El infierno, por Eduardo Mohedano

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El escritor, poeta, actor y dramaturgo Eduardo Mohedano nos ha enviado un fragmento del capítulo “El infierno”, de su libro “Las nueve agujas del reloj”. Es un ejemplo de la versificación de una trama con el aroma siniestro y tétrico que recuerda a los relatos del romanticismo, pero de lenguaje poético muy actual. Viene bien dejarse envolver en la poesía para rebuscar en una trama diabólica.

(fotografía de Feliciano F. González)

Primera parte

Al Hades entré en salud,

no me atacó el can Cerbero;

no había ningún demontre

o instrumentos de tormento,

sólo sepulcros sin nombre,

tumbas sin lápida ni cruz

en un conjunto infinito

más allá del horizonte

agrupadas en racimos,

sembradas en el terreno

como granos en la arena,

como estrellas en el cielo,

como abejas en colmena;

comunes y amontonadas

nadie les cuelga guirnaldas,

nadie les llora de pena,

nadie en razón las recuerda.

Sobre un monte de cenizas,

una pira funeraria

con los restos de los cuerpos

que en polvo se convirtieron

al raso de la nostalgia,

tibias y calaveras llenan

una urna de pesadillas

y en la cueva inadvertida

la caja de Pandora abierta

deja escapar más problemas.

Al cruzar el río Lete

del que beben los difuntos

para borrar la memoria

de su existencia terrena,

tumbas blancas de cadetes

y fetos que en su recto curso

no llegaron a nacer,

miles de hijos de Saturno

devorados por doquier,

para ellos no hay albergue

en el cielo de difuntos

porque no tuvieron nombre

ni tic-tac en sus relojes.

En las llanuras del Hades

soledad de soledades,

en mitad de secarrales

hay un templo de cristal

abovedado de metal

alzado en una meseta

sujetado por puntales

que son relojes de arena;

cada vez que un grano cae,

mortandad de mortandades,

una persona se olvida

y su lápida se tilda;

cada vez que canta el cuco

del cielo baja un alma

porque ya murieron todos

quienes la recordaban.

Estafados albedríos

de las personas sencillas

que juzgan por santos libros

profecías incumplidas

de los ángeles caídos,

mentiras en el asfalto

de tonsuras empedrado

como pago a sacerdotes

que a un ídolo equivocado

dirigieron oraciones.

Hay un presidio de almas

donde rebeldes se guardan

todas las que pretendieron

a la vida volver de nuevo

contra el tiempo amotinadas;

nadando a contracorriente

quisieron cambiar su sino

y a las agujas el sentido,

romper en sus pies el brete

y volver a su organismo.

A Caronte agredieron

para quitarle las palas

y volcaron la gabarra

en violento forcejeo,

sin piedad fueron de nuevo

por la muerte castigadas

y olvidadas por los restos

como sádica venganza.

Malogradas obediencias

a patrias desaparecidas

de soldados en las trincheras

que lucharon por doctrinas

y naciones desagradecidas

que no valían la pena,

iban dentro de la barca

al patíbulo de la injusticia

y se ahogaron en el agua

de la laguna Estigia.

Al olvido condenados,

por la muerte escarmentados

porque fueron atrevidos

e in fraganti sorprendidos

contra ella sublevados;

recibieron cruel castigo

descontinuadas estirpes

por no aceptar su destino,

tan inútil fue su ahínco

como un desdentado peine.

Segunda parte

La biblioteca del Hades

guarda libros que nadie lee,

historias de mal perder,

traiciones que nadie cuenta,

lo que pudo ser y no fue.

Hay acequias de fonemas

que vierten en fosas sépticas

los restos de lenguas muertas,

sordos sonidos sin ruido

de palabras olvidadas

que cayeron en olvido

porque ya nadie las habla.

Faltan letras en canciones

y en tonadas los acordes,

no hay artistas que den fin

a las obras no acabadas.

Desaparecidos pueblos

en la tierra y su confín,

su cultura ya perdieron,

nadie nota su ausencia,

nadie reclama su herencia

porque ya no tienen eco,

mensajes que ya no fluyen

volaron al ventisquero

oxidados por la herrumbre

del silencio traicionero.

Proyectos inconclusos,

malgastadas ocasiones,

ácidos tragos de orgullo,

amargas desilusiones,

ridículas pretensiones;

desgarradores lamentos,

ideales obsoletos,

esfuerzos baldíos,

nocturnos desvelos,

cadáveres fríos;

embustes, medias verdades,

inconcretas intenciones,

bastardas aspiraciones,

crónicas enfermedades

con dolores incurables;

vidas colgadas en vilo,

lágrimas de cocodrilo,

congojas y desconsuelos,

impulsivos desatinos

cometidos por los miedos;

confirmados augurios,

sollozados infortunios,

incorrectas actitudes,

propósitos caducos

en cerrados ataúdes.

Erratas en los libros,

tardíos remordimientos

de hechos arrepentidos,

confundidos objetivos

obstruidos en sumideros;

planteamientos mezquinos,

pensamientos inquilinos

desahuciados de cerebros,

absurdos razonamientos

y conceptos sin sentido.

Aventuras, amoríos,

tiernos corazones rotos

vertidos todos al pozo

de los objetos perdidos;

sinsabores, decepciones,

perfumes derramados,

no recíprocos amores,

desoídas peticiones

en plazos que ya expiraron.

Infundadas esperanzas,

podridas medias naranjas;

rumores dados por ciertos,

más errores cometidos,

frustraciones de los vivos,

esqueletos de los muertos,

personas que un día fueron

y no queda ni el recuerdo.

Imágenes negativas:

lo peor de nosotros mismos;

apetencias sometidas,

por natura concedidas,

a mutilados instintos

mártires de los prejuicios,

propensiones reprimidas

por religiones estrictas,

dogmas de dioses ficticios

que se expían con cilicio.

Asilos de viejas divas

con sus bellezas marchitas

que el tiempo hizo menguar,

antes númenes creídas,

ahora piden caridad.

Tercera parte

Hay dos libros polvorientos:

la Ilíada y la Odisea,

las grandes obras de Homero

encima de una mesa.

Y una lápida con nombre

y epitafio en letras de oro:

Alejandro el Macedonio,

para quien no hubo horizontes.

¿Por qué en el infierno yace

personaje tan notorio

si alcanzó perenne gloria

por su magistral victoria

contra Darío, su rival?

Aunque vio muchas riquezas

no buscaba lo material,

quiso pasar a la Historia

y de allí a la eternidad.

Con su arrojo y valentía

bajo el sol de Gaugamela

y apoyado por los dioses

derrotó al Imperio Persa.

Muchas personas murieron

y cayeron en olvido

pero Alejandro Magno,

insolente y atrevido,

en memoria sigues vivo.

Cuarta parte

Una figura andrógina

con un atuendo pétreo,

imprecisos sexo y género

como el tiempo hermafrodita

no tiene pechos ni vello;

la acompaña como séquito

una corte de enterradores

ataviados con levitas

que asisten a los decrépitos

hasta sus postrimerías.

Vestido y tocado negro

una dama orgullosa

que se sabe victoriosa

se oculta tras un velo

como viuda en su dolor;

velas arden en el sebo

y tranquila apoyada espera

con oscuro aire siniestro,

sonríe con una mueca

sintiéndose superior.

Lleva un reloj en el plexo,

en su rostro demacrado

dos esferas por mejillas,

como agujas son sus dedos

y asida con ambas manos

la guadaña por manilla.

A su diestra el minutero,

a siniestra el segundero,

da las horas en el centro,

suena en su cavidad

la cadencia de un tic-tac

con rigor de relojero.

Fieles doblan las campanas,

se ríe la dama negra

cada vez que un alma baja,

va sumando otra persona

a quien ya nadie recuerda;

se divierte cuando juega

a meter un palo en las ruedas

y dejar efectos sin causas

pero al poco de nuevo acelera

para que giren sin pausa.

Hay un calendario en la pared

y se entretiene con parsimonia

contando sus hojas caer

y de reojo muestra euforia

con rictus de vanagloria.

(La figura levanta la cabeza y se fija claramente en el poeta)

¡Es el diablo quien me mira!

Veo la parca tan de cerca

que tal vez sea hoy mi último día:

si ahora mismo ella quisiera

duraría instantes mi vida.


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