Recuerdo una mañana gris, llena de agua. La lluvia, por la tarde, había sido tan espesa que costaba respirar. Aquella noche no me dormí hasta la tantas, dando vueltas y más vueltas mientras el Ebro se hinchaba; durante el duermevela lo oía rugir como una fiera enjaulada, la lluvia repiqueteando en la techumbre. La aurora apagó la tormenta. Cuando desperté, arreciaba el vendaval. Mi abuelo ya no estaba y mi madre acababa de preparar la cesta con la comida. Acompañando a mi padre en aquella mañana plomiza, de cielo bajo y poca luz, me acerqué hasta el embarcadero. El río parecía una comadreja; brincaba y se revolvía, sucio de barro, royendo las orillas. Los laúdes temblaban, las amarras tensas como las riendas de un caballo asustado que pugna por escapar. Los patrones fumaban en corro, preocupados. Ninguno apartaba la vista del agua.
—Así no se va a ninguna parte —oí decir a uno.
—Es una locura. Ni el diablo se metería en ese caldo.
—Pues va a seguir subiendo —apuntó un terce-ro—. Parece que por Zaragoza están cayendo chuzos de punta.
—Habrá inundaciones, seguro.
Mi padre no despegaba los labios. Me puso una mano en el hombro y seguimos adelante.
—¿Es que vais a salir? —le pregunté, levantando la vista.
Él se encogió de hombros.
—El patrón es tu abuelo, Clemén.
La mula del Espiadimonis coceaba, se negaba a comer el pienso que le ponía Montoro, el sobrino del tío Angulo. Los demás animales tampoco es que se mostrasen más tranquilos: cabeceaban, tirando del ronzal, se sacudían y lanzaban gemidos lastimeros. El bramido del Ebro, ensordecido por las paredes de las cuadras, se colaba de la mano del viento con ecos amenazantes. Montoro juraba en hebreo. Era un tipo petiso, tostado, con algo de fauno, las piernas cortas, como inacabadas o acabadas antes de tiempo, que iban a dar en unos pies rebotudos, sucios de barro. Caminaba inclinado hacia delante por culpa de la columna, torcida como una interrogación, con una joroba incipiente que le empujaba el cuello hacia un lado y le hacía mirar torcido. Su cabeza parecía el corcho mal metido de una botella. Montoro siempre olía a vino. Cada día hacía tres que no se afeitaba. Alrededor del iris amarillento flotaban filamentos sanguíneos. Cogió fiebres en Ceuta, en la cuenca del arroyo de Calamocarro, y desde entonces tomaba quinina. De su deshonroso y breve paso por Marruecos guardaba además la cojera de una bala perdida que le destrozó el menisco y un puñado de tatuajes desvaídos y zafios. Todos sabían que Montoro era un gandul, un holgazán incapaz de pilotar una cabra por una cuesta, y mi abuelo estuvo más de una vez a punto de tirarlo por la borda. Si no lo hizo, fue por la vieja amistad que le unía con el tío Angulo.
—Puto bicho —gruñó, refiriéndose a la mula—. Ni para el matarife sirve.
Sopló con fuerza, sonándose uno a uno los agujeros de la nariz.
—¿Salimos hoy, Martín?
Era la voz de Carballo. Me giré y lo vi sentado en una pila de sacos, liándose con parsimonia un cigarro. También el jorobado se volvió hacia mi padre.
—¡Joder, traga de una vez! —exclamó, soltando una ristra de improperios—. Malditas las ganas que tengo yo de romperme la crisma con este tiempo d-de mil pares de…
—Ni tú ni nadie, porrón, pero a ti a lo menos te amortigua la joroba, te sirve de almohada. —Carballo, hijo de gallegos nómadas y malaventurados, parecía un chopo al borde del río. Aceptaba con un encogimiento de hombros lo que le salía al paso, fueran sequías o pedregadas, y bromeaba continuamente con el otro peón—. ¿Viste el río?
Mi padre se acercó a los sacos. El gallego le ofrecía tabaco.
—Vengo con el chico de echarle un vistazo. —Carballo se hurgó en los bolsillos y sacó un higo para mí. Siempre me gustó aquel hombre erguido y pulcro, con las uñas recortadas, las manos limpias, que solía andar con higos tiernos por los bolsillos—. No tiene buena pinta, la verdad es que no.
Los hombres callaron unos segundos, y durante el silencio, el chillido del cierzo se enseñoreó por la estancia. Era un ruido como de aserradero, que hacía rechinar los dientes y excitaba a los animales. Descorazonaba al más pintado, hay que reconocerlo.
—Pues más vale que nos encomendemos a todos los santos.
Los peones miraron de reojo hacia un rincón, los tres a un tiempo, como puestos previamente de acuerdo, hacia un bulto de buen tamaño cubierto con tela de saco en el que no había reparado al entrar. Montoro guiñó aquellos ojuelos suyos un tanto estrábicos, llenos de malicia; no podía dejar de retorcerse las manos.
Me acerqué a mi padre con la boca llena de higo y le pregunté:
—¿Qué es eso?
Oí un gruñido a mi espalda, un bufido. No sé muy bien si fue la mula o Montoro.
—Es una estatua, Clemén. Un Santo Cristo. Lo han bajado por el Martín desde Híjar…
—Y ahora nos toca a nosotros llevarlo a Fayón, con el resto de la carga.
Otro gruñido. Esta vez sí que parecía un relincho
—M-maldita la gracia que me hace a mí llevar…
—Tú no llevas nada, porrón, que lo carga el barco. Además, poco va a molestarte. Pasajeros como este son de los que no arman jaleo.
—¡Blasfemias, encima! —se escandalizó Montoro, santiguándose—. Así, así vamos bien.
Mi padre se levantó, con el cigarro en la boca sin encender y el chisquero en la mano. Me dio un empujoncito y dijo a los otros:
—Me vuelvo al muelle…, mi suegro andará por ahí.
Salimos. El viento seguía a lo suyo y nos costó desandar el camino. Mi abuelo, entre tanto, había llegado al embarcadero, como suponía mi padre. Aquel viejo esturión siempre me causó un hondo respeto. Lo admiraba por su coraje, aunque creo que nunca llegué a conocerlo del todo. Era un hombre de pocas palabras, se le habían contagiado las maneras del río. Escrutaba la superficie en silencio, inclinado hacia delante, las manos en la espalda y la pipa en la boca. Pensé en aquel momento, y lo pensaría más veces, que él miraba la crecida como quien se mira en un espejo. El Ebro y él, después de tantos años de encuentros y fatigas, se veían el uno al otro como compañeros, rivales veteranos de los que conocen las virtudes y los defectos mutuos, y se respetan hondamente. Cada vez que el patrón del Espiadimonis oía rebullir las aguas, se entregaba a su oficio con cada fibra de su cuerpo, como el árbol que, a pesar de la edad y del tiempo, continúa reverdeciendo cada primavera. Años después también yo sentiría esa euforia que te arrastra hasta el río, que mezcla el desafío con el miedo, ensoberbeciendo a los unos y volviendo a los otros más juiciosos de lo que eran, que transforma los arabescos de la superficie pintados por el sol y sombreados por la brisa en señales de alarma, que hace de las aguas el libro más maravilloso y absorbente escrito por los hombres en alabanza de los dioses antiguos, esos cuyos nombres y ritos se perdieron con el tiempo. Deslizarse a toda velocidad por el río cuando viene de crecida, camino de Mequinenza, y el laúd se vuelve elástico bajo los pies como un junco, o cuando los remeros se despellejan las manos a contracorriente, pequeñas olas cabrilleando pintadas por el sol, el viento te acaricia el rostro, te embolica la cabeza como una borrachera. Otras veces el timón se enfurece y se rebela, te golpea; los hoyuelos a ras de agua que se abren en abanico pueden ser pequeños arrecifes o bien un banco de arena donde lo más fácil es encallar y dejarse el barco. El viejo escuchaba lo que el río tenía que decirle. También yo, años después, lograría descifrar una parte de sus secretos, de los que el río siempre se mostraba tan celoso.
Pasaron un par de minutos. El cielo jugaba con la luna y ocultaba el sol, sombrío de tormenta. El tío Marcial, mi abuelo, llamó a mi padre. Se le acercaron otros patrones, y las palabras fueron creciendo hasta convertirse en una discusión. Mi abuelo no decía nada. No he conocido a hombre más terco que él; si algo no le interesaba, se volvía sordo como una tapia, ya podías gritarle en la oreja hasta quedarte ronco. Ahora bien, si el asunto le convenía, oía bisbisear a las hormigas. Mi abuelo no despegaba los labios, pero parecía decir todo lo que tenía que decir en silencio.
Alguien perdió los nervios:
—¡Eres del mismo pellejo del diablo! ¡Te vas a matar tú y lo peor es que vas a dejar a tu hija s-sin…!
Tenía el rostro congestionado. Otro patrón le tiró un codazo, señalándome con un gesto la cara. Entonces volvieron a los secreteos, aunque de vez en cuando despuntaba alguna palabra suelta, un juramento entre dientes.
Continuará…
Descubre más desde Masticadores
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
+ There are no comments
Add yours