jueves, septiembre 10 2026

¡Crimen! By LUIS NELSON RODRÍGUEZ CUSTODIO

El diputado Carmelo Ferreira temblaba ligeramente. Su rostro mostraba una mueca indescifrable.

Y no era para menos.

En el suelo, tirada boca arriba, se encontraba su esposa con un puñal clavado en el pecho del lado izquierdo, justo donde estaba su corazón.

Un gran charco de sangre le daba marco a su cuerpo.

Era indudable que estaba muerta.

Carmelo llamó a la policía, planteándole la situación.

Debido a la importancia del personaje los funcionarios llegaron en menos de quince minutos.

Concurrió el inspector en persona, con dos agentes y un par de hombres de policía técnica, además de un doctor, que no hizo más que certificar la muerte.

Mientras los de técnica trabajaban, el inspector interrogó al político en su despacho.

―Cuénteme cómo fue, señor diputado.

―¡Fue horrible! Yo venía de una reunión en la casa del partido y al entrar me encuentro con esto.

―Sin embargo, a pesar de que lo veo nervioso, no lo noto muy afectado.

―Es que nos estábamos por divorciar, eso es de conocimiento público.

―Pero, de todas formas ―insistió el inspector―, uno no encuentra un muerto en su casa todos los días. Y menos a su esposa.

―Estoy muy nervioso, pero no lo demuestro, aprendí a controlar mis emociones.

―¿Sólo nervioso? ¿No siente ninguna pena u otro sentimiento?

―Ya le dije que nos íbamos a separar, no había compatibilidad.

―¡Señor! Interrumpió el de técnica―. No encontramos huellas y la puerta no fue forzada.

Y me dice el médico que la muerte fue hace unas dos o tres horas.

―¿Cómo pudo entrar el asesino? ―frunció el ceño el inspector

―Ella tenía un amante ―dijo bajando la voz el político―. Pero, por favor, que esto no sea público. Arruinaría mi reputación.

Es el único que Andrea dejaría entrar.

―Seremos lo más discretos posible. ¿Cuál es el nombre del amante, y dónde vive?

―Se llama Alejandro Cardona. Y no tengo idea de su dirección.

―En caso de divorcio, ¿tendrían que repartir los bienes?

―Sí, pero lo veo venir. Está sospechando de mí. No se olvide con quien está hablando.

―Sin embargo…usted tenía oportunidad y motivos de sobra.

―Ya me estoy cansando de esto ―dijo el diputado Ferreira, sacudiendo la cabeza―. Para ayudar en la investigación ―metió la mano en el cajón del escritorio y sacó un fajo de billetes―, le entrego estos diez mil dólares. Y busquen al amante, que es el verdadero culpable.

―Pero esto es una coi…

―¡No! ―lo interrumpió el político―. Es solamente una ayuda para la investigación.

    El inspector lo miró a los ojos, indeciso, y guardó rápidamente el dinero en su bolsillo.

―Está bien. Vamos a encontrar al amante.

Levanten el cuerpo y vámonos ―ordenó a sus subalternos.

Salieron y cerraron la puerta.

El diputado Ferreira suspiró y dijo muy bajo:

―Parece que salvé de ésta.

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