Moon CTY Capítulo primero por Carlos Cubeiro

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Una fuerte tormenta de arena la había desviado de su rumbo inicial, dejándola a la entrada de aquella extraña ciudad de oscuras casas de madera y en la que tan sólo habitaban medía docena de personas, todas ellas de avanzada edad y que no tardarían en marcharse más de una semana hacia un lugar más poblado.

Durante los dos primeros meses, tiempo que ella empleó en rehabilitar el único hotel de aquella ciudad fantasma nadie se acercó ni siquiera a preguntar por algún camino. Ni las alimañas merodeaban por allí en busca de sustento.
Monique había abandonado su ciudad natal, París para encontrar un lugar alejado de todo en el que pudiera montar su propio negocio y vivir plácidamente y sin contratiempos. Lo habían hablado de una pequeña villa en medio del desierto de Chihuahua por dónde pasaba una ruta de diligencia, el único medio de transporte de viajeros que se aventuraba por esos lugares. Subida en su carro tirado por Furia y Manso se había propuesto encontrar ese lugar del que le hablaran o cualquier otro.

Cuándo Monique apareció en aquella ciudad fué cómo un flechazo a primera vista y el hotel, el lugar ideal para su nueva vida. No le importaba si alguien tardaba en pasar por allí, sus finanzas en aquel lugar desértico la mantendrían unos cuantos años, aún después del arreglo de su “ Gran Hotel Lune Blanche”. Así lo llamaría, quizás por influencia de su origen francés. En la tienda ahora vacía tenía todo lo que podía necesitar y en caso de escasez de desplazaría a la ciudad más próxima. En ella también había encontrado la vestimenta adecuada para ponerse al frente del negocio. Camisa a cuadros rojos y negros, unos tejanos y un sombrero negro con cinta de cuero rojo. Nada le preocupaba a la joven y bella Monique de ojos azules y larga melena rubia.

Moon City era la ciudad ideal y sólo para ella, quizás más adelante pudiera cobrar vida vida de nuevo con nuevos moradores. El polvo amarillento envolvía aquella mañana la ciudad, el viento casi huracanado trasladaba de lugar los objetos que pudieran parecer estables acompañando a toda clase de arbustos. Moon City, era uno de esas poblaciones alejadas de todas partes.

Uno de esos días en que se hallaba más animada decidió colocar a la entrada de la ciudad un enorme cartel con el siguiente texto: “ Bienvenidos a la hermosa y pacífica Moon City, ciudad en la que hallará el mejor hotel en mil kilómetros: el Gran Hotel Lune Blanche”.

La decisión de Monique de situar a la entrada de la ciudad el letrero acababa de surtir efecto. Con cierta dosis de asombro e incredulidad, vio cruzar la puerta a su primer cliente. Era un hombre alto, muy alto y fuerte. Tenía la piel curtida por el sol desértico. Sobre sus cabellos grises, un sombrero negro bordeado con monedas plateadas. A la
cintura y sin funda un revólver con cachas de oro. Su rostro sombrío, la mirada penetrante y el gesto amargo hacían desconfiar a cualquiera de sus verdaderas intenciones al entrar en el local y Monique no iba a ser menos.

Era su primer cliente desde la apertura del hotel y estaba dispuesta a atenderlo lo mejor posible a pesar del su siniestro aspecto. Caminando despacio y mirando a uno y otro lado se fue acercando al mostrador. Monique notó en él un imperceptible gesto de extrañeza. Suponía y con acierto que el recién llegado no esperaba encontrar a una
mujer tan joven al frente del establecimiento. Hacía varios años que no visitaba la ciudad, pero recordaba que lo regentaba un viejo amigo suyo. También que la ciudad aún tenía cierta vida. Whisky, tráigame una botella de Whisky, tengo mucha sed. Éstas fueron las escuetas y únicas palabras que pronunció el hombre en el tiempo que permaneció apoyado y sujetando la botella. Dejó unas monedas y con la misma calma que había entrado así también desapareció. Monique salió a la puerta para ver cómo aquel hombre se alejaba sin dejar tras de sí más huellas que las de su caballo blanco.

No se explicaba como podía haber personas tan raras y siniestras. Ella era mujer de buena educación y modales exquisitos, que a pesar de llevar varios años fuera de su país y haber visto gente de todo tipo y condición no se acostumbraba a algunas actitudes especialmente contrarias a su forma de ser. De todas formas ahora que
estaba sola debía hacerse fuerte y evitar mostrar temor ante los personajes que fueran apareciendo, de lo contrario estaría perdida.

Para su sorpresa, el primer cliente regresó de nuevo y esta vez acompañado. En el espejo que había detrás de las botellas se reflejaba la figura de cuatro hombres, uno de los cuales le resultaba bien conocido. Este saliera sin duda en busca de los demás, sabiendo que al no haber gente nadie los reconocería estarían tranquilos. No hizo falta
que le pidieran el Whisky, ella misma se anticipó y les puso cuatro botellas en la mesa más alejada de la entrada. Uno de aquellos hombres, el que parecía más joven y aseado se levantó y fué al encuentro de Monique. Señorita, ¿tendría un puro por favor?

Dijo éste dejando a Monique gratamente sorprendida por sus muestras de amabilidad, sin duda era muy distinto a los otros. Charly, deja el puro y ven a recibir tu paliza diaria a las cartas le dijeron. Así supo la muchacha el nombre del joven. El sombrero marrón que nunca abandonaba ocultaba su calva, su tez morena declaraba muchas horas de
sol. Su mirada en aquellos ojos castaños tan particulares hablaban favorablemente de él. Hablaban y hablaban en voz baja, lo más probable de algún plan especial que estaban ideando. El viento había llenado los cristales de polvo amarillo, pero ahora comenzaba a remitir. Durante bastante tiempo permanecieron los cuatro en el local, terminando una botella tras otra, luego atravesaron la calle hasta la antigua oficina del sheriff y allí permanecieron hasta la hora de la cena. Desde la ventana más grande los podía ver reunidos en torno a una mesa. Monique salió y limpió el polvo acumulado para poder ver con claridad lo que tramaban. Se sentía en cierto modo dichosa pues tenía clientes y era muy posible que quisieran pasar la noche en el hotel. No parecía que tuvieran prisa por nada y menos por abandonar la ciudad. Mientras se dedicaba a adecentar la fachada colocando unos bancos con cojines de tela a cuadros no dejaba
de observar las actuaciones de sus clientes. No se fiaba de ellos, le parecía que al menos Billy y Jack tenían algo que ocultar. A veces escuchaba voces airadas que luego se calmaban. Mientras así fuera no habría problema. Dándole la espalda a la luna llena entraron de nuevo los cuatro. Charly se adelantó unos pasos y se dirigió a Monique, cómo ella suponía para pedirle alojamiento al menos por esa noche. Subieron a las habitaciones las sillas de montar y luego regresaron al salón a seguir jugando y bebiendo. Charly se acercó de nuevo a la joven hostelera y con su tono habitual
preguntó¿ Señorita, podría ser tan amable de preparar algo para cenar?. Monique, en el tiempo que llevaba allí ya se había hecho con los fogones, además había aprendido mucho de los últimos moradores antes de que estos se marcharan. Así pués la respuesta al joven Charly fué afirmativa. Sí claro, ¿Cómo no? Enseguida se la preparo.
La luna iluminaba parte de las mesas y un piano de pared que había en un extremo del local. La lámpara de araña del techo ayudaba a crear un ambiente singular. Charly no pudo evitar sentarse frente al instrumento. De él comenzaron a elevarse infinidad de notas que llegaron a los oídos de Monique en la cocina. No podría ser otro que Charly y
así era. Mientras se asaba la carne, se asomó para escuchar aquella melodía que le resultaba tan conocida y de la cuál no recordaba el nombre. Así, ya sé, se dijo ella en silencio, es “ para Elisa” de Beethoven.

¡ Deja eso y ven! Le gritó Jack con su voz áspera y síntomas de embriaguez.

¡ Ven, deja de aporrear ese cacharro! Vociferó aquel con la voz más alterada. Parecía no estar acostumbrado a que no le obedecieran a la primera. Un fuerte estruendo provocado por un disparo sonó en el salón, iba dirigido al piano que al recibirlo emitió un extraño quejido, como herido. Un segundo más tarde, o dos tal vez, sonó un segundo disparo. El revólver de Jack voló y cayó al suelo.¿ Quién habría sido el osado que le disparara? Se preguntaba a la vez que se quejaba de dolor exagerado, aún siendo solo un rasguño. De la cocina salió Monique portando un arma aún humeante y en la otra mano la bandeja con la cena. No permitiría jamás que nadie estropeara las cosas del local y menos aún el piano que también sonaba. Monique había escuchado los gritos de Jack sin motivo aparente, el solo hecho de no gustarle la música no era suficiente argumento y mucho menos para liarse a balazos con su piano.

Jack quiso abalanzarse sobre la muchacha para darle, según él, su merecido pero  Charly y los otros se lo impidieron. Monique tenía toda la razón al actuar así y ellos no debían provocar conflictos que llamaran la atención ya que no estaban seguros de que la muchacha estuviera sola. Además aquella joven armada parecía ser bastante peligrosa dada su más que buena puntería. Con el semblante enrojecido por el enojo y la mirada de pocos amigos se acercó al herido y le ofreció unas vendas que dejó de mala gana sobre la mesa.

Después de éste incidente, los cuatro cenaron tranquilos y en silencio. Ni siquiera Charly se levantó de la mesa para
pedir el puro, ella misma se lo dio en persona. Con las luces primeras del alba se despertó Monique aquella mañana. Todo estaba en su sitio habitual, hasta sus huéspedes estaban de nuevo en el local de enfrente.Calentó agua y se dio un reconfortante y espumoso baño en su misma habitación.

Antes de dar por abierto el negocio se desplazó a la tienda en busca de fósforos. Buscó en todos los cajones y rincones. Cuándo ya creía que no hallaría ninguno encontró varias cajas en un arcón grande. Junto a ellos, también encontró unos pasquines que parecían recientes. La sorpresa se la llevó al ver las caras y los nombres de Jack y Billy como buscados por delito de asalto a trenes con resultado de varios muertos. Por eso se les veía tan a gusto en esta ciudad sin gente. Si no fuera por esta casualidad pasarían desapercibidos totalmente, pensaba Monique. Seguramente buscaban en la oficina del Sheriff todo lo relacionado con ellos para destruirlo. Ahora sabía que su intuición no le fallaba al desconfiar de ellos. Lo que no entendía era como aquel joven tan educado y con estudios estaba junto a ellos, no lo creía capaz de nada delictivo. Ahora sí tenía la certeza de que estaban preparando su
siguiente “ golpe”.

Ella no debía intervenir hasta estar segura del posible de su plan definitivo y del objetivo. Trataba de escuchar las conversaciones sin que ninguno se diera cuenta. Con cualquier motivo se acercaba a ellos ofreciendo bebidas o alguna delicatessen que pudiera llamarles la atención. Por otra parte, aprovechaba su  ausencia para revisar sus pertenencias por si encontraba algún dato indicador del lugar dónde actuarían en primer lugar. Pronto pudo descubrir algo, una pista que le dejaba cristalino quién era el objetivo de ese asalto. En el suelo de una de las habitaciones que ocupaban descubrió un trozo de papel doblado en varios pliegues. No pudo resistir  la tentación y al desplegar el papel vio algo que le encogió el corazón. Su cuerpo comenzó a helarse, a temblar como una hoja por el viento. Se guardó el miedo que sintió en ese instante, no podía demostrarlo, los cuatro se darían cuenta de ello y
podrían sospechar que la joven había descubierto algo que los podía comprometer.

Monique respiró Hondo y bajó a la cocina. En ella guardaba su arma que debía cargar de nuevo. La tienda a la que ella tenía libre acceso que le dieran sus propietarios al marcharse estaba situada a poco más de dos metros del hotel, en un lateral de este. Así Monique había abierto una vía de comunicación entre los dos establecimientos, a modo de
pasadizo y así, en caso necesario, podría atender los dos negocios casi a la vez.

Aprovechó que aquellos aún no habían regresado, entró en la tienda para hacerse con más armas y también munición. En cualquier momento podría precisar su uso. De su bolsillo izquierdo del pantalón sacó aquel papel doblado para comprobar si había visto bien en medio del shock sufrido al ver lo que estaba dibujado y escrito.

Ni más, ni menos, el plan oculto de los malhechores era asaltarla y robarle todo lo que encontraran de valor. Imaginaban que tendría bastante dinero guardado para haber hecho aquella restauración y además sabiendo que la gente que pasaba por allí era más bien escasa debía disponer de un buen colchón para mantenerse sin ingresos
externos. Esto era lo que Monique había descubierto y la había alterado de esa manera. Aunque el miedo es libre se veía capaz de enfrentarse a ellos. Guardó varios rifles en distintos puntos del hotel, incluido su dormitorio. Pudiera ser que quisieran atacar de noche cuándo estuviera durmiendo. Ese día transcurrió apaciblemente. La noche llenó el cielo de estrellas. Tras cerrar las puertas se hizo el silencio, sólo se escuchaba el sonido de los pasos sobre la madera. Ella también se retiró a descansar que buena falta le hacía. Una sombra negra y siniestra se recortó en la luz de la luna.

Monique no se movió observando las evoluciones de aquella figura. El corredor exterior le permitía acceder cómodamente a través de la ventana que casi siempre estaba abierta de par en par para aliviar el calor. La manilla de la puerta crujía cómo si alguien la estuviera manipulando. Al tiempo que el intruso accedía por la entrada de la
habitación, la sombra negra lo hacía desde el balcón. Los dos se acercaron a Monique por ambos lados con la intención de ahogarla con su propia almohada. Sonaron dos disparos acallados por la sábana de seda grana y la fina colcha con las letras: Grande Hotel Lune Blanche bordadas en azul sobre blanco. Los dos intrusos salieron por la
ventana con señales de haber sido alcanzados por el arma de Monique, el grito de dolor de uno ellos se pudo escuchar hasta los confines del horizonte. Charly apareció en la habitación con un cuchillo en la mano. Ella se asustó, nunca lo había visto con arma alguna. Ante su mirada aterrada, lanzó el cuchillo. Un cuerpo cayó al suelo arrancando en su caída la cortina tras la que se ocultaba. Con la misma rapidez que había aparecido así también desapareció Charly diciendo: Señorita Monique, perdón, se lo contaré todo, yo de esto nada sabía. En el suelo polvoriento quedaba el cuerpo sin vida de Billy con un disparo en el corazón, envuelto en la tela azul de la cortina yacía Richard con el arma blanca atravesando su cuello de parte a parte. Con la claridad del día, Monique buscó afanosamente el cuerpo de Jack. Su rastro de sangre se perdía en la distancia. Seguramente morirá por el camino y servirá de alimento a los
buitres, se dijo más calmada. En la antigua oficina del sheriff quedaba desplegado un mapa de una línea ferroviaria con unas marcas en rojo , lugar que ocuparían en el asalto previsto. Sólo había tres cruces y eran cuatro…

Semanas después, Monique escuchó desde la cocina aquella pieza tan hermosa:

“Para Elisa”, de Ludwig van Beethoven.

@Carlos Cubeiro

@Imagen Pinterest


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