Fueron los Dioses o la propia naturaleza
la que no quiso, que el hombre desde su origen
tuviera igualdad al nacer.
No quiso que sus caminos fueran llanos
y sus flores sin espinas.
Que los mares fueran para admirarlos,
y no para sembrarlos de cruces invisibles
que advierten de las almas,
que en sus profundidades aguardan,
para resurgir y caminar sobre sus aguas.
Que los vientres en vez de llenos,
resuenen sus vacías entrañas
y nos atruenen a todos con tanta hambre mal hallada,
habiendo mieses,
para cubrir el mundo y saciar tanta gana.
Que la sangre de inocentes
regase las veredas que tan bellas
pasean de la mano,
aquellos que se creen diferentes.
Diferentes parideras, sí, los trajeron al mundo.
Diferentes para morir unos y vivir otros por nuestro origen.
Diferentes para sentir hambruna tantos y hartazgo los menos.
Diferentes para sentir los dolores del planeta
que grita los horrores y qué sordos son algunos.
Diferentes para regar tierras con sudores
que arrasan cual tormentas y otros que sin esfuerzo
recogen lo que creen suyo.
Diferencias tales, que no parecemos raza,
sino humanos cargados de la avaricia,
que al nacer nos sembraron.
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