jueves, abril 2 2026

MARLENE HENGELHORN, UNA HEROÍNA DE LA DEMOCRACIA. Por Esther Bajo

Desde la sección: La triple diosa.

“Somos una especie fallida”, dice Woody Allen. Y sí, en el mundo prevalece el odio, el racismo, los prejuicios, la violencia… Pero “el mundo es muy grande y está lleno de gente maravillosa”, como dice Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray, que no es precisamente una novela optimista. Sólo hay que echar un vistazo a la actividad de Amnistía Internacional para encontrar una lista enorme de personas encarceladas o perseguidas cuyo delito ha sido hablar libremente, defender los derechos de otras personas, intentar crear un mundo más justo para todos. Y pocos de sus nombres pasarán, ya no a los libros de Historia, sino a una columna de prensa; y lo saben. Saben de antemano que su voz no tendrá el eco de cualquier adolescente iletrado que se abra un canal de Youtube ni su vida tendrá la misma influencia en los demás, pero son esas personas las que han conseguido que en muchos países se haya abolido la esclavitud o la pena de muerte, que las mujeres puedan soltarse la melena y ser dueñas de sus propias vidas o que el dueño de una tierra no tenga derecho a violar a las jóvenes esposas. La actitud personal cuenta. Y cuenta el detalle: no tirar una botella de plástico al mar, defender a un camarero al que otro cliente está vejando, no mirar el color de la piel de quien te pide un trabajo o un alquiler… y pagar tus impuestos.

En mi novela Misterios Gozosos, ambientada en Malta, hablo sobre las mil y una trampas fiscales que los abogados de la isla proponen a sus clientes ricos, y lo justifican como respeto a la propiedad privada. Pero, ¿es la propiedad privada un derecho que debe prevalecer sobre otros, como la justicia social? ¿Y qué respeto merece la propiedad privada cuando no ha sido fruto del trabajo o del talento sino un mero derecho de nacimiento? Marlene Engelhorn tiene una respuesta contundente, tanto más contundente porque, en un acto heroico de coherencia personal, renunció al noventa por ciento de su multimillonaria herencia. Y no sólo eso: ha puesto en marcha la iniciativa Taxmenow, que cuenta ya con el apoyo de más de sesenta millonarios, para reclamar a los gobiernos más impuestos para las grandes fortunas y normas más estrictas contra la evasión fiscal.

Y cuenta el detalle: no tirar una botella de plástico al mar, defender a un camarero al que otro cliente está vejando, no mirar el color de la piel de quien te pide un trabajo o un alquiler… y pagar tus impuestos.

 Marlene Engelhorn es, sin duda, una mujer extraordinaria y una joven extraordinaria, por ambos motivos. No sé de ningún caso de una persona que, teniendo mucho y aún muchísimo, no quiera tener más, cuanto menos que quiera tener menos. Ni Jesús de Nazareth consiguió convencer al joven rico que, heredero de una gran fortuna como Marlene, quería también heredar el reino de los cielos. El Maestro le pidió que se desprendiera de todo cuanto poseía. “Afligido por estas palabras, se fue triste, porque era dueño de muchos bienes”. Obsérvese que no fue por tener pocos bienes por lo que se aferró a ellos, sino por tener muchos.

No niego, desde luego, que no haya multimillonarios generosos. Antes se llamaba caridad, ahora se llama altruismo efectivo, y hay ya muchos grandes empresarios y, sobre todo, financieros, se forman parte de asociaciones que les ayudan a maximizar los beneficios de sus donaciones. Es efectivo relativamente, porque siempre resulta más impactante ante la opinión pública ayudar a las personas que la televisión nos muestra atrapadas en los escombros que, por ejemplo, comprar mosquiteras para evitar la malaria, aunque esto salvaría muchas más vidas. Pero aún es más cuestionable que sea altruismo que personas inmensamente ricas evadan sus impuestos para ser ellos los que decidan quiénes deben ser sus beneficiarios; no es, en realidad, sino una forma más de manifestar su poder. Engelhorn, a través de sus comunicados en Taxmenow, lo explica claramente: “No deberían ser los ricos quienes decidieran qué intereses y pasiones personales merecen sus millones heredados. El dinero de los más ricos no sólo les compra una vida de lujo sino, sobre todo, influencia en los negocios, medios de comunicación e incluso partidos políticos, concretamente aquellos que ayuden a garantizar que no habrá impuestos de sociedades, sobre el patrimonio, o de sucesiones más altos. Gravar la riqueza tendría el doble objetivo de aumentar los recursos públicos y quitar ese poder político a personas que no se lo han ganado democráticamente”.

Aldous Huxley nos lo contó de otra manera: “Los fines no pueden justificar los medios por la sencilla razón de que los medios utilizados determinan la naturaleza del resultado”. Los medios utilizados por estos supuestos filántropos millonarios van en detrimento de la democracia y en beneficio de su propio ego.

«Gravar la riqueza tendría el doble objetivo de aumentar los recursos públicos y quitar ese poder político a personas que no se lo han ganado democráticamente». (Marlene Engelhorn)

La heredera de la empresa química y farmacéutica alemana BASF, considerada la mayor corporación química del mundo, declaró, cuando murió su abuela y heredó una fortuna de más de cuatro mil millones de euros libres de impuestos –porque en Austria no hay impuesto de sucesiones- que “no he trabajado ni un día por mi herencia y no pago ni un centavo por ella. Ya es hora de que me hagan pagar impuestos”. Y ella misma fijó el porcentaje del noventa por ciento; un porcentaje que fue el que el presidente del país más capitalista del mundo, Franklin Delano Roosevelt, puso a los ricos para salir de la crisis del 29. Crisis peores han tenido lugar después de ésa y nadie se ha atrevido a hacer algo ni remotamente parecido.

Pero no pretende ser este un artículo en favor de los impuestos –que también- sino un homenaje a la enorme altura moral y personal de una mujer contemporánea, Marlene Engelhorn, a la que, en mi modesta opinión, se ha tratado más bien como una mera anécdota por muchos que, sin embargo, inclinan el espinazo ante Bill Gates o Amancio Ortega. “No puede ser que en una democracia se desarrollen élites autoproclamadas. Para mí no es una cuestión de por qué lo regalo o no. Es una barbaridad que no se grave y se ponga a disposición del erario público” y muestra su convencimiento de que “una mayor justicia fiscal es el camino hacia una sociedad orientada hacia los valores del bien común, la igualdad de oportunidades y la cohesión”.

Nacida y crecida entre algodones, educada por su familia para que, como ella, dedique su vida a aumentar su ya inmensa fortuna para perpetuar fortuna e ideas en las próximas generaciones, veo un punto discordante en su joven biografía, y es que, en lugar de en una Escuela de Negocios, estudió en una Universidad Pública. Me pregunto si esa fue la piedra de toque; si Marlene es un éxito de la educación pública. Ella misma señala en su libro Geld (Dinero) que ese uno por ciento de superricos que tiene la mitad de la riqueza del mundo en sus bolsillos forman “una de las sociedades paralelas peor integradas”. En Marlene, además de su indudable inteligencia, hay que valorar el coraje que haber bajado las escaleras de palacio, no para hacerse una foto entre niños hambrientos, sino para escuchar y conocer de verdad la vida del noventa y nueve por ciento restante.

“una mayor justicia fiscal es el camino hacia una sociedad orientada hacia los valores del bien común, la igualdad de oportunidades y la cohesión”. (Marlene Engelhorn)



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