La primera vez que visité Ggantija, en la isla maltesa de Gozo, me quedé asombrada no sólo por la belleza de ese templo –el más antiguo del mundo, pues los templos de Malta, con más de cinco mil años de antigüedad, son anteriores a las pirámides o Stonehenge- sino por las estatuillas que allí se encontraron. Son la representación de hombres y mujeres: mujeres voluminosas, talladas con auténtica sensualidad y, en algunos casos, de gran tamaño, que aparecen de pie, sentadas, tumbadas, solas o con otra mujer. Los hombres, sin embargo, son todos de un tamaño muy pequeño, iguales y tan esquemáticos que más parecen amuletos: sin volumen, sin sexo, hieráticos como soldaditos. Yo diría que no cabe ninguna duda de que la sociedad que allí vivió y de la que no se sabe prácticamente nada, era un matriarcado y si adoraban a alguien en ese templo era a una o varias diosas.
Recordé La Diosa Blanca, el célebre libro de Robert Graves en el que propone la existencia de una deidad europea femenina, inspirada y representada por las fases de la luna (creciente, llena y menguante) y diosa del nacimiento, el amor y la muerte (la Triple Diosa, que da nombre a esta sección); fuente, por otra parte, de la poesía. Relata como en Europa y Oriente Próximo existían culturas matriarcales que adoraban a una diosa suprema, eliminadas por la irrupción, en torno al año 400 antes de nuestra era, de uno o varios pueblos patriarcales que arrebataron a las mujeres la autoridad que tenían y elevaron a la máxima categoría a los consortes o hijos de la diosa.
Desde que se publicara ese libro, hace setenta y cinco años, ha habido historiadores, como Marija Gimbutas, que respalda la teoría de una antigua adoración a una triple diosa en Europa, mostrando evidencias como las representaciones de diosas que se encontraron en más de cuarenta salas rituales en la ciudad anatolia Catal Hüvük, datadas nada menos que en el año 7.500 antes de nuestra era. Posteriormente, la triada femenina dejaría su rastro en numerosas culturas, como la griega, donde encontramos a Perséfone, Deméter y Hécate, las tres Moiras (Parcas, en la mitología romana) o las tres Gracias.
Pero los hallazgos arqueológicos van mostrando, de forma esporádica, pero constante, nuevas noticias de diosas que se remontan hasta hace 35.000 años, revelando que, ya en el Paleolítico, es decir, en el principio, la primera divinidad que adoró el ser humano fue femenina, una gran diosa que era el principio organizador del universo. En realidad, parece lógico suponer que estos primeros seres humanos se mostraran más maravillados por el poder femenino de dar a luz y mantener la vida que por la mayor fuerza física de los hombres, sobre todo porque esta es cuestionable; de hecho, muy recientemente, la profesora de Antropología de la Universidad de Delaware, Sarah Lacy, publicó, con su colega Cara Ocobock, de la Universidad de Notre Dame, un estudio en el que, tras examinar numerosos restos humanos de entre dos millones y medio y 12.000 años, demuestra que las mujeres eran no solo físicamente capaces de ser cazadoras, sino que hay evidencias de que, de hecho, lo eran.
Pues bien, en este contexto, no debiera extrañarnos que la primera persona con mando en la Península, la primera de la que se sabe que lideraba a su pueblo, era una mujer: la llamada Dama del Marfil, lideresa del pueblo ibero.
Recordemos primero que los iberos eran pueblos autóctonos de la Península Ibérica que vivían a lo largo de la costa Este y Sur entre el siglo VI y III antes de nuestra era. Sabemos de ellos que se dedicaban a la agricultura, sobre todo al cultivo del olivo, el trigo y la vid, aunque también apreciaban la miel, roturando solo las llanuras cercanas a los poblados y sembrando alternativamente cereales y leguminosas, lo que permitía mantener la fertilidad de la tierra. Tenían caballos, mulos, asnos, ovejas, vacas, cerdos y gallinas, que solo mataban cuando eran viejos e improductivos y aprovechaban entonces su carne, pieles y cuernos. Pero en su dieta sobresalía el garum, una especie de pasta de anchoas que alcanzó fama en la cocina internacional y, durante siglos, fue imprescindible en las mesas más selectas hasta que, con la caída del Imperio Romano, fue perdiéndose, siendo sustituida por la pimienta y otras especias. Era parte importante de su comercio, porque los iberos eran grandes comerciantes, sobre todo con griegos y cartagineses.
Hacían joyas, armas, tejidos, esculturas y eran excelentes alfareros. De la belleza de sus esculturas, solo hay que ver la Dama de Elche. Esta muestra una toca o mantilla que se echaban por encima de la cabeza sobre una especie de peineta, que debía ser un traje para ocasiones especiales, pero normalmente vestían con una sencilla túnica de lino con mangas hasta medio brazo, decorada con cenefas y bordados y ceñida por un cinturón. Cuando hacía frío, se envolvían con una capa de lana que los romanos llamaron sagum.
Solían vivir en poblados situados en las colinas, amurallados, con calles no muy anchas y más o menos rectas, cruzadas por alguna transversal importante. Se ordenaban en una zona de viviendas y otra artesanal, donde herreros, carpinteros, esparteros, etcétera, podían trabajar sin molestar. Las viviendas tenían un zócalo de piedra, paredes de barro y tejados vegetales; eran de unos 25 metros cuadrados, con una habitación central cuadrangular, de suelo hecho con tierra apisonada o piedra, donde ardía el fuego que iluminaba la casa y en el que se cocinaba; alguna habitación secundaria y un patio.
Desde hace poco sabemos también que tenían grandes ciudades; de hecho, la primera ciudad de la prehistoria en la Península Ibérica, de hace 5.000 años, se ha ubicado en Santa Fe de Mondújar, en Almería, a escasos kilómetros del impresionante yacimiento ibero de Los Millares, uno de los sitios arqueológicas más importantes de Europa. Empezó siendo una necrópolis y en torno a ella se estableció una ciudad que alcanzó dimensiones desconocidas hasta entonces. Si el tamaño medio de los poblados era de unas 200 personas, esta ciudad albergaba a más de un millar y nos ha revelado, entre otras cosas, un ritual funerario hasta entonces desconocido, la cremación. Ocupaba diecinueve hectáreas de extensión, de las que trece corresponden a la necrópolis, donde se han encontrado ajuares funerarios espectaculares. A su alrededor, construyeron trece fortines. Estuvo viva durante unos mil años.
Realmente, la cultura ibera, que ya resultó impresionante con el descubrimiento de Los Millares, no deja de sorprender con cada nuevo hallazgo. De lo poco que sabemos de su religión es que tenían piedras sagradas, llamadas betilos, y adoraban a una diosa, la Diosa Madre. Ahora sabemos, además, que tuvieron un gran jefe, un líder y que no era ni lo uno ni lo otro, pues era una gran jefa, una lideresa. No era tampoco una reina, princesa ni nada que hiciera pensar que llegó a tan alto estatus por su nacimiento, pues entre las muchas tumbas que ya conocemos no hay ninguna medianamente lujosa que corresponda a un niño, de lo que se deduce que no había un poder hereditario y que la primera persona poderosa de Iberia llegó a serlo por méritos propios.
La llaman la Dama del Marfil, por la gran cantidad de objetos de este material hallados en su cámara funeraria, datada hace unos 4.900 años y encontrada en un pueblo de la provincia de Sevilla, Castilleja de Guzmán. Tenía entre 17 y 25 años cuando murió, probablemente por una intoxicación de cinabrio, ya que se han encontrado en ella altas dosis de mercurio. Yace ella sola, aunque en la época los enterramientos solían ser colectivos y a su alrededor se dispuso un ajuar que, según el estudio publicado en Scientific Reports, no tiene paragón en Europa. Es realmente impresionante: montones de objetos suntuarios hechos con marfil, cristal de roca, ámbar, pedernal y cáscara de huevo de avestruz, un gran plato de cerámica con restos de vino y cannabis, un colmillo de elefante africano de 1,8 kilos de peso…
Pero es aún más sorprendente que hubiera seguido siendo venerada después de morir, pues, alrededor de cincuenta años después, se le hicieron más ofrendas: losas de pizarra, grandes platos de cerámica y más objetos de marfil, entre ellos un precioso puñal con hoja de cristal de roca y mango de marfil decorado con cuentas de nácar. De esa época data otra construcción funeraria, el Tholos de Montelirio, que está a menos de cien metros y que parece conectada con la tumba de la Dama del Marfil. En ella hay dos cámaras con restos de veinticinco personas. Cinco de ellas fueron enterradas en el corredor de acceso y las otras veinte en una gran cámara. De éstas, hay cinco personas de las que no se ha podido determinar el género, pero las otras quince son mujeres entre 20 y 35 años, que también habían sido expuestas al cinabrio –mineral que en la Antigüedad se utilizaba para preservar los huesos humanos y en las pinturas rupestres- y que los estudiosos consideran que debieron ser sacerdotisas.
Extrapolando descaradamente su historia, llama la atención que, en nuestra era, la primera mujer elegida alcaldesa no lo fuera hasta 1932 y que aún no se haya elegido nunca a una mujer presidenta.
Esther Bajo se cuenta a sí misma como «escritora, madre, abuela y amante de las palabras, los guijarros y la filantropía. Desde adolescente he tenido una intensa actividad cultural y política. Comencé trabajando en Radio Nacional en León y, durante veinticinco años, me he movido por distintas provincias y trabajado en distintos medios escritos, empezando por La Crónica de León y Diario de León.
Fue decisivo mi paso por Diario 16 Burgos, donde, bajo la dirección de mi amado compañero José Luis Estrada Liébana, un grupo de excelentes periodistas, escritores y artistas, pudieron expresarse con tanta libertad como coraje. Mi trabajo allí me brindó amistades inolvidables, como la del pintor José Vela Zanetti, y me valió algunos reconocimientos, como mi inclusión en el “Diccionario de la Cultura de Burgos” (Fernando Ortega, Editorial Dossoles) o la publicación de un libro sobre el suplemento cultural que puse en marcha y dirigí (“El Dorado de Castilla”, Fernando Ortega y Carlos de la Sierra).
Tras la muerte de mi marido y de mi madre me trasladé con mis hijas a la isla mínima de Gozo, en Malta, donde he vivido cinco años. De vuelta en León, he publicado el libro de poesía, “Duelo” (editorial Multiverso); la novela «Misterios Gozosos» (Editorial Amarante) y el ensayo «Ven y Mira. Historia del Cine Club Universitario de León», junto con Joaquín Revuelta (editorial Reino de Cordelia). Sigo escribiendo y doy clases de Español a refugiados e inmigrantes, como voluntaria.
Esther es colaboradora habitual de masticadores.com, donde podréis encontrar más escritos suyos y algunos enlaces a otras publicaciones en otros medios y/o plataformas, estos últimos precisamente a través de esta entrada: https://masticadores.com/2023/06/16/damos-la-bienvenida-a-esther-bajo/
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