a que aludía Barthes. La ciudad ya no es solo territorio de coches y motos. Basta con mirar el vaivén diario para notar la irrupción de los nuevos vehículos de movilidad personal, ese flujo constante de ruedas pequeñas que reclama su espacio con la firme intención de quedarse.

No hay duda de que estamos siendo testigos de una revolución de la longevidad que ha tomado las aceras, los parques y plazas por asalto. Lo que antes era un retiro silencioso entre cuatro paredes se ha convertido hoy en un desfile de autonomía y de reivindicación. Es fascinante ver cómo los andadores y las sillas motorizadas han redibujado el paisaje urbano, permitiendo que quienes han vivido ocho, nueve o incluso diez décadas sigan siendo dueños de su vida. Bien es cierto que muchos de estos dispositivos son pilotados por familiares o cuidadoras y cuidadores responsables.

La socialización de las pequeñas ruedas

Confieso que soy de los que disfrutan observando el fluir de la vida y me gusta entablar conversación con quien sea, conocido o desconocido. Hace unos días, al salir del portal de unos amigos, me crucé con dos señoras mayores en silla de ruedas, atendidas por su cuidadora. Con una naturalidad y franqueza que otorgan los años, me detuvieron para preguntarme por Agustín y Águeda, un matrimonio del segundo piso. Estaban preocupadas porque hacía días que no los veían en sus andadores por el barrio. Como yo no vivo en el edificio ni conozco a esas personas, les sugerí que su cuidadora llamase al timbre. Tras unos segundos, la voz de un chico joven les trajo la calma: “Mis abuelos están bien. Han ido a pasear por la zona del Alcampo”. De inmediato, dieron instrucciones a su cuidadora para ponerse en marcha hacia el encuentro de aquellos amigos que, según me informaron, habían conocido en uno de sus frecuentes paseos por el barrio.

Este episodio confirma que el simple acto de salir de casa deja de ser un desafío estéril para convertirse en una oportunidad de integración. El impacto social es incalculable, porque el reencuentro con el otro genera interacción y sociabilidad. Las personas se sienten parte activa de la sociedad.

La visión filosófica de la rebelión de la movilidad

Es empíricamente obvio que la mayoría de los usuarios de estos dispositivos itinerantes son personas mayores, muchas de ellas con problemas de movilidad. Pero el mero hecho de que la persona con problemas de movilidad salga de casa, le impide desprenderse de los vínculos comunitarios, protege su bienestar psicológico y físico, además de aportar a la sociedad sus valores y experiencia.

Los constantes paseos de estas personas por la ciudad ofrecen la imagen de una sociedad que no solo ha logrado añadir años a la vida, sino también movimiento a los años.

         En su obra De Senectute -Sobre la vejez-, Cicerón nos presenta una visión sorprendentemente optimista. Argumenta que la vejez no es una carga, sino una etapa de autoridad y sabiduría. Refuta cuatro quejas que suelen atribuirse a la vejez: la falta de actividad, la debilidad física, la privación de placeres y la cercanía de la muerte. Su tesis sostiene que, si uno cultiva el espíritu y la mente, la vejez es el momento de mayor dignidad (auctoritas).

​         Séneca describe la vejez en su libro De Brevitate Vitae y en sus Epístolas morales a Lucilio señalando que la vejez no es un problema, sino una preocupación de cómo hemos malgastado el tiempo previo. Si se vive de acuerdo con la razón, la vejez es la cosecha de una vida bien empleada, por eso no hay que temer a la muerte, pues la vejez es simplemente el final del acto.

El filósofo italiano Norberto Bobbio ofrece una visión mucho más sombría que la de Cicerón y de Séneca. En su libro De Senectute escribe sobre la vejez desde su propia experiencia de longevidad. Considera la vejez como una etapa de melancolía y de conciencia sobre las promesas no cumplidas y se centra en la pérdida de los amigos, del mundo familiar y de la capacidad de entender las nuevas tecnologías o lenguajes sociales. Pero pienso que la revolución actual de la movilidad refuta su pesimista teoría.

En esa misma línea pesimista se ubica Simone de Beauvoir, quien en su obra La vejez, ofrece una crítica feroz de la vejez, enfocándola en la dimensión social y política. Denuncia que la sociedad capitalista deshumaniza a los ancianos porque ya no son productivos. Utiliza el término otredad para explicar que la vejez es una categoría del “otro” que nos negamos a reconocer hasta que estamos en ella. Beauvoir reivindica una llamada a la justicia social y a dejar de ignorar la «conspiración de silencio» que rodea al envejecimiento.

Coincidiendo con Simone de Beauvoir en su denuncia al capitalismo por la deshumanización a la vejez por falta de productividad, pienso, sin embargo, que son los propios ancianos con problemas de movilidad los que, al margen de la política, invalidan por propia voluntad la tesis beauvoiriana, utilizando sus dispositivos itinerantes de movilidad.

​       Es, sin embargo, el filósofo francés Henri Lefebvre quien acuñó el término “Derecho a la Ciudad”, tratando de explicar que el Derecho a la ciudad no es solo el derecho a estar en ella, sino a transformarla.

Cuando vemos grupos de personas con movilidad reducida reclamando espacio frente al coche, están ejerciendo este derecho. La ciudad debe adaptarse a las personas, no las personas a la ciudad. Lefebvre explica que el derecho a la ciudad no puede concebirse como un simple derecho de visita o de retorno a las ciudades tradicionales. El derecho a la ciudad solo puede formularse como un derecho a la vida urbana, transformada, renovada, adaptada. El derecho a la ciudad no es simplemente el derecho a acceder a lo que ya existe en ella -los servicios, las calles, los parques, los edificios, los semáforos-, sino el derecho a cambiar la ciudad de acuerdo con nuestras necesidades y deseos.

Lefebvre argumenta que la ciudad debe ser para vivirla, no solo para hacer negocios con ella. Por eso reivindica el desfile de andadores, de sillas de ruedas, de carritos, de cochecitos de bebés, de grupos marginados- ancianos, personas con discapacidad, trabajadores…- para recuperar el centro de la ciudad, del cual son a menudo expulsados por el tráfico, las vallas publicitarias, los contenedores, los bancos, etc.

Como bien explicaba Barthes, la ciudad es una escritura colectiva que se va construyendo y descifrando a través de la historia y del uso que hacen de ella sus ciudadanos. La ciudad nos habla con un lenguaje propio, que se esconde entre el entorno y sus habitantes, y que no deja de retarnos cada día. ¡Es parte del carrusel de la existencia!

 

 


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