Las luces se apagaron y la película dio comienzo. Tania se revolvió en el asiento expectante. Sus amigos la habían advertido, el drama que estaba a punto de presenciar era tan real que se iba a sentir completamente identificada.
Con la película ya empezada, entró en la sala una pareja de jovencitos con esos artículos comestibles que ella tanto odiaba: refrescos, gominolas y, por supuesto, las dichosas palomitas. Le dieron mala espina e intuyó que le iban a fastidiar la película, como así fue. Cuanto más se estremecía ella, ellos más se reían. Cuando a ella le apetecía llorar, ellos se burlaban.
La película terminó y las luces se encendieron. Tania permaneció sentada unos instantes, abrumada por la estremecedora similitud de la historia que acababa de ver con su propia vida. Los muchachos se levantaron y ella aprovechó para fijarse en esa caras jóvenes e idiotas. Nunca entenderá como son capaces de reírse en las películas de vampiros y luego ponen esa cara de pánico cuando les chupas la sangre.
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