LA CRIBA by Nohelia Alfonso

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Relato homenaje a Luís Mateo Díez. Forma parte de la antología de poesía y microrrelato «Poemas desde Celama» que la Asociación Verso Abierto hace como homenaje a nuestro Premio Cervantes

Discurrían los años sesenta en la mohosa pensión ovetense que me acogió en mi época de estudiante de Derecho, de forma especialmente lenta aquellos abriles de lluvia continua, cuando comencé a escribir microrrelato _sin saber que lo era_, concretamente, una noche de desengaño amoroso. La cosa creció desde aquel momento hiriente de mi vida, y llegué a llenar una carpeta entera con aquellas micro historias, ya de diversas temáticas, superado mi duelo. Había hecho mis primeras publicaciones de cuentos, así que con el tiempo, decidí dar el paso de cribar aquellas historias mínimas y conservar las mejores para enviarlas a mi editor, con mis amigos como críticos ayudantes.

Pasamos horas seleccionando con la lucidez de la cerveza, apartando aquellos micro cuentos que no tenían la calidad suficiente, a nuestro juicio. De los cien que escribí, conservé treinta que pretendía llevar pronto a la editorial. “Rompe los otros”, me dijo Merino. “Si no los deshechas, entrarás en el bucle de las correcciones y no escribirás nada nuevo. No te los lleves a casa. Ya no son tuyos. Como si los hubiera escrito otro”. Pero cualquiera que escriba sabrá que arrojar un texto a la papelera se hace con el dolor del que deja partir un hijo que sabe que no volverá. Así que no le hice caso en ese momento, y, disimuladamente, me los guardé en la gabardina.

La lluvia de abril dio paso a un mayo igualmente lluvioso en Vetusta. Estaba inmerso en las últimas revisiones que el editor apuntó para mi futuro libro de microrrelatos, con indicaciones, además, de engordar el número en al menos otros diez, cuando los no seleccionados aparecieron en un cajón donde yo buscaba un folio. Las palabras de Merino resonaron en mis selectivos oídos: “Si no los deshechas, no escribirás nada nuevo”. Pero empecé a preguntarme si justo aquellos cuentos no elegidos no serían, en verdad, los mejores. Si nuestra ebria criba no habría sido exagerada. Si con algún retoque no lograría rescatarlos… Merino me martilleó el tímpano: “Ya no son tuyos. Como si los hubiera escrito otro”. Y, ciertamente, mi buen amigo era un artífice de la palabra a quien yo admiraba, de manera que me forcé a despedazar el primero. La rasgadura sonó como una cuchillada de papel. Adiós a “El tilo”. Casi sin pensarlo, hice lo mismo con el segundo, esta vez, de dos tajos. Así murió “Invitados”. El tercero tembló entre mis manos. Ya no lo pude romper. “La carta” no era tan malo. De hecho, no era malo en absoluto… ¿O sí? Tampoco “El pozo”…

Decepcionado por mi debilidad, cerré el cajón que contenía el resto de relatos de una patada, y continué con mi tarea. No fui capaz de escribir nada más en toda la noche.

Leía el periódico mientras desayunaba, como cada día, en el bar de la pensión, cuando, de pronto, en la sección literaria, se me cuaja la sangre al leer las primeras palabras de un texto extremadamente familiar: “Un hombre llamado Mortal vino a la aldea de Cimares y…”. Derramé el café encima al reconocer mi cuento. ¡Era “El tilo”! ¿Pero cómo demonios había llegado allí? ¡Si lo rompí! Además, no estaba firmado con mi nombre. ¡Me lo habían plagiado! Subí a la habitación a toda prisa y allí lo encontré, rasgado a la mitad en la papelera.

Dormir fue una tarea difícil aquella noche. Tampoco logré idear nada nuevo.

Desayunando en el bar a la mañana siguiente, en cuanto el periódico quedó libre, fui directo a la sección literaria. Mi “Invitados” aparecía firmado por el mismo usurpador de ayer. ¡Otra vez! Pero el relato original estaba roto en cuatro fragmentos, en mi papelera, tal y como comprobé enseguida, ¿cómo podía ser? ¿Acaso mis colegas me estaban tomando el pelo? ¿Era una manera de reírse de mí o de decirme que los cuentos sí eran buenos? Pedí usar el teléfono y llamé a Merino. “¿Pero no los rompiste, como te dije?”, me acusó. Por cómo lo dijo supe que no había sido él. ¿Entonces cómo…? ¿Quién…? ¿El servicio de limpieza, quizás? En la recepción me dieron el número de la mujer que se encargaba. Apenas hablaba castellano… ¿Era muy retorcido pensar que lo copió y se lo dio a otra persona?

En la habitación, arrodillado frente al cajón como una especie de pecador redimido, decidí romper el siguiente cuento. “La carta” quedó hecho añicos en el suelo. Pasé la noche en blanco, paseando de un extremo al otro del cuarto, fumando nervioso y contando los minutos para que amaneciera y llegara la prensa al bar. Y sí, para el desencaje de mi mandíbula, allí estaba “La carta”, de nuevo firmada por el mismo ladrón detestable. ¿Pero cómo diablos era posible? Los pedazos seguían por todo el suelo de la habitación… El eco de las palabras de mi amigo resonó en mi mente: “Como si los hubiera escrito otro”.

A punto de la locura, vacíe el cajón en el suelo del cuarto aquella noche y despedacé todas las hojas en una orgía de confeti que se esparció por todas partes como una nevada histérica. Quedé agotado y aturdido en el suelo, donde me dormí apoyado en la pared.

Con los primeros rayos de la escasa luz ovetense, bajé las escaleras a toda prisa, y prácticamente le arranqué el periódico de las manos al tipo que lo leía en la barra del bar. Se promocionaba un libro en la sección literaria. El libro de aquel tipo que firmaba mis cuentos. Un libro de setenta microrrelatos, justo los que yo había roto, ¡con el título que yo desheché para el mío! ¡Y con mi editorial! ¿Pero qué clase de broma o de pesadilla macabra era aquello? Tuve que sentarme, casi fuera de mí. Iba a darme un infarto… No entendía nada. Aquellos eran mis cuentos… Aquel era mi libro…

En cuanto pude pronunciar la palabra “teléfono”, ante la preocupada mirada del hombre de la barra y del camarero, llamé a mi editor. La ansiedad apenas me dejaba hablar. Pero finalmente, pude preguntar: “¿Quién es Luis Mateo Díez?”.


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