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Atajo by Fran Arge

Resopló recogiendo fuerzas para adentrarse en esa callejuela que de pequeña le habían dicho que no entrase. Sandra sabía que no tenía elección, era el atajo perfecto para llegar a tiempo a su primera cita. La indecisión de lo que ponerse, la había llevado a ir justa de tiempo. Contó hasta tres y dio el primer paso, luego el segundo y así hasta adentrase en ella. El sonido de las calles principales se fue ahogando como si entrase en un refugio. La luz del día se hacía más tenue y los olores a especies alertaron sus sentidos. A cada paso esperaba que algo sucediera. Pero a cada paso descubría algo diferente. Tendederos llenos de vida, con prendas de ropa que anunciaban la vida secreta de los que allí vivían. Un solar abandonado, como el punto de reunión de ancianos que conversaban y niños descalzos que jugaban y que la saludaban con un gesto amable o con una inocente sonrisa. En los bajos de un pequeño local descubrió una improvisada biblioteca donde algunos pequeños aprendían a leer y escribir, también un pequeño taller mecánico y una tienda que vendía un poco de todo. De pronto, sus latidos se calmaron como un mar en calma. Sin darse cuenta y sin peligro, había llegado al otro lado de la callejuela hasta el gran bullicio. Se giró y observó con los ojos entornados ese lugar tan peligros que deseaba volver. Tuvo claro que a partir de ese mismo momento, seria ella quien elegiría sus miedos.

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